La
madrugada se presenta muy fría. Sobre un universo limpio y claro las
estrellas no paran de guiñar sus diminutos ojillos. Al respirar, el
gélido aire nos insufla la serenidad que da sentirse vivo. El café
se ha enfriado y el cigarrillo en el cenicero ha dejado de exhalar su
azulino humo. Silencio. Todos duermen. Una tenue brisa mece las hojas
del limonero y un gato se mueve lentamente como si no quisiera
interrumpir los sueños que en todos y cada uno de los durmientes se
proyectan a modo de cortometrajes surrealistas. Giro la cabeza y me
veo veinte años menos, enmarcado con una sonrisa y un clavel, quedo
pensativo y doy un sorbo de café. Enciendo otro cigarrillo y cierro
los ojos. Intento
recordar la última vez que reí y no me acuerdo. Todos duermen.
Silencio... y sonrío...
Cazando imágenes, sueños, palabras con las que escribir un cuento...
domingo, 23 de diciembre de 2012
viernes, 21 de diciembre de 2012
Hoy se acaba el mundo y yo ya me he peinado...
Tic-tac,
tic-tac, tic-tac... y nada, que el meteorito no cae... eso sí, la
prima de riesgo está por debajo de los 400 puntos, ya puedo tener mi
momento all bran esta mañana más tranquilo. En Madrid ponerse
enfermo es políticamente incorrecto... venirse al Sur, aquí ya
tenemos esparatrapo y gasas en urgencias... En Valencia hacen colas
de hora y media el populacho para comprar barras de pan a veinte
céntimos... y es que los pobres os quejáis de vicio... Mi querida
Ana Mato, la que decía que no entendía a los niños andaluces
cuando hablaban... pues si me escuchara a mí...*), logrará el
milagro de Lázaro... hará que los cojos anden sin muletas y los
inválidos leviten sin sillas de ruedas... Tu Putamadre ¡( en
andaluz significa que linda eres ¡)... El PSOE hará casi veinte
ruedas de prensa hoy para exponer los desastres de Rajoy en su primer
año de mandato... en el fondo los socialistas son unos
derrochadores... con una es suficiente chavales...
Sigo
mirando al cielo y nada... ni pedrisco... vaya mierda los Mayas...
*
Er chavó de la cová, er que sale arrejuntao con toa lá jarca
médica, no paga muletas.
jueves, 20 de diciembre de 2012
Mañana se acaba el Mundo y yo con estos pelos...
El
otro día vi un cartel que rezaba algo parecido a esto : “ No tengo
miedo a que el mundo se acabe en 2012, tengo pánico a que siga igual
en 2013” (más o menos).
Legiones
de anormales (con y sin estudios universitarios), marujas y
landistas, norteamericanos amantes de las armas o ibéricos amigos de
las albaceteñas, del norte, del sur, hipotecados y desahuciados,
gilipollas y doctores cum laude... todos esperan en lo más
profundo de sus corazones y con el culito algo apretado que pase el 21
de diciembre... El fin del mundo...
Lo
triste es que el fin del mundo ya empezó hace unos cinco años, en
verano del 2007 y nosotros sin enterarnos... En menos de cinco años,
el mundo como lo habíamos conocido ha desaparecido. La escuela
pública ya es sólo un refugio para los hijos “del populacho”,
la sanidad... el otro día estuve presente como la jefa de enfermería
solicitaba gasas y esparatrapo para urgencias ( eso sin contar que la
mayoría de las cosas enviaban al familiar del enfermo a la farmacia
para comprarlo... tremendo). Las pensiones... hasta los 70 nos dicen
ahora nuestros amigos europeos, y lo irónico es que si te quedas sin
trabajo con 40 ya no vuelves a trabajar en tu vida en España... 1/3
de los niños españoles pasan
hambre... Si Hambre. Caminaba hace justamente dos años, diciembre de
2010 por Madrid con Martín, y al dar la vuelta a una esquina
observé, sin dejar de seguir la conversación de este, una cola
inmensa de personas que portaban carritos de compra y con un factor
en común : La mayoría miraban al suelo. De eso han pasado dos largos
e interminables años para todos y cada uno de aquella cola más lo
que se les han ido agregando. Los políticos ríen, miran a otro lado
y envían a la policía a machacar a la gente... La democracia... de
eso ya ni hablo...
Así,
mientras nos preparamos para el “fin de los tiempos” me peinaré
con la raya al lado como un inocente párvulo y me fumaré un habano
como mi ídolo Rajoy e intentaré descubrir quién ganará la liga
este año... si no se acaba antes el mundo... claro...
lunes, 26 de noviembre de 2012
LOS FALSOS MITOS (Última parte)
"No es mi obligación entregar a los demás lo objetivamente mejor, sino lo mío, tan pura y sinceramente como sea posible"
Hermann Hesse. Cartas.
Así unos y otros
vamos acumulando unos reflejos propios que vamos estandarizando y convirtiendo
en nuestra carta de presentación allá dónde vamos. Algo por lo que se nos
reconoce de manera rápida. Algo que hemos ido extrayendo de nuestras vivencias
y haciendo por lo tanto nuestro. Algo que remodelamos, algo que adaptamos a
nosotros. Algo que tallamos como quién talla un trozo de madera. Algo que vamos
acaparando y archivando a diversos niveles. Porqué en realidad no somos uno
sino varios los que somos. Modificará en gran media quiénes estamos siendo factores
tales como dónde o con quién estamos siendo.
No seremos la misma persona sentados en un bar y viendo un partido del
Athletik, que hablando pausadamente y con ilusión con la mujer con la que hemos
hecho el amor hace un rato. Yo al menos, siento que lo uno puede ser como un
simple chinato en un zapato y lo otro como la cordillera de los Alpes que me
retase a cruzarla.
Para
uno y otro momento tenemos innumerables opciones de ser. Y serán varios los
mitos que surgirán de nosotros, varios los rastros de camino que dejemos a los que vengan detrás de nosotros por los
mismo derroteros. Ahora bien, y este sí es quizás por fin, el motivo más
importante, el tema principal de esta reflexión. Tenemos que ser en todo
momento, sin importar la profundidad o trascendencia de dicho momento, lo más
sinceros posible con nosotros mismos. Escribía en un párrafo anterior que
cualquier tipo de vida, con sus opciones propias, es siempre válida. Pero en
realidad no, esto no es del todo cierto. Aunque no haya una proporción muy
definida para esto, una vida será más o menos acertada en la medida en la que
somos sinceros y vamos “sorteando” con sinceridad las situaciones que nos vayan
surgiendo a lo largo de la vida. Y la sinceridad se mide a su vez en el grado
de integridad que hemos logrado entre el nivel de lo que creemos que es la solución
para un determinada “piedra o caramelo” y el nivel que hemos aportado de
nosotros mismos para “vivir” dicha “piedra o caramelo”.
