A Hamlet le han matado el padre. Acusado como principal sospechoso a Claudio, actual rey de Dinamarca, se establecen unos días de luto y duda oficial en todo el Estado.

Cazando imágenes, sueños, palabras con las que escribir un cuento...
Te observo clavada frente a ese marco,
ventanal a una Córdoba
tan lejana y tan ajada,
tantas veces perdida,
mitad decente
mitad sultana
mitad rancia
mitad gitana
dos veces saeta
tres veces cristiana pena
cuatro veces Córdoba...
Te prefiero a ti,
sin embargo,
porque a esa Córdoba
de avalorios y arena
de celos y lamentos,
ya la han pintado:
Una Córdoba pobre
pero zalamera.
Te prefiero a ti
que permaneces
que te quedas
sencilla frente al cuadro,
tan cercana tu espalda
al abrazo de mi pena,
tan próximo tu pelo rubio
a un arrumaco de sombra,
tan sumisos tus oídos
a mi promesa de espera:
“Quisiera yo hacer,
con tu cuerpo como tela
idénticos quiebros
a los de María Callas
con su garganta,
con mi pincel de besos,
similares colores
a los de Van Gogh
con sus girasoles...”
Dedicado a una mujer cordobesa
Joseph era un ser extravagante de aspecto entrañable...
Cuando la cosa se ponía peligrosa, allí no aparecían ni los mismos que calentaban el ambiente, ya de por si caliente con el sol del verano. El insensato paseaba por el barrio en la época de los francotiradores, suerte que lo desperté con el agua de mi limpieza semanal...desde entonces fue mi mejor cliente cuando aparecieron las maquinillas chinas de hojas intercambiables...una aberración para el noble arte del barbero. Hablaba muy poco pero escuchaba mucho y bien, creo que me entendía porque siempre se reía de mis chistes… Procedía del Mediterráneo y eso se notaba en su barba, tenia que afeitarle dos veces o bien poner a punto la navaja...prefería lo primero que me daba más tiempo para hablar...
Trabajaba para esos que vienen al barrio de vez en cuando con sacos de harina de maíz “made in usa”, con las caras blancas llena de crema para el sol y con la prisa que da no tener a un batallón de soldados mirando hacia todos los lados... Joseph era diferente, o tan idiota para no darse cuenta de donde estaba o bien no temía acabar como rehén de los barbudos.
A los barbudos los tenia controlados en mi trastienda vendiéndoles lo que me pidieran, a cambio me respetaban a la clientela. Salvo lápices y aspirinas, aún me quedaban lanzagranadas soviéticos y collares de cuentas yemeníes para una larga temporada.
Un día tuve un sueño y todo cambió... sobrevivir no era vivir... En los últimos treinta años he visto como ha cambiado mi barrio, y siempre a peor, esperando como el suicida que llegue el final del acantilado...sobrevivir no es vivir...la esperanza de tiempos mejores acabó junto a mis últimos lápices. No queda nada de nosotros salvo el recuerdo de unos tiempos miserables mejorados a golpes de más dolor... ya no escuchan risas, incluso el tonto del barrio ha dejado de hacer bufonadas...
…La torre cayó. De repente como en Babel, dejamos de hablar el mismo idioma. Vecinos, hermanos de miseria empezaron a reivindicar algo que ni siquiera ellos sabían que era.
Los barbudos querían vivir con los barbudos, los bajos con sus semejantes enanos, los idiotas con los idiotas . . .y así como si de un juego infantil se tratara, la gente dejó de hablarse...y empezaron a quemar libros... ya se sabe que viene detrás.
¿Qué ha dejado de pasar para que no pase nada? El ciclo de la vida se ha invertido, se nace muerto, se muere para vivir, los hijos sustentan a madres viudas, se enviuda antes de casarse. Los adultos juegan, los niños tiran de carros con miradas tristes sin tener a un poeta que los quiera...
Cada noche subo a mirar las estrellas, me quedo tumbado pensando...después creo haber encontrado una solución para el día que se avecina... la llave que nos abrirá las puertas del cielo en la tierra... cada mañana descubro que han cambiado la cerradura... nada es igual al día anterior pero nada ha cambiado... y los niños siguen tirando de carros... y las mujeres siguen viudas... y los poetas venden verduras en el mercado…
La suerte guió los pasos de Joseph a nuestro barrio. A pesar de ser extranjero, era con el único que podía hablar de mis noches en vela, los del barrio me abrían tomado por loco, y ya tenemos uno que lo hace muy bien para su edad; setenta cumplirá el mes que viene y aún es capaz de trepar palmeras en la época del dátil.
