
Pero volvamos a la peluquería, donde ya casi, llegaba el momento en el que me atendiesen, y dónde sólo había podido leer, y de manera algo precipitada, uno de sus capítulos, concretamente el dedicado al vapuleo que constantemente sufre la cultura, de manos de unos medios de comunicación y avances tecnológicos agresivos y muy desproporcionados. Ahora sí, pasé algunos minutos observando todo mi entorno. Sensible como estaba, después de leer las páginas que había leído, me fijé de inmediato en el chaval que estaba siendo atendido en esos instantes. Un muchacho joven que no dejaba en ningún momento, mientras el peluquero hacía malabarismos para no enredarse con él, de toquetear y jugar con su móvil. Me resultó una imagen esperpéntica, fiel alarma y reflejo de lo que había leído apenas unos minutos antes. Además, mientras toqueteaba a ritmo frenético las teclas, no dejaba de comentar a un amigo todo lo que iba haciendo. Hablaba de guasas, gepeeses, emepecincos y demás sandeces tecnológicas, con la misma pasión que se habla de dios, de la mujer a la que se ama o del delantero centro al que se venera. Yo me pregunté, si se comportaría del mismo modo mientras se duchaba, follaba con la novia o mientras comía. Puede que no, pero viendo su actitud compulsiva, seguro que no tardará mucho en comportarse así. Ya es muy común ver a gente por la calle con el móvil en la mano, toqueteándolo del mismo modo obsesivo, completamente absortos en el aparatito. Yo mismo, lo suelo llevar a veces en el bolsillo, enchufado a unos cascos, a los que en el otro extremo, están enganchados mis oídos. Y no me sirve la excusa de que yo los llevo para escuchar “sólo” la radio o algún curso que otro de inglés. De igual modo, camino por la calle ajeno a la verdadera realidad que está discurriendo a mí alrededor. Y es que todos en parte somos culpables. Todos estamos dormidos y lo que es peor, todos estamos resignados. Nadie en la peluquería parecía darle importancia al comportamiento tan extravagante y maleducado del muchacho, nadie le reprochó nada. Yo mismo, pese a la sorpresa, no dije nada en ese momento. Mi único gesto de reacción: que ahora estoy escribiendo esto.

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Continuará...