jueves, 29 de marzo de 2012

Sweet Thursday



Sé de un lugar donde la lluvia aún no está embotellada, los niños siguen siendo niños y la poesía no pertenece sólo a los poetas… donde el café es aún un placer sin receta médica, las calles están limpias y las flores adornan balcones y plazuelas...donde los mercados no venden la negra fruta de la esperanza y el verde no vive en los bolsillos de risueños banqueros... donde la libertad no es apaleada en piñatas de poetas y la poesía sigue siendo un arma cargada de futuro... donde Cappa y Steinbeck en blanco y negro nos recuerdan que no todo está perdido... donde la gente es amable y gentil... sin embargo, ese lugar sólo existe en la imaginación de los locos...



Hoy es jueves, la madrugada está tranquila y el viento barre de vez en cuando las calles como si quisiera limpiar de ponzoña la ciudad. La gente hace como si durmiera pero realmente están muertos. Los periódicos exhalan veneno y sus lectores repiten palabra a palabra el epitafio de un mundo que jamás volverá. Siento la misma sensación de abismo que hace más un milenio debieron sentir aquellos frente a las puertas del medievo... y la oscuridad se va acercando sin tregua... Llegado a este punto, si la sensación del lector es de desasosiego, enhorabuena está usted aún vivo pero terriblemente jodido... No desespere, hoy es jueves pero seguro que mañana viernes con suerte el mundo amanecerá aún un poco peor y podrá recordar este jueves como un día bueno...


Querido lector : No se deje impresionar por una realidad poco edificante, pásese al gremio de los locos y quédese con la primera parte, al menos las calles estaban limpias y la gente era amable y gentil...


viernes, 16 de marzo de 2012

LAS INTERMITENCIAS DE LA REALIDAD (1ª parte)

Al día siguiente no murió nadie.
José Saramago, “Las intermitencias de la muerte”.

En el mismo país en el que un buen día la muerte decidió dejar de ejercer sus tareas diarias, la realidad, del mismo modo, empezó a comportarse de una manera errática. Al principio la gente pareció no darse cuenta, y si percibían alguna anomalía, no le daba mucha importancia. Los pequeños desajustes que se fueron produciendo en el día a día no dejaron de ser reseñas curiosas en los periódicos y noticieros sensacionalistas. Además, estos desvaríos espontáneos a veces suponían una buena noticia. Por ejemplo, una mañana, todos los trenes del país empezaron a llegar a su hora. Aún con el mismo número de empleados, con similar número de vagones, locomotoras y sin haber hecho ningún arreglo en las vías, de repente, todo empezó a funcionar con una sincronización perfecta. De nada sirvieron los sabotajes ejecutados por algunos funcionarios perezosos, sorprendidos o resentidos por este repentino buen funcionamiento del servicio ferroviario. Del mismo modo, a una hora determinada y a lo largo de todo el país, todos los suicidas que habían decidido en ese momento arrojarse desde algún edifico elevado, en vez de estrellarse contra el suelo, acabaron flotando por el aire, cual globos de colores y convertidos en algo parecido a atracciones de feria. Resultaba realmente curioso caminar por las calles observando a tal o cuál extraño personaje levitar torpemente. Era incluso cómico verlos algunas veces chocar entre ellos. Para colmo y como noticia aún más extraña, esa época de locura empezó con el tremendo notición de que un equipo compuesto por chavalines de doce años, se había hecho con el título de campeón de la Liga Nacional de Fútbol. Resultó bastante gracioso también ver a esos seres imberbes intentando levantar ante las cámaras la enorme copa que les acreditaba como vencedores. Pero la gente tampoco se alarmó en ese momento. Todos repetían a modo de retaila irrefutable, “qué le vamos a hacer, el fútbol es así”.

Hasta que un buen día, el caos, dubitativo e intermitente al principio, se desató totalmente. Ese día ya no hubo manera de ocultar las rarezas que iban ocurriendo a cada instante. Resultó abrumador el comprobar como las leyes de la física dejaron de ejercer su poder dentro de las fronteras del país; cómo todo se tornó inestable, imprevisible y anárquico. En un primer momento, se le preguntó a la muerte si ella tenía algo que ver con esta situación, si era una broma macabra de su parte. A ella, la muerte, que años antes se había mostrado de un modo tan temperamental. Pero ella lo negó todo, incluso se quejó de que también estaba resultando afectada, pues no podía ejercer su profesión como se le había encomendando, citando como ejemplo, el extraño caso de los suicidas volátiles. Así que inmediatamente, todos los científicos del país, se pusieron a estudiar qué es lo que estaba ocurriendo, porque de repente y de un modo tan incompresible, la Ley de la elasticidad de Hooke, el Principio de Hamilton modificado o incluso el Teorema de Euler sobre las funciones homogéneas, por citar sólo unos ejemplos, habían dejado de tener vigencia. De un plumazo, no sólo las leyes físicas, químicas o matemáticas, sino también los comportamientos animales o las normas sociales dejaron de seguir unas pautas razonables. Desde todos los rincones del país empezaron a llegar noticias tales como el nombramiento de un caballo percherón como Ministro de Fomento o el considerable aumento de bodas entre banqueros y librepensadores. Dejaron de imprimirse los periódicos o emitirse noticieros dado que ya nadie podía asegurar que realmente llegaran al público. Además bastaba con salir a la calle, o incluso sin salir de casa, para enterarte inevitablemente de lo que estaba ocurriendo. Mirabas a tu alrededor y todo se desmoronaba o transmutaba a las formas más extrañas y dispares. Uno mismo, sufría en su organismo mutaciones frenéticas, curiosas e indoloras.