Una
vez dado nuestro primer beso o una vez sufrida la muerte de un familiar
nuestro, hablaremos de ello, unos más que otros, algunos buscarán consuelo en
los amigos cercanos, otros buscarán algo de comprensión en los aparentes
expertos en la materia. Algunos leerán libros, otros escribirán poemas o
pintarán cuadros, algunos de esos poemas o cuadros se harán muy famosos y
llegarán a ser obras de arte, (no ya camino sino verdaderas autopistas para
seguir), muchos simplemente permanecerán en silencio. Pero todos, al fin y al
cabo, estarán creando sus propios mitos. Nadie comprenderá enteramente qué es
lo que le ha ocurrido, en que modo le ha afectado y qué nuevas personas son
después de vivido ese momento. Pero que es sino el mito la respuesta a algo que
no se comprende. Ahora bien, el mito debe asentarse en una relativa certeza y
sobre todo en la sinceridad y la honradez. Actuar en la medida de lo posible lo
más cercanos a lo que creemos que es ser sincero, y expresar las conclusiones
del modo que igualmente creamos más honesto. El añadirle más o menos
filigranas, el querer adornar nuestros mitos, es algo aleatorio y prescindible.
Una mera cuestión estética y de modas. Además la belleza extra puede resultar
redundante, porque un mito, una expresión nuestra que surja de una necesidad o
inquietud sincera, usando unas palabras sinceras será siempre hermoso.
Resultará siempre constructivo. Así que, cuando estemos ante una persona, y
seamos conscientes de que está persona se está dirigiendo a nosotros de una
manera franca y honesta, prestémosle nuestra máxima atención, porque en esos
momentos estamos ante algo muy parecido a una obra de arte. Del mismo modo, en
cada momento que estemos siendo nosotros mismos, en cada momento que estemos
proyectando algo de nosotros, intentemos ser lo más sinceros posible, para
hacer así de nosotros mismos algo parecido a otra obra de arte. Aunque la
infalibilidad no está en nuestra mano, debemos intentar al menos, dejar un “rastro”
lo más claro y consecuente. Y siempre, siempre, desechemos los grandes mitos, los
falsos mitos de las grandes naciones y las grandes religiones, que no nacen de
una duda o una sorpresa primordial.
Centrémonos en las historias, las dudas, los milagros, los mitos mundanos
que día a día nos asaltan y son las verdaderas piedras y caramelos de nuestros
caminos: nuestra vida al fin y al cabo.
“las religiones y los
mitos son, al igual que la poesía, un intento de la Humanidad de expresar, por
medio de imágenes, precisamente esa indecibilidad que vosotros tratáis
inútilmente de traducir a llanas expresiones racionales”
Hermann Hesse, Cartas.
LOS FALSOS MITOS (2ª parte)
Yo no
pretendo en este “cuento” ofrecer ninguna solución, ya lo he dicho: la vida es
insondable y cualquiera de los caminos
que elijamos para transitarla podrá ser o no, igual de acertado. Yo sigo en
estos momentos mi camino propio, ante la “piedra” de un domingo que amenazaba
ser muy aburrido, he optado por la opción de rellenar el tedio escribiendo esto
(que está resultando a su vez algo tedioso). Esto que escribo es así la
expresión de mi “mito particular”. Lo que sí voy a intentar reflejar es qué
surge cada vez que damos un nuevo giro, cada vez que bordeamos algún obstáculo,
cada vez que ese nuevo requiebro en la vida nos hacer ser un poco más la
persona que somos. Puede que una intención de este cuento, sea el dar algo así
como una definición prosaica de lo que es el arte: la necesidad de expresar de
un modo más o menos artístico, el vértigo que hemos sentido al dar un nuevo
giro en nuestras vidas. Del mismo modo que las naciones fundan ciudades, las
religiones dan forma a su fe con mezquitas, sinagogas, catedrales o simples
monolitos de piedra y los llamados
artistas pintan cuadros o escriben epopeyas, las personas más sencillas,
aparentemente las menos creativas, hablan en el bar, en la tienda, van a casa
del vecino y vuelcan de un modo más artesanal las pequeñas sorpresas que les va
ofreciendo el día a día. Aparentemente este grupo mayoritario de personas pasan
por la vida sin encontrar “piedras” en su camino y siguiendo un camino ya
definido. Pero todos, sin quererlo, le vamos dando una forma a nuestra vida, a
nuestra historia, nos vamos labrando un recuerdo: todo aquello que se encalla
de un modo más fuerte en nosotros se va transformando en nuestros mitos. Quizás
no los labramos en piedra, quizás no los plasmamos en papel y seguramente no
sobrevivan mucho tiempo a nuestra memoria. Pero unos y otros nos aferramos a
ellos con desesperación, pues son estos, esos mitos, el reflejo más próximo de
lo que somos, de lo que ya hemos sido y de lo que estamos siendo. ¿A quién no
le han dicho alguna vez, “para, no me hables
de eso que ya me lo has contado”? ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez
recordando de manera espontánea algún amor del pasado?¿Quién no acumula de una
manera aleatoria, canciones, libros, historias, rincones de ciudad, bancos de
parque, personas que ha amado, equipos de fútbol o miradas o gestos profundos,
que considera como favoritos y con los que se siente muy identificado? Nos
encanta hablar sobre estos, son temas con los que nos sentimos muy cómodos, es
más, casi nos consideramos expertos. Es normal, es nuestra propia vida, estamos
hablando de nosotros mismos. A mí personalmente, me encantan los Conciertos de
Brandenburgo, adoro a Franz Kafka, (incluso en mi adolescencia quería ser cómo
él, lo mismo que otros querían ser bomberos, futbolistas o el de en medio de
los Chichos), me encanta pasear por Granada y sentarme en los bancos solitarios
de cualquier pueblo, veo algún que otro partido del Athletik y me emborracho
cuando gana algún título (en realidad nunca, que yo recuerde, me he emborracho
por este motivo, aunque ha sido fácil encontrar otros), ah, y cuando me pongo
meditabundo me suelo rascar con el meñique el colmillo superior izquierdo (de
hecho lo acabo de hacer ahora mismo). Estos son, a modo de ejemplo, mis mitos o
mis leyendas personales. No son catedrales, ni monumentos al soldado desconocido
y por supuesto, nunca acudirán miles de turistas a visitarme, a verme
rascándome un diente o vomitando en una esquina con una bufanda rojiblanca
anudada al cuello… Aunque quién sabe, si llego a ser famoso y me montan en
algún pueblo una casa-museo…
(Fin de la segunda parte.)
