lunes, 8 de febrero de 2010

POETAS ABANDONADOS

La calle Stuyvesant está dormida los martes por la noche. Nadie se pasea por ella a esas horas. Sólo se escucha a los gatos retozar mansamente debajo de los cartones acumulados en los callejones. Todo el mundo está esa noche apiñado en el bar de Patty´s. Todos los vecinos del barrio, y alguna cara nueva cada semana que se une a las de los parroquianos habituales. Todos se juntan allí para escucharle hablar.  Llega todos los martes a la misma hora y se sienta en el mismo rincón de la barra. Pide su par de botellas de güisqui y comienza a beber. Parece no percatarse de que se ha hecho el silencio cuando él ha entrado, y que todos se han girado, pendientes únicamente de su figura zozobrante y desarrapada. Se detienen los gestos, y hasta las volutas del humo de los cigarros parecen congelarse en el denso espacio. Cesan también los cuchicheos, el tintineo de las copas, el ir y venir de bebedores entre las mesas. Y muy pronto, el extraño personaje, sin previo aviso, tras los primeros sorbos, comienza a hablar. Siempre el mismo ritual, aparentemente anodino, imprevisto. El insólito poeta venido de la nada comienza a contar las historias más extraordinarias, o a recitar los versos más increíbles. Así estará durante las próximas horas. Cada una de esas noches es un misterio…y un milagro. Los párrafos  que persiguieron toda su vida Celine, Miller, Kerouac, Fante, Bukowski y demás malditos, los escupe él con un desparpajo inaudito, con una soltura pasmosa y una hábil decadencia en los gestos. Habla de lugares increíbles, de verdades que en sus labios se tornan bolas de granito, de personajes importantes que llegaron a serlo por seguir sus consejos. Cuenta por ejemplo, como pasó una noche entera en un bar de Lavapies, enseñando a Hemingway lo que era la vida, y como después, cogió su fusil y se fue con los milicianos a matar fascistas a la Sierra de Guadarrama. Eran los días de la guerra civil en España. Fue partisano y francotirador de cantares en Yugoslavia. Se pasó muchos años borracho por las calles de Belgrado. Es un Li Po definitivo, rotundo, ajeno a su poder habla y habla y embriaga con suma facilidad a todos los que le rodean. Sus palabras son precisas, perfectas, intensas, irreprochables. Todas y cada una de las personas que cada martes le rodean encuentran las respuestas a preguntas que incluso no se habían hecho. Anodino, desaliñado, de edad indefinible, es sin embargo, un maestro de las frases, un virtuoso de las parábolas, un perito de las noches. “…luchar por cada minuto es, luchar por lo que es posible en tu interior, de manera que tu vida, y tu muerte, no sea como la suya. No seas como ellos, y sobrevivirás, minuto a minuto…”. Y continúa con frases por el estilo…”hay que morir varias veces para vivir de verdad”. De fondo, siguen sonando las canciones de Segeer o Vinicius, que el camarero ha olvidado apagar. Como todos, también está absorto en el solemne espectáculo que se desarrolla en su bar. No varía su gesto, apenas parpadea, con la colilla apagada entre sus labios, los codos apoyados en la barra y la cara sobre sus manos. No le importa que esa noche apenas haga caja. Nadie se acerca a pedirle otra cerveza, para no interrumpir al poeta que habla, al hombre que desmitifica, al dios hecho realidad. Los oyentes se van empapando de esa preciosa lluvia de palabras, se van embriagando de sus verdades, notan como se van hinchando los espíritus y van resurgiendo los sueños y las esperanzas. Una euforia lenta y callada se va apoderando del local y va aplastando todas las almas. Hasta que se alcanza el éxtasis, un delirium tremens de promesas y léxicos. En cada uno de los asistentes estalla una lujuria de axiomas y quimeras. Pero la noche al fin se acaba, y el extraño personaje se calla, todos van regresando a sus casas. Se transforman en tambaleantes figuras, aturdidas, abrumadas por la esencia de los versos que aun resopla en sus corazones, desperdigándose las sombras por la oscura calle Stuyvesant. Por la mañana, les asaltarán la resaca, el miedo a afrontar los sueños que se desataron por la noche, la rabia de haber masticado una pequeña revuelta pero la conciencia de que no pueden tragarla. Sus almas están definitivamente marchitas, inútiles para la vida. Nadie burlará ya su destino, todos volverán a la rutina, volverán a sus grises empleos, pero volverán también las noches de los martes en el bar de Patty´s. Yo, como ellos, sólo espero ansioso, la llegada de esa próxima noche, en la que vuelva a resurgir el genio. Del nocturno bardo no os puedo decir gran cosa. Comentan por ahí que se llama Goran Zelic, y que es eterno…
 
Dedicado a Pati Morán, una gran
amiga al otro lado del océano... 

9 comentarios:

Javier dijo...

Sobran las palabras, pero hay que decirlas... "Relato Increiblemente Magnífico "

Anónimo dijo...

Sorprendida!!!. Es muy bueno, Julián!, de los mejores.
Yo.

patim dijo...

a mi me faltan palabras julianismo. simplemente grandioso. me dan ganas de invitarte a mi parque favorito para que veas como la neblina se difumina entre los sequoias y con un mate calientito entre las manos, salud! http://www.flickr.com/photos/amircheff/4164024461/sizes/l/in/photostream/

Anónimo dijo...

Coincido con Javi, muy bueno. Es julianista total. A ver qué escribo yo ahora...

C.

PD. ¿Le habrá gustado a Zelic?

Goran Zelic dijo...

GRANDE ¡¡¡...como su autor. Julián eres el Master.




P.D.: Juro que Julián no me ha sobornado con una botella...

Anónimo dijo...

No, te he sobornado con dos, je je...

Ra dijo...

Es tu biografía....tus más profundos anhelos...

Anónimo dijo...

Nos encontraremos alguna vez así donde Placi??
Niño! fascinante!! muy tú!
M.

Leandro Llamas dijo...

Éste fue el que leí ayer en tu libro. Y justo antes había leído otro relato de Tennessee Williams, "El poeta". Encontré muchas afinidades entre los dos, aunque me gustó más el tuyo; el otro era demasiado esotérico para mi gusto