Dejamos de lamentarnos y entre todos reunimos el cerebro necesario para idear nuestra particular liberación y el resto, la suerte, ya no importaba.
- ¿Tú, qué haces todavía aquí? ¿Por qué no has salido corriendo?
Soy incapaz de responder, pero me sorprende el no sentir miedo alguno, por mi estómago se agita, estúpidamente, algo parecido a resignación. Esa voz potente me sobrecoge, es como un calambrazo que agarrota instantáneamente todos mis músculos. Sólo soy capaz de encoger los hombros, aunque sin atreverme a girarme y mirarle.
- Vaya, parece que estás más loco que yo.
Desde la puerta de la cafetería llegan algunos murmullos. Los primeros curiosos se atreven a asomar sus cabezas para ver qué está ocurriendo. Yo continúo sin saber qué decir, me cuesta incluso pensar. Busco minuciosamente en algún rincón de mi cabeza alguna frase que soltarle. Alguna excusa que justifique mi quietud y que no soliviante aún más al psicópata que tengo detrás de mí.
-Qué huevos más gordos tienes! ¡Vuélvete, que te vea la cara!.
Escaneo la barra buscando mi taza de café, algo en lo que refugiarme, quizás algún objeto con el que intentar defenderme. Mis músculos obedecen por fin, aunque mi mente continúa aletargada. Me giro al fin y la pistola queda entonces a la altura de mi frente.
- ¿Quién te crees que eres? ¿No serás un poli, verdad? ¿O acaso piensas que eres un héroe?.
- No soy nada de eso.
- Me da igual quién seas. De todos modos te voy a matar. Cómo a estos pobres cerdos. - Se gira levemente y señala con la pistola los cuerpos más cercanos. - ¿Tienes miedo?
He reaccionado por fin. Estoy como en un callejón sin salida en que las opciones son mínimas. Toda se hace, de repente, tremendamente lógico. Respondo cómodo.
- No, no tengo miedo.
El sonríe. Al responder he ido agachando poco a poco mi cabeza y mi voz se ha ido apagando. Esta breve charla se parece a una partida de póker, yo no tengo cartas, pero lo que he dicho tampoco ha sido un farol. Es como si jugásemos la misma partida pero en mesas distintas, el uno muy lejos del otro: aunque continúo sintiendo el calorcillo que desprende el cañón de la pistola, ahora sobre mi coronilla.
Joder tío, deberías estar acojonado. Deberías tener miedo. Debes tener miedo.
Su voz retumba en mi cabeza. Sus palabras producen un eco dentro de mí y se superponen unas a otras, provocando que me cueste entender lo que me está diciendo. Alzo el rostro y le miro directamente a los ojos. Sus ojos no parecen los ojos de un loco, no al menos a los ojos que esperaba encontrarme. A decir verdad, su mirada no debe ser muy diferente a la mirada con la que yo suelo abandonar todas las mañanas esta cafetería. Espero que comprenda lo que voy a decirle:
- Pues no, no tengo miedo. En realidad ahora mismo no siento absolutamente nada... Es como si estuviera hueco.
Vaya, parece que lo ha entendido, pero su reacción no es la que esperaba. Mi respuesta ha sido como un empujón, la conversación ha terminado. Le he enseñado mis cartas, que realmente no tenían ningún valor. No intento demostrarle nada. No sé, realmente porque he permanecido en la cafetería y no he salido corriendo como los demás. Da un paso atrás. Él parece haberse quedado sin palabras. Sólo a la pistola le queda algo por decir. ¿Cuántos disparos ha hecho? ¿Le quedarán balas?. Continúa mientras tanto el goteo de rostros que se asoman tras la puerta, para intentar ver qué está ocurriendo dentro de la cafetería.
No, tú estás loco. Estás zumbao, estás peor que yo. Tío, estás loco...
Entonces tuerce su muñeca, dobla su codo y dirige el arma hacia su boca. Yo cierro los ojos. Él dispara. Noto un chorro de sangre caliente manchando mi cara, el ruido de su cuerpo enorme al caer hace retumbar el suelo. Parece que sus cartas tampoco tenían valor...