LOS FALSOS MITOS (1ª parte)

"El mito es la parte oculta de cada
historia, la parte sepultada,
la región que todavía está sin explorar
porque todavía no hay palabras
que nos permitan llegar allí...El mito
se alimenta del silencio
tanto como de las palabras"
Italo Calvino (Italia/Cuba, 1923-1985)
Las personas, como los países, tenemos nuestros propios
mitos, nuestras leyendas, nuestras genuinas historias personales. Del mismo
modo que se labra la historia de las naciones, a una escala mucho más reducida
pero igual de intensa, se forja nuestro carácter. A unos y otros nos van
surgiendo los obstáculos que deberemos ir superando de una u otra forma. Viviremos
durante nuestra vida multitud de enfrentamientos, que darán pie a victorias, derrotas
o resultados incomprensibles. Surgirán
alianzas con otros países, surgirán nuevos encuentros con alianzas ajenas, que
darán igualmente pie a otras victorias, derrotas o sorpresas compartidas. Será
el modo de superar estas “dificultades”, el camino que hemos escogido para bordearlo
y el sitio al que nos encontramos tras esa lucha, lo que va haciendo de
nosotros las personas que estamos siendo. El río no elige ser río, no elige
siquiera ni el lugar ni el momento de salir a la superficie, simplemente brota
y comienza a fluir pendiente abajo. En su camino surgen piedras, vados,
senderos, montañas enteras, que deberá bordear para seguir su curso, para
seguir siendo río. Hasta el obstáculo más pequeño puede alterar el curso de un
arroyo incipiente. Lo mismo ocurre con
nosotros, o al menos algo parecido. Porque nosotros, poco a poco vamos tomando
conciencia de las personas que estamos siendo, de los enigmas que acarrea la
existencia y de las conclusiones que hemos esta nos aporta. Algunos de esos “enigmas”
lo hemos solventado por pura inercia, (“intuición” la llaman algunos), para otros
misterios hemos recurrido a respuestas ya dadas optando por la opción más
razonable, (“aprendizaje”), la más sencilla y la más lógica. También habrá
ocasiones que recurriremos a soluciones ya aprendidas de situaciones similares,
(“experiencia”). Pero habrá incluso algunas personas que inventarán nuevas
respuestas, crearán nuevos caminos de manera casi milagrosa. Para algunos serán
visionarios y genios, para otros simplemente inconscientes y locos: en esto
nunca nos pondremos de acuerdo. El caso
es que las piedras en el camino se irán acumulando y las opciones para
sortearles serán muy pronto ilimitadas, mostrándose así la existencia como algo
infinito: inescrutable, pero adictivo a ratos, a ratos también angustioso. El
solventar con éxito unas u otras piedras te llevará inevitablemente a nuevas
piedras. Cuando me refiero a “piedras”, no lo hago en un sentido estrictamente
negativo. He elegido la palabra piedra por puro azar, por cierta afinidad a esa
palabra, quizás por la sólida connotación que conlleva, aunque podía haber
elegido, por ejemplo, la palabra “caramelo”, para intentar explicar lo mismo. Y
el verbo “solventar” o “superar” quizás tampoco sea el que debería usar en este
razonamiento. Se me ocurre que quizás, el más apropiado para lo que quiero
decir sea simple y llanamente un verbo como “vivir”. Uno supera con más o menos
éxito la muerte de un familiar, pero no creo que sea correcto decir supera su
primer beso. Ambas son experiencias que todos “viviremos” y que nos harán tomar
determinadas aptitudes y caminos en la vida, pero está claro que una
circunstancia será una “piedra” en el camino, y lo otro un “caramelo”. (Perdón
por esta aclaración, pero lamentablemente yo no sé alemán, idioma muy poco dado
a las ambigüedades y que se supone es el idioma ideal para los juegos
filosóficos. Es muy aparente para eso y para sacarles los cuartos a los
griegos, ¡qué ironía!, creadores a su vez de la filosofía).
miércoles, 7 de noviembre de 2012
ESTO NO ES UN CUENTO...
(Bukowski)
No, esto no es un cuento, tampoco
una excusa, ni siquiera llega a meditación. Tampoco pretende ser una
justificación de porqué no hay cuentos en este blog durante tanto tiempo. Es quizás
un pequeño intento de rellenar ese vacío, hablando de ese mismo vacío, intentando
encontrar una justificación a ese vacío, simplemente para que quién pase por
aquí, vea algo, aunque sólo sea este amago de desvarío. Quizás sea simplemente,
escribir por escribir. Estamos vivos, sí, aunque algo perdidos.
Algunas veces he comentado con
Javi y con Cris, con quiénes comparto la mayoría de los cuentos de este blog,
lo sorprendente que resulta el sencillo gesto de escribir. Cómo de manera casi
milagrosa han ido surgiendo los cuentos en los duelos que nos hemos ido
proponiendo. Es agradable también, el sentir cómo pasan los días y mientras
paseo por la calle, o estoy trabajando, o a punto de que me venza el sueño, una parte de mi cerebro se desprende de
los pensamientos rutinarios y se afana en encontrar una historia. ¿Escribir un
cuento sobre una silla, sobre un ventilador, sobre la fotografía de una mujer
desnuda? ¿Cómo la haré, qué se puede contar teniendo como base una primera
premisa? Es sobretodo muy agradable sentir el cosquilleo del esfuerzo en mi
cabeza, como las ideas van girando, arremolinándose unas con otras hasta tomar
una forma definitiva. Puede que no sea una forma perfecta, pero eso es para mí,
y creo que también para el resto de mis compañeros, el sentirse vivo.
¿Qué ocurre ahora, cuándo de repente esas ideas han dejado de
bullir? Pasan los días y no se logra dar forma a nada. Este estado de
impotencia creativa tampoco significa la muerte. Puede que algo próximo y a la
vez muy lejano. En fin, es un vaivén muy incómodo, angustioso, que cada uno
intenta solucionar a su modo. Todos pretendemos estar vivos, pero estar vivos
supone mucho esfuerzo. De hecho, es bueno apearse a veces de la vida misma,
darse un respiro, emborracharse, hacer algo subversivo, no quemar un cajero
(aunque sería una manera acertada de hacer un paréntesis), simplemente hacer algo a lo que no
se esté acostumbrado… Pero también ocurre que a veces cuesta volver a
reengancharse a la vida misma. Y llegan las prisas y uno se da cuenta de que
no disfruta igual de las buenas canciones que tanto te gustan, ni se engancha a
las buenas novelas con la facilidad de antaño y también, el corazón parece que
se ha vuelto de piedra ante cualquier buen verso. En nuestro caso, en mi caso, ¡joder!,
lo que cuesta poder volver a escribir algo. Lo que cuesta volver a sentir el run run de
los pensamientos, de las ideas latiendo en mi cabeza. Entonces, mi táctica
para abandonar estos barbechos creativos es sencilla: consiste en dar palos de
ciegos. Y esto es al fin y al cabo lo que son estas palabras, palos de ciego.
Ante la rabia por no encontrar la imagen, la palabra, el verso que haga saltar
algún resorte dentro de mi cerebro, me lanzo al pequeño infinito de un folio en
blanco, le robo palabras a mi diario, y las descargo a ciegas en este blog.
Después, como niño en una playa, juguetearé con ellas, las amasaré con mis
dedos, haré castillos de palabras de arena, los destruiré a patadas y volveré a
labrar esas ruinas con mis manos en busca de algún milagro.
