
Todos estábamos cansados de esta guerra tan larga, y se puede decir que la mayoría aguardaba con cierta esperanza la llegada del ejército invasor. Otros rumores hablaban de la benevolencia de los soldados del ejército enemigo. Además, y esto era quizás, lo que más excitaba nuestro ánimo, traían comida. Ingentes cantidades de latas de carne o verduras en conserva, que en nuestra imaginación desatada se tornaban en suculentos manjares. Aparte, esos mismos soldados nos traerían los milagros de su revolución. Venían de un país en el que era el pueblo quién mandaba. Venían de un paraíso terrenal en el que todo abundaba y todo era de todos. Ellos enterrarían el fascismo y nos cogerían de la mano para llevarnos a un mundo mejor, un mundo que ellos habían creado. Habían tardado casi treinta años pero por fin estaban aquí, a las puertas de nuestra ciudad.
El cañoneo se fue haciendo más próximo. Además, a este, se unieron los ruidos de las ráfagas de ametralladora, el tiroteo intermitente de los fusiles, los gritos de los que iban cayendo, el zumbido de los aviones. Estábamos atrapados en el ojo de un huracán. Apenas sin noticias, intentando adivinar los movimientos de las tropas simplemente por el ronroneo de sus vehículos. Y un buen día, de repente, cesaron todos los ruidos. Cuando este repentino silencio se fue haciendo hueco entre nosotros empezamos a mirarnos unos a otros estupefactos. Un ligero brillo fue surgiendo del fondo de nuestras pupilas. ¿Era ese silencio la primera señal del fin de la guerra?
Un cuerpo surgió entonces por el marco de la puerta. Era apenas un chiquillo, embutido en un enorme uniforme mugriento. Empezó a gritarnos algo en un idioma extraño, aunque por los gestos dedujimos que quería que saliésemos fuera del refugio. Ansiosos como estábamos por volver a ver la luz del sol obedecimos rápidamente sus órdenes. Nos colocaron en fila junto a la puerta, formábamos una curiosa caterva de fantasmas desaliñados, pero algunas nos permitimos esbozar una ligera sonrisa de agradecimiento. Frente a nosotros, un hatajo caótico de soldados nos miraba con una curiosidad idéntica a la nuestra. Nos colocaron frente a algo que no tenía nada que ver con el glorioso ejército rojo que esperábamos liberaría a Alemania del yugo nazi. Frente a nosotros, una masa de seres desarrapados, mugrientos, vestidos con uniformes raídos y portando viejos fusiles. Seres agotados, de hombros caídos, con la mirada encendida por el odio, la lascivia y la sed de venganza. Volvieron a gritarnos en ese idioma del que nada entendíamos. Nos separaron en grupos; a las mujeres nos dejaron frente a la puerta del refugio, formaron otro grupo con los hombres, y aun un tercero con los chiquillos y los ancianos. La mayor parte de los soldados empezaron a agruparse en torno nuestro. Y poco a poco el cerco se fue estrechando, comenzaron a tirarnos de los brazos, a intentar separarnos del corrillo de mujeres apiñadas y asustadas que formábamos. Al final estalló un caos enorme. Me di cuenta entonces de que esos soldados no nos traían nada parecido a la libertad. Aquello se parecía más a una cacería, y como otras mujeres empecé a correr. Pero no llegué muy lejos. Un par de hombres se me echaron encima, me arrastraron hasta una de las esquinas del refugio, me apoyaron contra la pared y empezaron a manosearme. Noté sus manos frenéticas tanteando todo mi cuerpo, desgarrando mis ropas, apretando mis pechos, arañando mi vientre, abriendo mis muslos. Escuchaba su risa nerviosa, cargada de odio y lujuria. Me tiraron al suelo. Cerré los ojos y le escupí a la cara al soldado que ya tenía sobre mí: ¡¡¡товарищ!!! ¿Qué estás haciendo? ¿Es esta la revolución que me traes?¿Eres tú quién ha venido a liberarme?. Durante unos segundos ambos atacantes se quedaron quietos, creo que sorprendidos por haber escuchado alguna palabra en su idioma, pero inmediatamente retomaron su embestida. Fui violada allí mismo, delante de las personas que durante semanas, habían esperado conmigo la llegada de estas tropas. El fin de la guerra, el principio de la revolución.
Dedicado a José Antonio Pérez Martín