Soy de Ámerica Latina, un pueblo sin piernas, pero que
camina. "Calle
13"

La
latinoamérica real ha resultado ser mucho más directa, más agresiva, cómo sólo
puede serlo un continente habitado por supervivientes. Es una isla infinita
en la que apenas tienen cabida las ensoñaciones. Su aroma es fuerte, a ratos
amenazante, huele a restos de mercado, a sudor rancio, a arroz y choclo
hervidos, a chancho frito, a grasa y gasolina, a frutas maduras, a chicha, a
jugos y cerveza. Sus sonidos son enérgicos, su música irritante, cansina, sus
ritmos a ratos ancestrales, a ratos delirantes. Para mí, con un espíritu tan
ajeno al baile, resulta simplemente agotador, quizás hasta prescindible este
son son lastimoso y repetitivo que lo envuelve todo. La función de esta banda
sonora total es como la de un aniversario diario, como una fiesta de pueblo que
se celebrase a cada rato, me advierte, me atonta, me recuerda, no lo olvido,
que estoy en latinoamérica. Latinoamérica entera me empuja cuando voy andando
por la calle, me obliga a caminar con prisa, a desprenderme de mis
pensamientos, los que traje a modo de coraza desde España, a desprenderme
incluso de mis gestos, afuera mis certezas, cada esquina me hace evocar a mil
fantasmas, y me juego la vida cada vez que cambio de acera. Dentro del gran
viaje que estoy realizando, cada día realizo miles de viajes minúsculos y puedo
acabar charlando con los incas si compro tabaco en un puesto. Los colores de
latinoamérica son los colores de un millón de winphalas agitadas por los vientos
que bajan de las cumbres de los Andes. Todo me estalla en los ojos, llevo
siempre el sol desparramado sobre mi piel y un eco anciano en las entrañas. Su tacto es el
tacto de las piedras talladas con el sudor de otras piedras. Y el tacto de sus
minerales ya no es un tacto, es sólo el recuerdo de un tacto robado. Al pasear
por sus ruinas, sus venas abiertas, comprendo al momento todos sus fracasos:
sus ruinas no me muestran lo que fue latinoamérica, sino lo que no la han
dejado ser. Sólo queda certero, cargado de remordimientos, de tacto cargado de
auxilio y reproche, el tacto de la tierra seca, o el tacto apabullante de la
tierra húmeda, hinchada por sus ríos que pretenden ser mares. Es también
incontable el tacto del millón de hojas de todas sus selvas. ¿Y a
qué sabe latinoamérica? Sus sabores no puedo describirlos, necesitaría una
nueva lengua sólo para enumerar sus árboles y los frutos que revientan cada día
en sus ramas.

(Dedicado
a Isabel Montojo, Gema, Francisco, Sonia, Yolanda, Pilar, Isa Pelaz, Miriam,
Vanesa Arroyo, Arrate, Vanesa Salazar, Elena, Bea, Alba, Vero, Beatriz
Rubio, Ana, Itxaso y Shandu, grandes cooperantes de Macará, Ecuador)
(Escrito con el móvil, después pasado a mi diario, en Santa Cruz, Bolivia, 28 de agosto del 2013)