En fin, os muestro mi vacío y mi
manera de pelear contra él. No es gran cosa. Y le dedico esta “paja mental”, como
la definiría mi amigo Lolo, a todas aquellas personas que tanto me ayudan en
estos momentos, a los que con tanta fuerza suelo aferrarme en busca de un
trampolín. ¡Tened paciencia, os pido! Porque
crear a través y gracias a vosotros, es la mejor de mis maneras de sentirme
vivo. Porque una persona, y no las imágenes, las palabras y los versos, es el
mejor de los motivos con los que llenar un vacío. Acabo ya, cumpliendo la ancestral
regla de este blog: no superar el folio en todo aquello que se escriba, en Times New
Roman, 12, aunque haya tardado dos meses en escribir esto...
viernes, 26 de octubre de 2012
EN BUSCA DE LAS PALABRAS PERDIDAS
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En un rincón perdido de Albacete |


¡SALUD Y LARGA VIDA A LA CULTURA!
sábado, 20 de octubre de 2012
Misery bear... Misery bear... jamás un osito de peluche reflejó tan bien la miseria humana... Misery bear... jack daniels y cigarrillos para aplacar la desolación de un corazón solitario... Dustin O' Halloran toca al piano Variazione Di Un Tango y tu corazón vuela a otras tierras... a otros tiempos... con la última nota vuelves a esa miserable realidad de contenedores y hambre, de politicos sonrientes y ciudadanos narcotizados por la droga más fuerte... El Miedo... No Future... No Way... pero todo ha sido un sueño... las calles vuelven a estar llenas de gente paseando, sonriendo, hablando plácidamente... unos niños juegan en el cesped y al fondo algunos ciclistas saludan con la mano... es primavera... el sol nos acaricia y las rosas perfuman una brisa que mecen los árboles a ritmo de nana... sueña...sueña... y no despiertes jamás... misery bear... misery bear...
miércoles, 18 de julio de 2012
MALDITAS LLAVES (Capítulo final) Un drama real, diario y mortal para los gatos.
Así que me acomodo en la primera terraza que veo, ya no me avergüenzan la camiseta llena de lamparones, los pantalones roídos, mi pelo despeinado, mi cara de sueño y mi pan bajo el brazo. Tengo dinero en el bolsillo, y puedo comprarme lo que quisiera. Café con leche y una tostada de tomate para celebrar el Ulises de pacotilla en que el destino me ha visto obligado a transformarme esta mañana, capaz de superar cualquier situación adversa que me saliese al paso.

Vuelvo entonces a caminar erráticamente por las calles. Es curioso comprobar como mi atención se aferra a con tanta ansia a cualquier cosas con tal de distraerme. Me demoro minutos que me parecen horas mirando cualquier escaparate, espero pacientemente a la orilla de los pasos de cebra, me fijo minuciosamente en los rostros de las personas que pasan a mi lado, vuelvo a demorarme en los escaparates, los kioskos de prensa resultan todo un oasis, puedo entretenerme leyendo y releyendo las cabeceras de la prensa y las portadas de las revistas, hasta que el dueño de turno empieza a mirarme con aire osco y me lanza indirectas del tipo “¿Alguien va a comprar algo” o “Si quieres leer gratis, vete a una biblioteca”. No en una biblioteca, que siempre me han dado un poco de grima esos sitios con tanto viejo leyendo periódicos y tanto chiquillo voceando entre las estanterías, pero si acabo metiéndome en una librería de segunda mano donde puedo pasar más tiempo ojeando libros sin despertar demasiados recelos. Es más, incluso puede que sacrifique los dos euros para la cervecilla y acabe comprando
Pero nada, en la librería, me percato inmediatamente de que no hay mucho en lo que entretenerme. Además, sacando algunos libros a voleo, con bonitas encuadernaciones y muy bien apiladitos, compruebo que el precio de todos ellos es más que prohibitivo para el par de monedas que no dejo de manosear nervioso en mi bolsillo. Aún así, antes de abandonar el local, me acerco a una caja algo apartada en la que hay una buena montonera de volúmenes y extraigo uno de ellos al azar. “Técnicas de primeros auxilios para gatos”. Ja, ja, ¡obra maestra! Lo primero que pienso es que "¿qué técnicas podrían necesitar esos bichos del diablo?" Y lo segundo "¿quién llevaba una vida tan aburrida como para escribir un manual sobre primeros auxilios gatunos?" En fin, lo volteo entre mis manos y ¡coño!, sólo cuesta dos euros…Pues mira, con lo aburrido que estoy, me servirá para reírme un rato. El dependiente me mira con cierta sorna al cobrarme el ejemplar, seguro que piensa que tengo más pinta de comerme los gatos que de cuidarlos cual Francisco de Asís… En fin, abandono la tienda más ancho que pancho, enarbolando mi flamante adquisición y cuando veo un banco vacío, con sombrita y relativamente cerca del sitio dónde me reuniré con mi casero, me siento y me dispongo a disfrutar de un apacible rato de lectura…
Quiénes me vean en este momentos encorvado de ese modo sobre el libro, tan atento, seguro que se imaginarán que estoy leyendo algo así como la mejor novela de todos los tiempos, o algún raro manuscrito del que sólo yo tengo una copia. El caso es que tan amena lectura me engancha de un modo que no creía posible. Además viene con unos gráficos muy interesantes, con felinos ejecutando los escorzos más increíbles y señoras vestidas de blanco otorgándoles atenciones dignas de los guerreros vikingos en el warhala. Pero sobretodo, ¡que carajo!, estoy tremendamente aburrido. En estos momentos me leería con la misma atención un folleto del Mercadona o un prospecto de crema para las almorranas. Y así, en mi siguiente par de horas aprendo a entablillar patas tras caídas de árbol, a identificar las distintas causas de envenenamiento, ya por una clematide, un eléboro negro o fíjate tú, por muérdago, (si es que estos bichos se comen cualquier cosa sin pan y sin preguntar), también a extraer cuanta pelusa ingieran, a curar la manía de correr detrás de las pelotas de lana, a tratar escaldaduras, incluso a realizar el boca a morro, en caso de paro respiratorio del bicho en cuestión… A punto estoy de empezar a leer el fascinante episodio dedicado a hipotermias y enfriamientos cuando escucho una voz que me grita “¿Eh, Julián, qué haces ahí?”. Y es Manuel, mi casero, que me llama desde la otra punta de la calle. Y antes de darme las llaves me suelta un “Vaya pinta que me traes. Buena juerga te pegaste anoche” Y añade, “Espero que no fuese en el piso, sin avisarme a mí, gambitero”.
“Joder Manuel, las cuatro y cuarto. Me iba a volver loco esperando… Mira lo que estaba leyendo para pasar el rato. Y mira con que pinta. A pique de que me metan en la cárcel por vagabundeo”. “Si es que mira que te he dicho que dejes una copia de las llaves a la vecina, que es buena gente y siempre está en el piso” Malditas llaves, pienso, vaya mañanita me han hecho pasar “Ya ya, pero como llevo poco tiempo, siempre se me olvida. Pero cuando llegue a casa se las paso a la vecina, y le pido perdón por destrozarle la radiografía”. Por fin nos despedimos y yo salgo disparado para casa. Subo hasta mi piso y abro la puerta con la misma sensación de reconquista que debieron sentir los Reyes Católicos al entrar en Granada. Ya estoy dentro de casa, suspiro, me palpo el bolsillo y pienso “malditas llaves”. Justo en ese momento me llaman por teléfono. “¿Quillo, dónde tasmetío?” “Buff, si yo te contase” “Llevamos un rato en el bar, ¿te vienes o qué?” Y sin pensarlo respondo ”Vale me ducho y bajo en un momento. Qué ganas de una caña fresquita” Y que le den por culo a la vida formal. Por cierto, la barra de pan, todavía la llevo debajo del sobaco.