Y entonces vuelve el frenesí, el caos de personas entrando en tropel a la cafetería. Algunas me rodean, me dan palmadas en la espada, incluso hacen el amago de abrazarme. Alguien dice: “Yo lo he visto todo. Ese hombre es un héroe”. El barullo de policías y curioso crece. Comienza un interminable parpadeo de flases, de focos que se encienden, de agentes que extienden mantas plateadas sobre los cuerpos que yacen inertes en el suelo. Noto como entre el gentío, muchos rostros se vuelven para mirarme, con gesto mitad de recelo, mitad de admiración. Me están entrevistando. No escucho bien las preguntas y mis respuestas son automáticas, sin sentido. Todos están equivocados. No estoy loco. Tampoco soy un héroe. Hace unos minutos sólo deseaba sentarme una mesa y tomarme tranquilamente un café. Hace unos minutos, simplemente no tenía siquiera ganas de vivir. Todo esta situación es realmente absurda.
Por fin logro zafarme del ajetreo. Ahora voy por la acera camino del trabajo. Llegaré muy tarde. Espero que el jefe esté viendo la televisión y se crea el motivo de mi retraso. De todos modos ese ceporro está deseando largarme del taller. Lo que haría entonces, si me quedase sin trabajo, sería volver a la cafetería. Y entonces sería yo el verdugo. Nadie se ha dado cuenta de que aprovechando el alboroto recogí la pistola del suelo y me la guardé en un bolsillo. En ese momento fue un gesto casi mecánico, pero ahora sé muy bien lo que voy a hacer con ella. Me resultará muy fácil conseguir más munición. Y espero que la próxima vez que entre en la cafetería, haya una mesa libre...
Julián María Guzmán Tapia
Granada, 1996.
Said era un ser entrañable de aspecto extravagante...
Paseaba por el barrio Ibn Khaliffa cuando aún se podía y zas!, un torrente de agua impactó en plena calle sin el acostumbrado preaviso sonoro. En medio de la confusión, un hombre con cara de berenjena pocha aún sostenía el cubo del delito en posición horizontal; un coro de chiquillos reían compulsivamente señalando a un occidental con aspecto de galgo recién salido del Tigris...todo un baño de multitudes...De esa manera tan cómica conocí a Said, el barbero con peor puntería de toda Bagdad.
De barba rala, calvo y un sospechoso temblor de manos, perpetraba su oficio ancestral sin apenas incidentes, salvo cuando se empeñaba en realizarte su famoso “corte de pelo”. Oficio heredado de su abuelo, aprendió “el corte de pelo” ya desde su más dura infancia entre ovejas y familiares. Sus actuales víctimas-clientes podían ser reconocidas con “orgullo” en cualquier parte del país... parecían haber salido de la misma fabrica de cacerolas.
Para quienes piensen que el afeitado a cinco hojas, con vibración en el mango de la maquinilla es lo último, para las 3/4 partes del planeta lo más parecido a eso es un barbero como Said. Ejerce en un cuchitril cuya higiene esta empadronada en una calle de Oslo y su sonrisa nos muestra que el fluor no ha llegado a su vida.
El barrio de Said era un canto al reciclaje, el Guggenheim de Babilonia, jalonado por chapas de casi todas las compañías petroleras, muros sin enlucir y siempre al fondo, un descampado con niños jugando al bíblico juego del fútbol-lata.
Nuestro Fígaro era más conocido por su trastienda que por su arte barberil. Suministraba analgésicos y lápices en el último embargo, artículos estos, vetados por Naciones Unidas en un intento de inmunizar a la población contra el dolor y de paso, evitar con el grafito de los lápices la fabricación de una bomba atómica...la de lápices que llevarán gastados los iraníes...
Si los embargos hubieran durado un poco más, la segunda lengua del país habría sido el ruso y la tercera el chino. Gracias a ellos nunca faltó en la mesa de cada iraquí un lanzagranadas que llevarse a la boca.
Para cuando se le acabaron los lápices y las aspirinas los niños habían dejado de ir a la escuela para recoger chatarra o vender baratijas a los norteamericanos y los dolores, se curaban ahora con alcohol. De repente la moda cambió, el bigote dio paso a la barba espesa sin arreglar. Eso llevó casi a la ruina a Said que al poco, vio renacer su negocio de la trastienda vendiendo artículos religiosos para los hombres de barba poblada.
Desde el día que me “bautizó” con el agua de fregar, nunca me cobraba el afeitado, a cambio, le regalaba libros de astronomía, afición que empezó cuando llegaron los malos tiempos. Algunos hombres bebían, otros se suicidaban, algunos pactaban con la nueva realidad, unos cuantos se dejaban la barba y no paraban de leer el Corán y Said, miraba las estrellas. La noche era el único momento del día que las bombas callaban, los asesinos dormían y el resto rezaba para no despertar...silencio...sólo silencio...
