Goran, natural de Sarajevo y sietemesino, piensa un día que lleva toda su vida huyendo. Su nacimiento prematuro: una primera fuga del vientre materno, el cual nada más abandonar de nalgas, ya estaba echando de menos. Por eso lloró, como lloramos todos, nada más nacer. Y así continuó el resto de su vida. Goran, culo inquieto, abandonaba sin llegar a conocerlas, las ciudades por las que pasaba, para transcurrido un tiempo, desde la distancia, recordarlas como rincones exóticos, místicos, perfectos, a los que se cree está condenado a no volver. Goran, enjuto, pasilargo y con perfil de viento, nunca supo de que iba huyendo. A ratos se creyó cobarde, agachaba las orejas y saltaba por la ventana a la más mínima señal de contienda. Pero no, Goran sabía que no era un pusilánime. Por momentos se sintió Goran asediado por los remordimientos. ¿Remordimientos de qué? Si en su prisa, Goran, nunca tuvo tiempo de cometer errores, de quebrar corazones o de sembrar querellas.
Nadie en realidad supo quién fue Goran. Acaso lo recuerdan como una sombra fugaz que apenas levantó una nube de polvo al salir corriendo. Que fue Goran pura humareda.
Pasaron los años y la espalda de Goran se curvó, como queriendo su cuerpo doblarse en una última y agónica búsqueda de sí mismo, abrumado sin saber por qué. Todo lo que le rodeó, fue para él puro lastre, puro cerco, puro desconcierto. Los caminos por los que transitaba se hicieron infinitos, las personas con las que se cruzó, insondables, los pensamientos que todo esto le acarreó, volátiles. A todo lo que Goran osaba acercarse, de repente aumentaba de tamaño, se hacía inabarcable. Se desesperaba al recordar las calles de su Sarajevo natal. Mil mañanas las recorrió y nunca fue capaz de atraparlas en su memoria. Cada mañana se inventaban esas calles nuevas aceras que transitar, nuevos escaparates en los que reflejarse, nuevas farolas que alargaban las sombras, y sobretodo, nuevos transeúntes con rostros austeros y enfermizos. Rememoró también Goran las mujeres que amó a lo largo de su vida. Las volvió a materializar entre sus manos, volvió a acariciarlas, y volvió a sentir como sus pieles se tornaron elásticas, el tacto cambiante y huidizo al encontrarse con su búsqueda. En cada mujer que amó, no encontró Goran uno, sino miles de cuerpos ajenos que eran como mil mundos que no dejaban de crecer entre sus brazos, de inventarse una nueva orografía de senos, caderas, labios y miradas. Nuevos milagros que a su vez se esforzó en amar, pero que se fueron diluyendo entre sus labios y le dejaron el corazón exhausto.
Goran fue en sus primeros días pura ansia, pura inquietud, pura búsqueda. Goran nunca huía, Goran indagaba.

No sabe Goran cómo comprender la vida y todo lo que hay en ella.