FIN DE ESTA INCREÍBLE SAGA...
martes, 17 de julio de 2012
MALDITAS LLAVES (2ª parte). Un drama real y diario.
Un subidón de adrenalina agita mi cuerpo cuando tanteo con la radiografía las ranuras del marco de la puerta. Me siento como el Lute, Al Capone, el Dioni y Rodrigo Rato juntos, aunque sólo esté intentando abrir la puerta de mi propio piso. Pienso que llevo una vida demasiado aburrida cuando algo así me hace sentir tan malvado. ¡Yo, ladrón de bancos, señor del crimen!, pero si cuando voy a comprar a la frutería se me cuelan todas las viejas, ¡vaya mangui de mierda que estoy hecho!. De todos modos, la sensación me dura muy poco. Doblo la radiografía, se arruga por unas esquinas, se resquebraja por otras, se me deshace al fin entre mis manos, pero no he conseguido abrir la maldita puerta. Tantos años de educación cristiana han hecho de mí un ser completamente inútil para cualquier tipo de maldad. Desisto cuando la casera me golpea el hombro y me dice que Manuel, mi casero, podrá dejarme otra copia de la llave, pero que no podrá ser hasta las cuatro de la tarde, cuando salga del trabajo. “¡A las cuatro de la tarde! ¿Qué hago en todo ese tiempo? “Resignado, le devuelvo a la vecina la radiografía hecha pedazos, le doy las gracias y vuelvo a bajar a la calle.
Tengo unas cinco horas por delante, sin saber muy bien que hacer, luciendo mis ropas de pordiosero, con sólo dos céntimos en el bolsillo y una barra de pan en el sobaco. A la espera de que el ejercicio me inspire alguna idea genial, empiezo a caminar sin rumbo fijo. Después de una media hora de vagar erráticamente, llego hasta la estación de tren, justo en el momento que desde el estómago empiezan a llegarme los primeros amagos de protesta. Algo normal, ya que hace una hora más o menos le había prometido un suculento desayuno y sin embargo me estoy dedicando a callejear y hacer ejercicio “como las personas formales”. En cierto modo, pienso que ya estoy haciendo un poco de deporte antes de desayunar, ¿no?, aunque no era esto lo que había pensado para mi primer día de “cambio radical”. “¿Qué hago?” Puedo acercarme a casa de algún amigo, pero sin móvil, me será imposible contactar con alguien y avisarle de mi improvisada visita. Además, casi prefiero que nadie conocido me vea en este lamentable estado, para evitar así ser la comidilla en las próximas fiestas. Uff, ¡pero es que realmente tengo mucha hambre! Tanto ir y venir me ha abierto el apetito. Hambriento, sin dinero, frente a la estación de ferrocarril la solución casi me viene sola… Asaltaré a la primera persona con la que me cruce y le explicaré mi atípica situación, seguro que se apiadaba de mí y me ayuda con alguna aportación económica. Es una tarea con larga tradición, seguro que cientos de años de acoso al transeúnte y de la búsqueda de su piedad, dan sus frutos, sino, el oficio hubiese desaparecido hace mucho tiempo… Pues nada, frente a una ventana ensayo algún que otro gesto compungido, afortunadamente mis ropas hacen el resto, me armo de valor, me guardo la vergüenza en un bolsillo, le susurro unas palabras de aliento a mi barriga y cuando veo salir al primer viajero con cara de cansancio y despiste por el hall de la estación, le suelto de sopetón toda una retahíla de lamentos, quejas y peticiones. “Miréustedbuenhombrenecesitoalgodedinero
paradesayunarporquehastalascuatronopodrévolveraentraramicasa,blablabla…” Poco le falta al abordado coger la maleta entre sus manos y salir corriendo. Por su cara de repulsa noto casi al instante que no voy a sacar nada de él, si acaso un guantazo, así que le dejo ejecutar su finta y que se largue con viento fresco. Pero no me desanimo, porque no sabré qué decirle a mi estómago sino le consigo comida en media hora, además, no tengo otra cosa que hacer…Dos, tres, cuatro viajeros, un par de transeúntes esperando el bus urbano, y todos reculeando y defendiéndose con el mismo gesto torcido, hasta que ¡bingo!, al séptimo intento, mi pequeña tragedia griega, hábilmente ejecutada, (sólo me falta un coro de plañideras a mis espaldas haciéndose eco de mis desgracias), da resultado y tengo por fin en mi mano mi primera moneda de ¡50 céntimos! Dios mío, nunca esta pequeña moneda dorada luciendo en mi palma me pareció tan hermosa. Ni jamás nómina alguna me pareció tan bien ganada. Este primer éxito me envalentona sobremanera y así, acosa que te acosa, lamenta que te lamenta, de nuevo, por un extraño guiño de la estadística, el séptimo acorralado, vuelve a darme otra monedita, y en esta ocasión es…¡un flamante euro! Ya tengo para un café, que estirándolo al máximo, saboreándolo largamente en cada sorbo, sentadito en una terraza con un periódico, podré hacerme rebañar una buena horita de la espera hasta que llegue el casero. Aunque yo, mente emprendedora y preclara dónde las haya, me pongo enseguida a hacer cabalas. La regla no puede ser más sencilla. Cada siete personas, un premio, y este además, este parece doblarse conforme avanzo en mi acoso. La proyección es matemática, de seguir así, si consigo acorralar a unas treintaycinco personas, podré sacar casi unos diez eurillos. Tras tan rotundo éxito financiero, ya empiezo a plantearme:
paradesayunarporquehastalascuatronopodrévolveraentraramicasa,blablabla…” Poco le falta al abordado coger la maleta entre sus manos y salir corriendo. Por su cara de repulsa noto casi al instante que no voy a sacar nada de él, si acaso un guantazo, así que le dejo ejecutar su finta y que se largue con viento fresco. Pero no me desanimo, porque no sabré qué decirle a mi estómago sino le consigo comida en media hora, además, no tengo otra cosa que hacer…Dos, tres, cuatro viajeros, un par de transeúntes esperando el bus urbano, y todos reculeando y defendiéndose con el mismo gesto torcido, hasta que ¡bingo!, al séptimo intento, mi pequeña tragedia griega, hábilmente ejecutada, (sólo me falta un coro de plañideras a mis espaldas haciéndose eco de mis desgracias), da resultado y tengo por fin en mi mano mi primera moneda de ¡50 céntimos! Dios mío, nunca esta pequeña moneda dorada luciendo en mi palma me pareció tan hermosa. Ni jamás nómina alguna me pareció tan bien ganada. Este primer éxito me envalentona sobremanera y así, acosa que te acosa, lamenta que te lamenta, de nuevo, por un extraño guiño de la estadística, el séptimo acorralado, vuelve a darme otra monedita, y en esta ocasión es…¡un flamante euro! Ya tengo para un café, que estirándolo al máximo, saboreándolo largamente en cada sorbo, sentadito en una terraza con un periódico, podré hacerme rebañar una buena horita de la espera hasta que llegue el casero. Aunque yo, mente emprendedora y preclara dónde las haya, me pongo enseguida a hacer cabalas. La regla no puede ser más sencilla. Cada siete personas, un premio, y este además, este parece doblarse conforme avanzo en mi acoso. La proyección es matemática, de seguir así, si consigo acorralar a unas treintaycinco personas, podré sacar casi unos diez eurillos. Tras tan rotundo éxito financiero, ya empiezo a plantearme:
- Primero: prescindir del desayuno y pensar seriamente en una gran comida en un restaurante lujoso de la ciudad.
