martes, 6 de octubre de 2009

UN MUCHACHO EN BERLÍN


Para el joven Vania todo ocurrió muy deprisa. No entendía bien qué hacían esos hombres uniformados en la puerta del granero. Tampoco comprendió qué querían decirle con eso de la madre patria, que había que defenderla del fascismo, que el socialismo esperaba de él que diese su sangre. Le hablaban con gesto afable, sonrisas confiadas, con gestos amables intentaban que Vania se acercase a ellos. Estaba aturdido, y empezó a asustarse cuando escuchó disparos al otro lado de la granja, cuando vio a su padre rodeado de soldados, que le increpaban, y a su madre, de rodillas, llorando, implorando a otro de esos hombres uniformados. Uno de esos hombres le señaló, y le agarraron por los hombros y lo llevaron casi en volandas hasta un corrillo donde estaban reunidos otros jóvenes del pueblo. Unos y otros se miraban con ojos asustados intentando comprender qué es lo que estaba pasando. Qué querían de ellos, porque los empujaban hacía los camiones y les obligaban a subirse a los remolques. Pero todos permanecían en silencio, incapaces de articular palabra, mínimamente conscientes de que cualquier acto de rebeldía podría complicar su situación. Los camiones arrancaron y el joven Vania pudo ver entre los pliegues del toldo que los cubría, a su padre gritando con el puño en alto y a su madre, aun de rodillas, llorando y dándose golpes en el pecho. Aún no lo sabía, pero Vania estaba siendo en esos momentos, reclutado para el glorioso ejército rojo, que necesitaba en esos días de todos los brazos rusos, en su lucha contra el fascismo.

Estuvo durante varios días, yendo y viniendo, junto con otros muchachos, de cuartel en cuartel y de campamento en campamento. En todos esos lugares, siempre las mismas arengas, siempre los mismos discursos, siempre los mismos improperios de los que apenas comprendía nada. Vania era sólo un granjero,  había pasado su corta vida trabajando en las tierras de la familia, ajeno al resto del mundo, ajeno a guerras mundiales o a planes quinquenales. Sus manos estaban curtidas para llevar azadones, rastrillos o palas, no para enarbolar banderas rojas o sostener un fusil. No sabía nada de lucha de clases, de juegos políticos, incluso desconocía el significado de nombres como Stalin, Hitler o Zukov. Recibió el joven Vania una somera instrucción militar: se le hizo formar durante horas con el resto de sus compañeros, se le obligó a arrastarse por el fango, se le vistió con un raído uniforme y se le dio, aun sin saber muy bien para qué servía ni cómo se usaba, un fusil. Así, en apenas una semana, sin pronunciar palabra, sin poder comunicarse con sus padres, asustado, con el alma encogida, el joven Vania pasó a formar parte del trigésimo cuarto regimiento de zapadores, de la décimo segunda división de infantería, que en breve partiría para tierras alemanas.

No fue, sin embargo, muy dura la guerra para Vania. Nunca llegó a disparar su fusil. Marchaban y marchaban, algunas veces montados en camiones, la mayoría de las ocasiones, pisoteando caminos embarrados: largas caminatas en las cuáles iba tomando una leve conciencia de en qué consistía eso de la guerra. Allá por donde pasaban, tierras baldías, agujereadas, asoladas. Al borde de los caminos, cientos de cuerpos en descomposición, animales y hombres formando un mismo amasijo, vehículos destrozados, árboles arrancados de raíz. Todo cubierto de ceniza, barro y sangre. Al llegar la noche, acampaban a las afueras de los pueblos, se emborrachaban alrededor de improvisadas hogueras y poco a poco se iban quedando dormidos, acurrucados en sus mantas y envueltos en los vapores del vodka. Algunos soldados, sin embargo, se escabullían del grupo y se encaminaban al pueblo. Desde allí, llegaban al rato, gritos de mujeres, estruendo de tiros y risotadas. Así fueron las primeras semanas del joven soldado Vania.

Dada su juventud, los soldados de su regimiento, le cogieron cariño, casi se podría decir que le trataban con cierto mimo. Intuían cuál era su procedencia, el trauma que debió suponerle el ser arrancado de forma tan drástica de su familia. Todos trataban a Vania con afecto, le daban parte de sus raciones, le hacían partícipe de sus fiestas nocturnas. Incluso en más de una ocasión, algún soldado de rostro encendido por el alcohol le invitaba a acompañarle en sus correrías por el pueblo. Pero siempre sacudía Vania la cabeza diciendo que no, se limitaba a permanecer en silencio, a dejarse llevar por unos y otros en sus jaranas alrededor de la hoguera, aunque sin alejarse mucho del corrillo.


Y así llegaron a Berlín. Casi sin darse cuenta, sin disparar un solo tiro, viendo de la guerra nada más que sus restos, llegando a los sitios sólo para certificar su rastro de calamidad y desolación. Esa noche, al igual que las anteriores, acamparon en uno de los barrios derruidos y pronto asomaron de los bolsillos de los abrigos y de los pliegues de las mantas las botellas de vodka. En esas horas, las canciones que sonaron más fuerte que nunca, había cierta euforia desatada que Vania no alcanzaba a comprender. Se mencionaba constantemente la palabra victoria. De todo ese barullo, Vania sólo entresacó que quizás muy pronto volvería a casa.

