domingo, 25 de octubre de 2009

Ruleta Rusa



Se desconoce el origen de la ruleta rusa. Algunos sostienen que se debe al aburrimiento y un exceso de vodka en un acuartelamiento cercano de Kiev. Una noche, como no podía ser de otra manera, unos oficiales se enfrascaron en una disputa sobre sus hazañas bélicas, que en esos momentos se reducían a participar en pogroms donde el número de víctimas hebreas era el listón de su valentía. El factor etílico hizo que la discusión quedara en tablas y no hubo mayor prueba de valor para el desempate que colocar una bala en el tambor de un revolver con cuatro recámaras vacías. El resto ya saben como funciona, véase la película “El cazador” con Robert de Niro y Stephen Walken.


Los años pasaron y aparecieron muchas versiones, algunas muy imaginativas y cuyo fin era pasar un buen rato a costa de algún idiota que desconocía el verdadero desenlace. Sentados a una mesa, se presentaban varios frascos con pastillas. Una de ella provocaba una muerte muy dolorosa, el resto eran placebos. Sin embargo, la fatídica era un potente laxante que cuyo primeros síntomas provocaban unos retortijones de barriga que el incauto asociaba con el veneno. Los sudores fríos y la cara descompuesta ayudaban a recrear los instantes previos a una muerte agónica. Cuando la verdadera naturaleza del compuesto hacía efecto, el protagonista de la escatológica broma saltaba de la mesa hacia el baño, en la mayoría de las veces sin éxito a la hora de depositar toda su humanidad en el habitáculo blanco con forma ovoide. En este caso, el maloliente más que nacer de nuevo se sentía que se quería morir.


Afortunadamente la ruleta rusa no se puso de moda entre la sociedad en general, y la muerte prematura se dejó en manos del tabaco americano, los conservantes de los alimentos, el estrés y los accidentes de tráfico.


La ruleta rusa es un juego estúpido que crea rechazo inmediato pero es la demostración más sincera de la imbecilidad humana. Todas las semanas, decenas de individuos mueren en la particular ruleta rusa que supone conducir como un gilipollas y no origina el estupor de un resolver en la sien de un individuo. Cruzar con el semáforo en rojo, comer mierda envasada con vivos colores, respirar el contaminado aire de ciudades donde la hacinación impide al ser humano vivir con dignidad… somos partícipes de más ruletas rusas de lo que pensamos.


Para finalizar, la original ruleta rusa.


En cada giro, el miedo recorre todo tu cuerpo y el aire desaparece de tus pulmones. El ritmo cardiaco se acelera y las palpitaciones te oprimen la aorta de manera que una mano invisible te ahogara poco a poco. En apenas 2 segundos, el tambor gira una vez y tu destino está escrito. Extiendes la mano abierta y tu existencia es colocada con la empuñadura hacia tu pulgar. Es la hora. La mano no puede temblar, la muerte se merece un poco de gallardía.


Colocas el cañón en la sien y lentamente aprietas el gatillo. El martillo retrocede con suavidad para luego en un instante abalanzarse a la velocidad del rayo. Durante una milésima de segundo tu cuerpo deja de existir. De repente, el mundo regresa con una larga y estertórica inspiración. Has nacido de nuevo y la realidad te parece distinta, apenas reconoces lo que te rodea pero te sientes verdaderamente vivo.

miércoles, 14 de octubre de 2009

UN NUEVO DUELO A TRES BANDAS...




  
      Caballeros míos:


      Me toca proponer tema. Ante mi escasez de ingenio, pedí ayuda a diversos personajes, pero fue J. el que supo resolver de manera más satisfactoria el entuerto.
Los relatos de este duelo versarán sobre la ruleta rusa. Que cada uno utilice su inventiva para darle el matiz más extravagante y hamletesco.

      A hacer sangrar vuestras plumas.

      Se despide vuestra servidora, no sin antes mandar un cálido abrazo al ilustre judío sefardí Xavier, y al no tan ilustre Ibn Quzmán, musulman converso, otro cordial saludo de esta misma guisa.