- Segundo: ir mañana al trabajo y decirle al jefe que me iba, pues estaba claro que este nuevo oficio estaba mucho mejor remunerado.
Redoblo entonces mis esfuerzos aunque, de repente, la estadística y mis sueños de potentado, empiezan a irse al garete. Ya no hay tal “proyección aritmética”. Conforme avanzan los minutos, y pese a perfeccionar en cada intento mi pequeña retahíla pedigüeña, de las siguientes personas que asalto, que me parecen miles, apenas les puedo sisar otros tres eurillos. Con todo, aunque estoy agotado de ir de un sablazo a otro, tintinea en mi bolsillo la cuasi astronómica cantidad de 4,52 euros… ¡Voy entonces a por el desayuno! No es una plenitud absoluta, pero casi puedo decir que estoy contento por cómo he conseguido enderezar la jornada.
Continuará...
lunes, 16 de julio de 2012
MALDITAS LLAVES (1ª parte). Un drama real.
Estoy en uno de esos días en los que incluso en calzoncillos y recién levantado no me veo tan mal frente al espejo, metiendo un poco la tripa incluso diría que estoy resultón, así que me creo todos mis buenos propósitos, me voy envalentonado y decido que voy a coger las horas por los cuernos y les voy a sacar el máximo provecho. Nada de dejarme atrapar tan temprano por el agujero negro del sofá y los treinta y seis canales de la tele. El primer sacrificio ya lo he hecho. ¡Madrugar! Son las diez menos cuarto, una hora que dos días antes pensaba que ni siquiera existía. No sé porqué (supongo que por las pastillas de colores de anoche) pero hoy ya estoy despierto y medianamente espabilado, aunque, pese a mi autoestima por las nubes, la pinta que arrastro es lamentable. Lo segundo, antes incluso de desayunar, ¡un buen paseo en bici!, para sudar un poco y desentumecer el cuerpo. Así que me pongo el pantaloncito elástico, me calzo las zapatillas, me cubro entero con guantes, musleras, rodilleras, y muñequeras y me ajusto el casco y mis ray-ban hacendado que lo mismo me valen para la discoteca que para ganar el tour. No es que haga mucho deporte, la verdad, pero en mi casa te puedes encontrar todo tipo de chismes, tales como raquetas, zapatillas o un par de balones de no sé qué… Pero entonces, desde el balcón, me doy cuenta de la mañana tan estupenda que hace. “Quizás sea mejor tomarse antes el desayuno y con el café calentito, media docena de churros y un canutito, planear una ruta y calcular los kilómetros que me puedo meter entre pecho y espalda en esta primera salida, que no es plan de empezar subiendo el mortirolo”. Así que me vuelvo a la cocina, y empiezo a abrir todos los armarios en busca de un poco de café, aunque no encuentro nada, sólo un par de tarros pequeños con perejil y canela en rama, que de poco me pueden servir. En el frigorífico el panorama que descubro es aún más desalentador. Estanterías asoladas que lo único que muestran son churretones de raros colores y extrañas texturas, un par de pimientos arrugados y un limón cubierto de una rara pelusa blanca que empieza a adquirir un tono verde radiactivo. Nada con lo que pueda prepararme no ya un suculento desayuno, sino incluso un desayuno básico. Me desvisto, me vuelvo a poner los pantalones con los que me acosté anoche, (llegué tan cansado de “tomar unas cañas” que no me dio ni tiempo a cambiarme la ropa), y me enfundo la primera camiseta que me encuentro a mano… Salgo a la calle y una vez cerrada la puerta compruebo si llevo las llaves en los bolsillos. Este es uno de mis gestos absurdos de los que me cuesta desprenderme, ¿para qué compruebo si llevo las llaves cuando ya estoy fuera del piso? (soy un tío listo, si señor). Y ocurre lo que tantas y tantas veces he temido que ocurriese cada vez que palpaba mis bolsillos. ¡Ostia puta, no he cogido las llaves! Lo que tintinea entre mis manos son sólo las pocas monedas que me sobraron de la juerga de anoche. Las miro y las sopeso en mi mano. Cincuenta y dos céntimos que no me llegan siquiera para comprar todo eso que tenía planeado pillar para el desayuno. “¿En qué cojones estaría pensando cuándo salí del piso? ¿Qué hago ahora?” Por la inercia que produce la primera llamarada de cabreo, bajo hasta la panadería. Voy por las escaleras repitiendo a modo de mantra hindú “Soy gilipollas, soy gilipollas, soy gilipollas”. Compro una barra de pan. Me sobran aún dos céntimos ¡cojonudo! Pero ¿para qué quiero la barra de pan? Vuelvo al portal y llamo entonces por el telefonillo a la vecina. Surge una voz entre metálica y desconfiada que me pregunta que quién es. Con lo que creo que es mi mejor tono de súplica y algo aturullado, le explico a la vecina mi situación. Subo andando, esperando que el ejercicio me aclare un poco las ideas. Cuando llego de nuevo a la puerta, allí está la vecina mirándome con cara de ¿y ahora que vas a hacer, espabilao? Ensayo un gesto compungido, carraspeo. “Perdona vecina ¿conocía usted a mi casero? Lo digo por si puede llamarle por teléfono y pedirle otra copia de mis llaves”. Yo sé dónde trabaja y se me ocurre que podría acercarme hasta allí para explicarle mi despiste, (pero por supuesto la ley de Murphy comienza a desplegar sus alas y mi casero trabaja en la otra punta de la ciudad). Me imagino atravesando las calles de soportal a soportal, procurando que me vea la menos gente posible, porque parece que mi sensación de ridículo me sale por los poros y es perceptible para todo aquel con el que me cruzo. Pienso que tiene que haber otra solución. Afortunadamente el marido de la vecina sí conoce a mi casero. “Espera que lo llamo para que él llame a Manuel”, mi casero, “y él nos llame a nosotros para que le pidas las llaves”. ¡Perfecto!, aunque eso puede llevar un buen rato. Y entonces tengo la primera idea medio en condiciones desde que empezó la mañana. “Vecina, ¿No tendría por casualidad una radiografía o algo parecido?”. Muchas veces me han comentado que es relativamente sencillo abrir una puerta con un trozo de plástico. Ha llegado la hora de probarlo. Y la vecina, que empieza a parecerme una santa, se escabulle a su piso y sale al momento enarbolando una lámina negra. “Toma, prueba con esto, mientras yo llamo a mi marido”.
Continuará...
viernes, 15 de junio de 2012
LA COSHER NOSTRA (última parte)
El humillado
La ceremonia por la compra del inmueble número mil estuvo organizada alrededor de un enorme samovar (vendría a ser como matear en ruso). La técnica consistía en colocarse un terrón de azúcar en la boca y disolverlo con el té hirviendo en un vaso de fino vidrio al rojo vivo.
