viernes, 16 de abril de 2010

PLANETA DANZA

Desde que yo recuerdo, siempre ha sido frenético este mundo en el que vivo. Todo en él es continuo movimiento. Desde muy pequeños se nos enseña a renunciar a la quietud y se transforma nuestra vidas en un delirante ir y venir. Con el tiempo, nos acostumbramos a ese movimiento incesante, se forjan nuestros músculos, nos apoderamos de una cadencia y la vamos adornando con pasos floridos, requiebros y algún que otro giro aéreo. Nos deshacemos de nuestro diario caminar para convertirlo en una danza. Se instala en nuestra conciencia un ritmo constante del que pronto es imposible huir: talón, punta, talón, punta, giro, vuelta y a repetir este compás hasta el infinito. Pronto se aprende también a coordinar nuestro baile con el del resto de las personas con las que nos vamos cruzando. Se van improvisando con unos y otros, giros, minués, corrillos, melés, bailes agarrados, aunque siempre sin desviarnos de nuestro destino final. Vamos al banco, a una frutería, a la universidad, y allí nos espera la cajera, el frutero, o cualquier profesor, todos realizando sus tareas sin dejar de taconear, de ejecutar gráciles saltos mientras nos traen un reembolso, nos llenan una bolsa con manzanas o garabatean una pizarra. El mundo entero es una fluida verbena. Una orgía de zapateados y golpes de caderas, de manos alzadas y pies que se elevan raudos. Hemos aprendido a movernos de esta manera tan grácil y artística casi de un modo innato, al principio simplemente dejándonos llevar por la danzante marea humana, que te atrapa y envuelve nada más salir a la calle. Aprendes compases y ritmos primordialmente para evitar chocar con quién tienes más cerca. Te sientes mal si en tu torpeza haces tropezar a alguien o pisas un pie sin querer. Polkas, jotas, danzas del vientre, cabriolas de batusi, zozobra de pies y latigazos de brazos, cimbreo de caderas, temblor de vientres, repiqueteo de talones: los hombres y mujeres son desde hace siglos, en este planeta, puro contoneo. No saben desplazarse, convivir, existir, si no es agitando constantemente todas las extremidades de su cuerpo. Pero he de advertir que en este baile infinito y global, hay alguna que otra grieta, un incómodo escollo de vulgar e irresponsable tendencia a la inmovilidad. Parece increíble, pero en esta sociedad entregada religiosamente al contoneo continuo, hay también algunos inadaptados. Cuerpos torpes a los que no se les da muy bien cabriolear. Estos seres reacios al eterno jolgorio corporal, a los que la medicina moderna (capaz de operar a corazón abierto al ritmo de siete octavas) ha acertado en llamarlos filósofos, acaban siendo recluidos en unos ghettos que se llaman a su vez, teatros. Allí no se sabe muy bien cómo sobreviven, ni qué es lo que hacen. Si alguna vez, por casualidad pasas cerca de alguno de esos asilos y en uno de tus saltos o giros logras asomarte a una ventana, podrás verlos hacer cosas extrañas: hay quién dice que unos son capaces de pasarse horas enteras, ¡horas!, sentados en un sillón, mirando quietos un televisor, mientras otros, los más extravagantes, se entretienen simulando ser árboles, farolas, o piedras…

6 comentarios:

Goran dijo...

Bravo ¡

Jose M. Aranda dijo...

Yo no sé bailar.

Tresmasqueperros dijo...

Ni yo, soy más de acodarme en la barra, verlas venir y desvariar. Un saludo, José.

Tresmasqueperros dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Leandro dijo...

Yo tampoco sé bailar, pero creo que por una chica como ésta no dudaría en incorporarme al Planeta Danza, sombrero y chaleco incluidos. Si me deja el tipo de la moneda, claro. Desde luego, es mucho mejor que ser un filósofo que mira un televisor; por cierto... ¿encendido o apagado? Un cuento estupendo. Y una pega: en para evitar chocar con quién tienes más cerca, creo que quien no lleva acento.

Leandro Llamas dijo...

Volvi a leer este cuento hace un par de días. Ahora, en formato libro. Y resultó curioso comprobar cómo inciden en nuestro ánimo determinadas cuestiones meramente formales