Pincha aquí si quieres leer el cuento completo.

LAS INTERMITENCIAS DE LA REALIDAD (2ª parte)


Sorprendentemente no se desató la alarma social, aunque sí se produjeron algunos enfrentamientos entre determinados sectores de la población. Era frecuente ver como agrupaciones de poetas dadaístas, pintores surrealistas o incluso ávidos lectores del realismo mágico, iban a las puertas de los ateneos de filósofos neokantianos para jactarse ante ellos de todo lo que estaba ocurriendo. Del mismo modo, anarquistas, libertarios y demás utópicos creían ver en esa zozobra de la realidad la consecución de sus históricas reivindicaciones políticas. Aunque unos y otros, reconocieron pronto que quizás este viraje superaba con creces sus expectativas, estando ellos también atrapados en esta vorágine. Del otro lado, religiosos, políticos conservadores,  teóricos del positivismo o ingenieros, no se sentían tan a gusto al ser derrotados constantemente por el libre albedrío, pero tuvieron que reconocer en masa que ni sabían el porqué de este giro de la realidad, ni, lo que era más grave, sabían cómo solucionarlo.

¿Qué hacer entonces? La única opción era pues dejarse llevar por la nueva situación, con la esperanza de que los cambios que en ellos fueran ejercidos, tuvieran al menos un carácter positivo. No había nada que hacer, incapaz nadie de emprender un estudio científico serio, constante y ordenado. Los últimos adalides del orden y de la lógica se limitaron a realizar experimentos, comprometiéndose en miles de situaciones, alterando constantemente parámetros y variables, para comprobar siempre que, efectivamente, nada seguía ya un orden racional.

¿Cuánto duró este caos? Tampoco se podía saber a ciencia cierta, estando también alteradas las leyes temporales. Habría que recurrir para saberlo, a las mediciones que se hicieron desde los países limítrofes. Aunque los científicos y demás estudiosos de dichos países fronterizos, tampoco se pusieron de acuerdo, ya que los datos con los que trabajaban eran bastante dispares. Se habla de semanas, meses e incluso años. Eso nunca se sabrá. Lo cierto es que el orden llegó del mismo modo en que había vuelto. Un buen día, los trenes del país empezaron a retrasarse en sus salidas y destinos de un modo que entraba dentro de lo razonable. Ese mismo día, miles de suicidas se precipitaron velozmente contra el asfalto de la calle. Y lo que resultó aún más esclarecedor, el vigente campeón de liga, compuesto por una docena de chiquillos de trece años, recibió una incontestable paliza de 36 a 0. Todo volvió así a la normalidad.

Los surrealistas despertaron del sueño y los científicos respiraron aliviados. Y empezaron inmediatamente, sin sufrir ya ningún tipo de contratiempo, a desarrollar sesudos estudios para encontrar los motivos y las consecuencias de tamaño desvarío nacional. Pero pasados los meses, no se halló una solución clara, ninguna respuesta concluyente. Se limitaron a limpiar de las calles la sangre de los suicidas y la nación entera cayó en un estado cercano al de una monumental resaca, con una desazón similar a la de cualquier nochevieja o celebración patria. Eso sí, en todos y cada uno de los protagonistas de esta historia, quedó un regusto amargo, una ligera conciencia de que las situaciones vividas no fueron tan extrañas, y de que la realidad que ahora volvían a vivir no era tan razonable, no era tan lógica y no era tan previsible. Unos y otros, no encontraban ya tanta diferencia entre la locura y el entendimiento. 

FIN

viernes, 2 de marzo de 2012

BAZAR

 (Fragmento de mi diario, 1 de marzo del 2012)



Esta mañana empiezo a leer algunos poemas de Ángel González pero a duras penas puedo terminarlos.  Sus versos me sorprenden y veo mi reflejo en muchos de ellos, pero de alguna manera me abruman, me agotan y surge una alarma dentro de mí que me avisa de que ya no me caben más palabras en el cuerpo. “Apenas sin espacio, el silencio, el inasible silencio, cercado por los ruidos, se aprieta en torno de tus piernas y tus brazos, asciende levemente a tu cabeza, y cae por tus cabellos destrenzados…” Aún así lo sigo intentando, releo esos poemas y veo cómo empiezan a saltar las palabras, siento como se desprenden de las estrofas y me acechan, me rodean, me exploran y me abordan buscando alguna oquedad en mi cuerpo por la que colarse. Pero al no encontrar ningún recobeco, al toparse con puro muro en vez de piel, resbalan, se amontonan, se atoran y acaban yéndose  a otra parte, perdiéndose irremediablemente para siempre. Como en otras tantas ocasiones, leyendo de este modo, saturado, impermeable, siento que estoy errando el momento. Siento que de alguna manera estoy desperdiciando estos humanos versos. La única forma de poder aprovecharlos es deshaciéndome yo de algunas de mis palabras, creando así nuevos vacíos. Es por esto que ahora escribo en mi diario. Soy entonces algo así como un hombre-bazar. Cada día acuden a mí los poetas más exóticos (las palabras de Ángel transforman Asturias en el lugar que tú prefieras), los más lejanos, los más enigmáticos, ofreciéndome sus versos-avalorios, y yo aprovecho entonces, humilde artesano,  aprendiz de poeta, para mostrarles con la cabeza gacha, mis toscas manufacturas…