Parecían graciosas las morisquetas de los Kollas, Quechuas, Guaraníes… pugnando con el brebaje y tratando de no quemarse.
Sara aprovechó el caos para pedir el divorcio. Isaquito se lo concedió con la condición que continúe cobrando los alquileres.
Caí en cuenta de lo que hacía Sara de noche.
Conclusión
Sara no insistió más con su libertad. En silla de ruedas y algo sorda atiende ahora el montepío. Feliz por no tener que ir a tribunales.
El hijo mayor resultó ser Martillero Público Nacional. Habría sido mejor que quebrara piernas, inclusive a la altura de las rodillas.
FIN DEL CASO
"LA COSHER NOSTRA"
Julio Cesar Toto Flatuletti
“Detective Privado Free Lance”
Blog: http://flatuletti-detectiveprivado.blogspot.com.ar
E-Mail: detective.toto.privado@gmail.com
miércoles, 23 de mayo de 2012
LA COSHER NOSTRA (4ª parte) Un caso de Tutto Flatuleti.
El seguimiento
Con todos esos datos estrujando mi cerebro me serví un vasito de chicha, prendí un porro y acabé con la botella justo cuando se cortó la luz. Lo tomé como una señal.
Bajé a la galería por la escalera guiándome sólo con el tuco del porro que estaba fumando.
Era bien entrada la noche. Oí de pronto un leve quejido. No expresaba sólo dolor, brotó del fondo de las entrañas.
La chicha evitó otro infarto, también me dio valor para perseguir el ruido emanado de las oscuridades del alma: Sara, en actitud furtiva, iba materializándose con las luces artificiales de la ciudad.
Pensé que el encargo de Isaquito se resolvería en ese momento.
Activé la filmadora e inicié la persecución sospechando un vía crucis de la más pura lascivia criminal, me equivocaba a medias.
Caminamos hasta el hotel que alberga travas en la calle Tablada, la mayoría estaba en la calle ofreciendo sus atributos; nos detuvimos unos minutos en la primera parada. Cruzamos al prostíbulo que está al frente y continuamos toda la noche en una especie de rally en los alrededores del Mercado Norte.
Algunos comercios del centro, y de la calle San Martín en particular, están separados por puertas, puertitas, pasillos o pasajes… Para la gente vulgar pasan desapercibidos pero dan acceso a pensiones o prostíbulos, o depósitos clandestinos, o talleres truchos o aguantaderos… Están en el corazón de la manzana, o en la planta alta, o en los fondos de los locales…
Persiguiendo a Sara los recorrimos todos. También recalamos en telos que funcionan por minutos, tugurios y fondas atendidos por peruanas, o bolitas o paraguas. Indocumentados pero nunca juntos.
Como efecto colateral una culada de trabajadores de la construcción del mismo y sombrío palo eran atraídos, cuando caía la noche, como moscas a la letrina. Se fusionaban con la oscuridad dando a la zona una actividad comercial igual o mayor que la de los negocios de la alimentación en horario diurno.
La primitiva violencia de estos inmigrantes truchos hizo que me congratulara por haber bajado con Glock, con suerte podría desvirgarla.
El noctámbulo seguimiento duró más de una semana.
En un descuido perdí a Sara en la zona de los boliches que están sobre el Bulevar Mitre casi General Paz. Era el horario de cierre y los pendejos salían a tropel, dados vuelta y armando un quilombo de órdago.
Vecino a esos boliches hay un telo por minutos que complementa la noche aunque por lo general los chicos prefieren la costanera del Suquía.
Me metí en el hotel. Sara estaba hablando con la encargada o la dueña.
Me desconcentró un precioso trava que me dio bola. Volví a perderla. Al volver detecté que una puerta, antes abierta, ahora estaba cerraba. Entré subrepticiamente a la habitación, un lóbrego senegalés importado junto al París Dakar se volteaba a Sara. Si Isaquito fuera inteligente comprendería que una cuota de culpa no le cae nada mal a la pareja, al contrario.
Filmé la acción hasta acabar enredado en las sombras.
Ya en la cueva me lavé las manos, subí el video a la PC, lo pasé a un disco y bajé para llevárselo a Isaquito sin tener en cuenta que aún no había amanecido.
Sara pasó a mi lado rápidamente, la reconocí por su perfume. Ahí fui, otra vez tras ella.
Se detuvo en Oncativo y Maipú. Entró sin golpear a una sinagoga aparentemente desactivada. Un trava en tanga, de un metro noventa y pico, armonioso por donde se lo mire, parecía custodiar el edificio.
Esperé a la mujer de Isaquito. Para asesinar el tiempo entré en conversa con el trabuco, no eran baratos sus servicios. Pasé casi toda la noche en vela esperando que Sara saliera, tomando nota de la patente de los lujosos vehículos que venían por sus servicios. El travesaño la levantaba con pala.
A la tarde siguiente bajé a la galería con las pruebas de la infamia en un DVD y con el temor de que el “Caso Resuelto” me llevara a circunstancias incontrolables. Los chivos expiatorios de la humanidad habían aprendido a descargar sus golpes con suma violencia.
El bar Capri estaba en expansión, la moza y los dueños se afanaban en agregar mesas y sillas. A la noche, al cierre de los locales, Isaquito & Asociados festejarían la adquisición de su propiedad número mil con locatarios que le sacaron préstamos en usura, con los que empeñaban sus cosas y con los que, de alguna manera, tenían relaciones lucrativas.
A la oportunidad la pintan calva, ése era el momento de presentar mi informe.
Esperé en el Bahía.
Junto a una chicha que no pedí, la Doris me acercó otro libro olvidado por su hija: El Kamasutra ilustrado de un tal Anónimo. Me sorprendió un déja vu. Había pasado por el libro aunque no podía recordar cuándo ni cómo.
Esperando la celebración de los Isaquitos, y para cerrar el caso, tuve tiempo para solazarme con el sexo intelectual.
viernes, 18 de mayo de 2012
LA COSHER NOSTRA (3ª parte) uN CASO DE TUTTO FLATULETII
Las opiniones del Rufián Melancólico
Trauman salía del Mercado Norte llevando un par de bolsas llenas con mercadería comestible. Sobre el caftán abierto colgaba una metra Uzi, cal 9mm Parabellum.
–¿Me espera a mí? –preguntó Trauman.
–Si –dijo Roberto Arlt–, quiero entrevistarlo para el diario Crítica.
–¿Ahora?
–¿Por qué no?
–Bueno, si me acompaña caminando hasta el shil.
–¿Shil? ¿Qué es un shil?
–Sinagoga.
–Está bien… –Hicieron unos pasos en silencio hasta que Arlt lo sorprendió–. ¿Sabía usted que Erdosain no encuentra cómo agradecerle el enorme favor que le ha hecho? ¿Por qué le regaló ese dinero?
–Yo estaba en un buen momento. Si uno tuviera que hacerlo todos los días… pero así… Además, están los intereses.
–¿Y cómo es que teniendo usted fortuna continúa en la trata?