No era un simple acto de voyerismo celestial, miraba las estrellas para buscar soluciones al caos en el que vivía...un puro acto de filosofía práctica.
A la mañana siguiente cada afeitado era una incógnita, el argumento nunca se repetía y surgía, un relato más elaborado que el de la mañana anterior. Iba construyendo un edificio sin andamios dialécticos, no importaba...¡construir! ...¡construir!...
Para un occidental aquello era vertiginoso, llevamos siglos hablando del andamio pero nadie se ha atrevido a poner ni un solo ladrillo en nuestro edificio...si hay edificio...
Hablaba inglés como un nativo, nativo cheroki, aunque aquí en el salvaje oriente medio nos arreglábamos con tres palabras de francés, cinco en árabe y la todopoderosa imaginación el resto. Siempre coincidíamos en reírnos a la misma vez, difícil si lo que te está contando es algo triste y te ríes pensando que es un chiste, puede ofenderse y acabar sacándote la navaja por la coronilla. Tenía un telescopio de la era soviética, rústico pero de buenas lentes. Conocía todas y cada una de las constelaciones del firmamento de este hemisferio y el resto los aprendía de los libros que le suministraba. Una vez le pregunté como de la observación de las estrellas podía sacar conclusiones tan profundas sobre la condición humana, su respuesta fue clara como el petróleo -” miro al espejo cuando todo está en calma para ver mejor”—, era un filósofo en el mejor sentido de la palabra.
Una mañana al entrar en la barbería me encontré con medio barrio dentro. Con la mano aún en el picaporte, quedé indeciso a entrar. Said con un gesto me invitó a pasar. Todos tenían cara de histeria contenida y eso me asustó un poco.
A pesar de conocerlos a todos: el farmacéutico tuerto, el zapatero cojo, el ciego que regentaba la teteria. . .en fin un elenco de despojos humanos fruto de muchas guerras sin tregua, sentí inquietud. Me sentaron amablemente de un empujón en la silla de barbero y casi sin tiempo a balbucear, soltaron la noticia...
Otra vez, sin nadie con quien hablar, la taza parece tener un pequeño agujero en el fondo. Pronto se quedará vacía, sin que yo la haya tocado apenas, y se esfumará así mi última excusa para demorarme en mi camino al trabajo. Los primeros cigarrillos también se consumen con inusitada rapidez. Observo intranquilo el bullicio que se desarrolla a mi alrededor y no encuentro ningún saliente al que aferrarme durante otro par de minutos, entre el humo, el aroma a café y tostadas, el concierto de cucharillas y agitar de periódicos. Comadreo in creccendo, pesado y pegajoso que se forma cada mañana al juntarse en un local tan pequeño varias docenas de rumores y prisas matutinas, Ningún rostro conocido que se vuelva y me pregunte “Ey, tío, ¿cómo te va?”.
La primera hora de mi nuevo día parece desarrollarse dentro de una monotonía establecida. La taza sobre la barra, el poso de café, oscuro como un reproche, sin futuro, y yo comenzando a estirar un brazo con el que hacer palanca y abrirme un hueco entre el gentío. No avanzo mucho entre la compacta marea humana y me doy de bruces con una espalda enorme, inamovible, ajena a mis tímidos empujones. Mi primer reflejo al descubrirme atrapado en ese callejón es estirar el cuello y buscar una salida alternativa. La puerta que da a la calle está muy cerca, me siento algo ridículo, y no me atrevo a hablarle a la persona que bloquea mi camino. El bullicio es tan ensordecedor que para que ese desconocido me escuche deberé elevar demasiado mi tono de voz, y eso, en estos momentos de zozobra me produce cierta vergüenza. Opto por retroceder de nuevo a la barra y retomar el hueco que había dejado, y que milagrosamente sigue libre.
Me pido otro café, sin dejar de espiar la gigantesca espalda que se interpone entre la puerta y yo. Busco su más mínimo giro, que deje un pequeño hueco para catapultarme hacia la salida. Pero esa espalda permanece rígida. Comprendo entonces que ese hombre está también atrapado por la muchedumbre, incapaz siquiera de aprovechar su considerable envergadura para hacerse espacio. En cierto modo es una imagen ampliada de mi propio encierro. Veo que él comienza a ponerse nervioso, que agita la cabeza hacía todos los lados. De repente, con sus manazas, el enorme desconocido comienza a tantearse los bolsillos. Busca algo y pronto parece dar con él. Es un objeto recio, como una barra de acero doblada que aprieta con fuerza, y que deja escapar un pequeño guiño metálico.