     
      Cris.

miércoles, 7 de octubre de 2009




        Como a la mayoría de los que estamos aquí, esta guerra no me atañe. Me vi involucrado en ella de manera casi imperceptible. Ni siquiera recuerdo lo que me impulsó a participar en lo inhumano de esta revolución. Quizá un arrebato de coraje o quizá algo peor y bastante menos honorable.



        Aunque en otros tiempos fui un hombre de palabra, hoy me encuentro capaz de traicionar a cualquiera. Es por lo que aquí se respira. En este estado de embriaguez mental no hay lugar para el mínimo ápice de camaradería.


        Mis compañeros, como último intento para ganarse el cielo, se entregan a sus ídolos y crucifijos. Yo, que me gané el infierno hace mucho, debo ser el único sin una sola imagen por la que ser valiente. Valiente idiota.


        Y así, con el corazón en una mano y el fusil en la otra, nos dirigimos a un futuro lleno de honor y victoria que otros han ideado por y para nosotros.


        Esto es la revolución y nosotros sus ejecutores.

 
                                                                         *   *   *

        -Me toca mover- dijo sin poder ocultar el brillo orgulloso de sus ojos- Jaque mate.


        -Mierda- contestó el perdedor. -¿A qué jugamos ahora?

El Hombre Absurdo


Desde que entré en el paraíso tecnológico con mi portátil, es la primera vez que escribo algo de puño y letra, en papel y a tinta, el crimen perfecto para los ecologistas. Después, una vez finalizado tan atroz delito, lo he pasado al ordenador…”que malgasto de recursos”-dirían otros ecologistas.


Pero esto no va ni de ecologistas, ni ordenadores ni tan siquiera de algo lógico, va de Lo Absurdo, concretamente del Hombre Absurdo… o algo así.

El otro día, estaba tan aburrido que empecé, bueno para ser preciso logré terminar, un ensayo de Albert Camus que rondaba por casa hacía algunos años. Recuerdo que lo compré para intentar ligar con la chica de la librería pero nada, le iba el rollo Kierkegaard… pringá.

Ya me he perdido…ah, si¡ el ensayo de Camus. Bueno al llegar al mito de Sísifo –“…enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas”-Que sí, que sí, que enseña todo lo que quiera pero está condenado toda la eternidad a subir un pedrusco a la cima de una montaña…. Absurdo. Pero eso no queda ahí, de los presentes no creo que les interese la mitología griega salvo que se quiera ligar a una chica en la librería…pringá.. Perdón, he vuelto a perder el hilo. Ah, sí¡ el pedrusco.

Si algo nos enseña este mito es que coño hacemos con nuestras vidas. Casi un 1/3 la pasamos estudiando y siendo becarios para intentar currar las 2/3 en algo que seguro acabamos asqueados de tanto subnormal…”el partido de ayer…ay Mari¡ como se a puesto la serie de interesante…el informe González, donde está el informe… esta noche no, cariño…etc”, y encima el final es acabar en una caja de pino en un sórdido y aséptico tanatorio… Absurdo.

Reflexión :

¿ Qué sentido tiene empujar la roca ? es decir, ¿Qué sentido tiene la Vida?.

Obviando las tonterías sostenidas por los filósofos en los últimos 2500 años, la respuesta es Ninguna. La Vida es Absurda y por ende el Hombre es Absurdo. Si alguien sigue leyendo esto hasta este punto, que no se deprima, hay más y peor.

Volvemos al mito de Sísifo. Una vez llegaba la roca a la cima, retrocedía y volvía al punto de partida, imagínense la cara del protagonista.

La segunda respuesta a la reflexión es esa: El instante en el que bajaba para volver a empezar, ese tiempo que no estaba empujando el pedrusco era el único de libertad. Cada victoria era una derrota, pero ese pequeño instante que yacía en la cima, era la verdadera victoria contra los dioses.