–Vea amigo, la trata como usted le dice, no es para todos los hombres ¿Por qué voy a dejar varias mujeres que me rinden mucha plata sin ningún trabajo? ¿Las dejaría usted?
Arlt omitió responder la pregunta que quería involucrarlo y repreguntó –¿Y usted no las quiere? ¿Ninguna de ellas lo atrae especialmente?
Antes que Trauman pudiera contestar fueron interrumpidos por un juan que hacía adicionales frente a una de las tantas concesionarias de motocicletas de baja cilindrada que hay en la zona.
–Buenas tardes, don Trauman, ¿cómo está usted?... –dijo el policía respetuosamente.
–Bien Yonathan, ¿y al final, qué tenía Braian?
–Sarna, don Trauman, mi mujer lo llevó al dispensario.
–¿Está mejorando? –Al tiempo que preguntaba esto le daba un puñado de caramelos ácidos que llevaba en su caftán–. Tomá, para tu hijo.
–Gracias, don Trauman –respondió el policía guardando las golosinas–, le estamos haciendo un tratamiento.
–Cuidalo mucho, ¿ió?
Siguieron caminando
–¿En qué estábamos?… –retomó el rufián dirigiéndose a Roberto Arlt.
–Que si no se siente atraído por alguna de ellas –volvió a repetir.
El fiolo lo miró estupefacto un par de segundos y repuso –Escúcheme bien. Si mañana viniera un doctor y me dijera: Micaela se le muere en una semana la saque o no del prostíbulo, yo a la Micaela, que me ha dejado muchos verdes en cuatro años, le permito que trabaje los seis días y que reviente el séptimo, ¿comprende?
–¿Y no le tendría lástima aunque más no sea?
–¿Lástima? –Contestó Trauman–. Amigo, a una ramera no hay que tenerle lástima. No hay mujer más perra, más dura, más amarga que una prostituta. No se asombre, yo las conozco. Sólo a palos se las pueden manejar. Usted debe pensar como el resto de la gente que el manager es el explotador y la ramera la víctima. Pero dígame: ¿Para qué necesita ella todo el dinero que gana? Lo que no se dice es que la ramera que no tiene hombre anda desesperada buscando uno que la engañe, que le rompa el alma de cuando en cuando y que le saque todos los verdes que pueda porque son así de bestias. Se ha dicho que la mujer es igual que el hombre. Mentiras. La mujer es inferior al hombre. Fíjese nomás en nuestras mujeres. Ellas eran las que cocinaban, trabajaban, limpiaban, hacían todo mientras nosotros nos recogíamos en el temor a Dios y observábamos el Pacto de Israel. Lo mismo pasa en la vida moderna. El hombre, salvo ganar dinero, no hace nada. Y créame –enfatizó–, la mujer de la vida a la que no se le saca el dinero lo desprecia a uno. Sí señor, en cuanto le empiezan a tomar cariño, lo primero que desean es que le pidan platita... El que camina entre dos mujeres es como si caminara entre dos mulas.
–¿Y los homosexuales?
–¡Bestias abominables!
–¿Y los travestis?
–Bueno… –comenzó a responder el Rufián Melancólico justo cuando llegaban al puente Centenario.
Fueron interrumpidos por uno de los adicionales que instalaban un retén para controlar el choreo de las motos de baja cilindrada. Todos los juanes se arrimaron a saludar respetuosamente. Recibieron consejos y caramelos.
Trauman y Arlt cruzaron el puente.
Entre los boliches de la zona del ex mercado de abasto un grupo de originarios del Paraguay, Bolivia, Perú… se saludaban como si fueran amigos y entraban a un galpón presidido por una enorme estrella de David y el candelabro de los siete brazos.
–¿Ve?... –dijo el ortodoxo con cierto grado de exaltación–. Esos se dicen judíos que creen que llegó el Mesías. Es como si ustedes, los argentinos, llamaran Falklands a las Malvinas.
Roberto Arlt no dejaba de anotar en tanto que los parlantes atronaban la zona preguntándose: ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿Para qué estoy?
–¡El copyright del Maguén David y la Menoráh es nuestro! –Reclamó el caftán alimentando su exaltación, su odio y refiriéndose a los símbolos religiosos–, ellos se hacen llamar el Ministerio del Pueblo Elegido y se jactan que en los Estados Unidos son como la Coca Cola.
Cada aclaración que hacía el Caftán sumaba una porción de cólera hasta que, quebrantada toda paciencia y noción de realidad, el ortodoxo peló la metra y ante la incredulidad de Arlt, vació varios cargadores entre la multitud. A uno que contraía espasmódicamente los dedos le reventó la cabeza.
–Es para evitarle confusiones al Mesías –aclaró.
Relajado continuó caminando hacia el templo de barrio Cofico seguido por un desconcertado Arlt que ya había abandonado su cuaderno.
–Créame, amigo –Retomó Trauman–, la mujer, sea o no honrada, es un animal que tiende al sacrificio. Ha sido construida así. ¿Por qué cree usted que los padres de la Iglesia desprecian tanto a la mujer? La mayoría de ellos han vivido como grandes aristócratas y sabían que animalito es. Y la mujer de la vida es peor aún. Es como una criatura: hay que enseñarles de todo ¡Todo hay que enseñárselo!
Habían entrado a la zona de las mansiones del barrio, en el dulce atardecer las palabras del fiolo abrieron un paréntesis de extrañeza, Arlt comprendió que estaba junto a una vida substancialmente distinta a la suya.
En definitiva –remató Noé Trauman llegando ya a la sinagoga de la calle Sucre–, de una manera u otra son todas putas: Las que se levantan las tetas, o se depilan, maquillan, muestran su silueta, usan minifalda e, inclusive, aquellas que creían que se casaban con “el próspero comerciante enriquecido en América” o con el príncipe azul. Putas sólo diferentes en grado, no en esencia… todas están dispuestas a venderse por unas monedas, o verdes, o prestigio, o seguridad…
Las que tienden a pasar desapercibida, usan ropas holgadas, se dejan los pelos, su desodorante es el jabón Federal y compiten mano a mano con el hombre no son putas…, esas son lesbianas.
Y pobrecitas, todas ellas están tan locas, que uno no sabe si compadecerlas o romperles la cabeza con un palo.
En la puerta del templo una pendeja indigente con un niño desnutrido en brazos rogó por ayuda.
Sin decir agua va, Noé Trauman enarboló nuevamente la Uzi cal 9mm Parabellum, y con la experiencia que da la práctica descerrajó una ráfaga corta, eficiente, económica. Sólo tres disparos que hicieron impacto en los menesterosos.
Al tiempo que juntaba las vainas para recargarlas, le decía al periodista –A estos hay que eliminarlos de chiquitos, tienen tendencia a ser plaga.
La expresión de Roberto Arlt fue tan elocuente que el rufián se vio obligado a corregir no sin cierta indulgencia –De última… ¿acaso no sacrifican a los caballos? ”
Desperté de la alucinación totalmente mojado y no porque se me hubieran ido las cabras. El corazón me avisaba con violentos latidos que se me venía el infarto, tras otro nariguetazo me tranquilicé.
FIN DE LA TERCERA PARTE.
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