Por la mañana, poco a poco los soldados fueron surgiendo de sus petates: figuras torcidas, tambaleantes y quejumbrosas. Se fueron desperdigando por entre los montones de escombros, para orinar, vomitar o simplemente desperezarse. Alguien levantó a Vania de su camastro y le ordenó explorar un pequeño refugio que asomaba entre los restos de un edificio. Cuando se asomó a la puerta, se topó Vania con decenas de caras que se giraron hacía él y adquirieron un gesto expectante. Les empezó a gritar que saliesen de allí, que se dirigiesen hacía donde estaban acampados sus compañeros. Uno a uno, fueron saliendo por la puerta, en silencio, sumisos  y atentos a lo que Vania les indicaba. “¡¡Vaya, mirad lo que nuestro muchacho ha encontrado!!”. “Qué buena cacería has hecho, camarada”. “Por esto te van a dar una medalla, chico”. Bromeaban unos y otros al ver flanquear al muchacho esa imprevista comitiva de grises fantasmas.

El caos que se desató después, no sabría Vania muy bien cómo explicarlo. Cómo en breves segundos, los que habían sido durante semanas sus guías y compañeros de peregrinación, trasmutaron de soldados aturdidos en lobos sedientos de sangre. Se abalanzaron como fieras sobre las mujeres, recrearon nuevamente, sin saberlo, un miserable rapto de sabinas. Las agarraban por los hombros y las arrojaban al suelo, algunos las cogían en brazos o las arrastraban por los pelos tras los muros que había junto al refugio. Vania, en medio de ese repentino alud humano, simplemente se dejó llevar, empujado tanto por las carreras de sus camaradas, como por las mujeres que huían de ellos. Tardó unos segundos en salir de su aturdimiento inicial. Siendo un chiquillo como todavía era, no acababa de entender los motivos por los que se había desatado tan rápidamente ese histerismo. Echó a correr sin rumbo, buscando únicamente una salida entre el gentío. Pero en su carrera tropezó con alguien. Era una de las mujeres alemanas que huía. Cayó sobre ella, y esta le miró con ojos asustados. Vania no sabía que hacer, en un primer gesto, intentó enderezarse, desprenderse de la mujer, pedirle incluso perdón por su torpeza. Alguien, entonces, le palmeó la espalda y le gritó. “¡¡Venga Vania, demuestra a esa zorra que ya eres un hombre!!”. La mujer seguía mirando al chico con miedo, seguía agitándose bajo el cuerpo del muchacho pero poco a poco fue cediendo en su resistencia… Casi sin saber cómo, empujado por una inercia ancestral Vania se notó dentro de ella. Todo a su alrededor se difuminó en una espiral de voces y estallidos de luz. Aún así, entre tanta demencia, Vania pudo escuchar las voces de la mujer que le increpaban…"¡¡¡товарищ!!! ¿Qué estás haciendo? ¿Es esta la revolución que me traes?¿Eres tú quién ha venido a liberarme?". Durante unos segundos Vania surgió de entre la locura, pero volvió a dejarse caer, a ceder a las voces de su compañero que jaleaba sus embestidas, a entrar en esa mujer que se agitaba levemente debajo de él. No, Vania no sabía nada. No sabía lo que era la guerra, tampoco sabía lo que eran la libertad, y por supuesto, Vania, no sabía lo que era revolución…

Dedicado a todos los que leen este blog...

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Pitas, pitas, comentarios, venid, pitas pitas... nada ni dejando migas de maíz comenta la gente...

kuku dijo...

Mejor empieza a ofrecer algo más alcohólico, ¿qué tal un Ouzo?

Jesús dijo...

Lo siento Juli, pero no me prodigo ultimamente a visitar blogs, incluidos los mios

Anónimo dijo...

¿Quién es Kuku?


Fdo. Una aturdida Cris.

Javier dijo...

Te has vuelto tu muy soviético...sospechoso...
Ah¡ Kuku es colega mío, es un degenerado que nos sigue desde el principio pero que se ha decidido a comentar ahora...Cuídate la Gripe B

Ra dijo...

No me ha gustado nada de nada y menos a esta hora de la mañana.
Me estás diciendo que se vio obligado a cometer semejante barbaridad?
Sabes que sigue habiendo países inmunes a esta mierda todavía?
Qué asco me dan los hombres ante su polla!

Alicia dijo...

Me alegra encontrar el blog tan animado.
¿Tus últimos relatos?, muy buenos.
Ánimo para los siguientes.

Leandro Llamas dijo...

...y el reverso de "Die Oktoberrevolution".

No es nuevo, pero me gusta ese doble enfoque. La historia, no por sabida, deja de ser tremenda; y creo el punto de vista de ida y vuelta la mejora.

La verdad es que, en el libro, los habría colocado uno junto al otro. Claro que no es mi libro, es el tuyo