sábado, 7 de mayo de 2011

IDIOSINCRASIA (o porqué Jimena se hizo bibliotecaria) 1ª parte

Jimena a sus tres años no tenía pájaros en la cabeza, Jimena, tenía miles de palabras. Aún no lo tenía claro, pero intuía que esas pequeñas filigranas puestas sobre cualquier superficie, eran algo importante en el mundo de los mayores. Eran como duendecillos de múltiples apariencias que a ratos eran puertas, y a ratos eran llaves.

Por eso, procuraba guardar en su cabecita cuanta palabra se pusiese a su alcance. Ya antes de aprender a leer, se fijaba en cualquier garabato que pasase ante sus ojos y lo miraba durante mucho tiempo, hasta aprenderse de memoria todos sus giros. Nunca le interesaron los colores, o los sonidos, ni los arrumacos que se empeñaba en hacerle todo aquel que la cogía en brazos; eran mensajes para ella quizás demasiado precisos o demasiado estúpidos, y no dejaban lugar al misterio. Le gustaban las palabras por su pequeñez, por su carencia de adornos, por su aparente fragilidad, por sus múltiples formas retorcidas. Conforme iba aprendiendo a leer su asombro no dejaba de crecer, y con su asombro iba parejo su necesidad de acaparar más y más de esas palabras. Sería imposible describir el gozo de Jimena, la inmensa felicidad que le recorrió todo su cuerpecillo cuando descubrió que sobre esas pequeñas lagartijillas petrificadas giraban cientos de sonidos diferentes: cada combinación poseía un rumor propio. No eran solo formas, estaban llenas de vida. Y Jimena quería atrapar todas esas vidas en su cabecita.

No es te extrañar que aprendiese a leer con una facilidad pasmosa. No hacía otra cosa que leer y leer, y conforme avanzaba en sus lecturas, con más avidez exigía otras. Sus padres pronto se dieron cuenta de la afición de su hija y no dejaban de regalarle libros. Pasaban también muchos ratos con ella en su regazo, compartiendo nuevas lecturas, aunque sin comprender del todo el bullicio y la fiesta que originaban cada nuevo vocablo en su mente-jaula inquieta.

Jimena poseía también una memoria prodigiosa. Cómo si no, podría acaparar y esconder tantas y tantas palabras nuevas a cada minuto. Con un libro entre las manos, se inclinaba sobre él, leía con lentitud, y repetía los sonidos hasta conseguir la entonación que creía más precisa y más preciosa para cada palabra. Del mismo modo que las niñas de su edad vestían y desvestían sus muñecas, ella engalanaba cada palabra con el eco que creía más apropiado. Y una vez memorizada, la nueva palabra era durante unos minutos su juguete favorito: la paladeaba primero entre sus labios como si fuese un caramelo, antes de pronunciarla con una entonación definitiva, se imaginaba los mil mundos maravillosos que estaban encerrados detrás de ese sonido, y por fin, la soltaba al viento. Desmenuzaba sus sílabas, las gritaba despacio, notando el peso de cada una de ellas dentro de su boca, viendo como sus palabras se asemejaban a pequeños polluelos que renqueantes remontan el vuelo. Le gustaba sobretodo a Jimena ver qué reacciones producían esas nuevas palabras entre los adultos que la rodeaban. Cuando dominaba una nueva captura, corría rauda donde estaba su madre, su padre o alguno de sus hermanos mayores y de sopetón, les gritaba: “¡deletrear!” o “¡tembleque!” o “¡rimbombante!” o “!sentimiento¡”. Después se quedaba muy quieta, esperando una respuesta, alguna risa, o como también descubrió con desagrado, recibiendo alguna que otra reprimenda. Aprendió así que las palabras también podían ser ofensivas. “¡Jimena no digas eso!”, “Jimena una señorita no puede decir esas cosas”,”Jimena lávate la boca ahora mismo”. Entonces ella se ponía muy triste. Corría a su cuarto, se lanzaba sobre la cama y con la cara apretada sobre la almohada repetía mil veces ese vocablo oscuro. Intentaba así comprender el porqué de la maldición que había caído sobre esa palabra. No veía mal alguno en ninguna palabra, todas eran bellas, todas eran buenas. Jimena guardaba esas palabras en un rincón apartado de su memoria, las mimaba de un modo diferente a como cuidaba al resto de palabras, constantemente les susurraba mentalmente que no estaban solas, que ella era su amiga. “Nunca te olvidaré, palabra escorbuto”, “no dejaré que se rían de ti, palabra nacionalsocialismo”,”no estás sola, palabra gilipollas”. Y volvía a ser feliz, con su pequeño secreto creciendo dentro de su cabeza, con todas esas palabras convalecientes. Se veía entonces como una santa, como una mártir, como un adalid de las palabras malditas. Descubrió de ese modo, que las palabras no sólo eran garabatos, no sólo eran sonido, las palabras eran sobre todo, significado. 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

5 comentarios:

Tresmasqueperros dijo...

Este cuento es un regalo. Una amiga me propuso escribir un cuento con su palabra favorita "idiosincrasia". Aún no sé, si me dejará publicarlo hasta el final. Bueno, dejo la primera parte, a ver si cuela. Aunque en realidad, este cuento ya no me pertenece...¡Feliz fin de semana a todos!

Goran dijo...

Cuanto mal han hecho los bibliotecarios a las Bibliotecas...

Supercalifragi dijo...

oye!!!! como me gusta!!!.... dile a tu amiga, que no me puede dejar así...tengo que saber que le ocurre al final a la palabra "gilipollas" y a su "ada" madrina...
SEGUNDA PARTE, PORFA...

Lística dijo...

Siiii,a mi también me gusta!
segunda parte,ya!!!!
:)

Tresmasqueperros dijo...

No sé, no sé, si gustará la continuación...