La nuestra quizás sea conseguir aprobar unas oposiciones, la pareja soñada o quizás publicar este Absurdo en Hamlet se toca pensando en ti… o algo así…

martes, 6 de octubre de 2009

UN MUCHACHO EN BERLÍN


Para el joven Vania todo ocurrió muy deprisa. No entendía bien qué hacían esos hombres uniformados en la puerta del granero. Tampoco comprendió qué querían decirle con eso de la madre patria, que había que defenderla del fascismo, que el socialismo esperaba de él que diese su sangre. Le hablaban con gesto afable, sonrisas confiadas, con gestos amables intentaban que Vania se acercase a ellos. Estaba aturdido, y empezó a asustarse cuando escuchó disparos al otro lado de la granja, cuando vio a su padre rodeado de soldados, que le increpaban, y a su madre, de rodillas, llorando, implorando a otro de esos hombres uniformados. Uno de esos hombres le señaló, y le agarraron por los hombros y lo llevaron casi en volandas hasta un corrillo donde estaban reunidos otros jóvenes del pueblo. Unos y otros se miraban con ojos asustados intentando comprender qué es lo que estaba pasando. Qué querían de ellos, porque los empujaban hacía los camiones y les obligaban a subirse a los remolques. Pero todos permanecían en silencio, incapaces de articular palabra, mínimamente conscientes de que cualquier acto de rebeldía podría complicar su situación. Los camiones arrancaron y el joven Vania pudo ver entre los pliegues del toldo que los cubría, a su padre gritando con el puño en alto y a su madre, aun de rodillas, llorando y dándose golpes en el pecho. Aún no lo sabía, pero Vania estaba siendo en esos momentos, reclutado para el glorioso ejército rojo, que necesitaba en esos días de todos los brazos rusos, en su lucha contra el fascismo.

Estuvo durante varios días, yendo y viniendo, junto con otros muchachos, de cuartel en cuartel y de campamento en campamento. En todos esos lugares, siempre las mismas arengas, siempre los mismos discursos, siempre los mismos improperios de los que apenas comprendía nada. Vania era sólo un granjero,  había pasado su corta vida trabajando en las tierras de la familia, ajeno al resto del mundo, ajeno a guerras mundiales o a planes quinquenales. Sus manos estaban curtidas para llevar azadones, rastrillos o palas, no para enarbolar banderas rojas o sostener un fusil. No sabía nada de lucha de clases, de juegos políticos, incluso desconocía el significado de nombres como Stalin, Hitler o Zukov. Recibió el joven Vania una somera instrucción militar: se le hizo formar durante horas con el resto de sus compañeros, se le obligó a arrastarse por el fango, se le vistió con un raído uniforme y se le dio, aun sin saber muy bien para qué servía ni cómo se usaba, un fusil. Así, en apenas una semana, sin pronunciar palabra, sin poder comunicarse con sus padres, asustado, con el alma encogida, el joven Vania pasó a formar parte del trigésimo cuarto regimiento de zapadores, de la décimo segunda división de infantería, que en breve partiría para tierras alemanas.

No fue, sin embargo, muy dura la guerra para Vania. Nunca llegó a disparar su fusil. Marchaban y marchaban, algunas veces montados en camiones, la mayoría de las ocasiones, pisoteando caminos embarrados: largas caminatas en las cuáles iba tomando una leve conciencia de en qué consistía eso de la guerra. Allá por donde pasaban, tierras baldías, agujereadas, asoladas. Al borde de los caminos, cientos de cuerpos en descomposición, animales y hombres formando un mismo amasijo, vehículos destrozados, árboles arrancados de raíz. Todo cubierto de ceniza, barro y sangre. Al llegar la noche, acampaban a las afueras de los pueblos, se emborrachaban alrededor de improvisadas hogueras y poco a poco se iban quedando dormidos, acurrucados en sus mantas y envueltos en los vapores del vodka. Algunos soldados, sin embargo, se escabullían del grupo y se encaminaban al pueblo. Desde allí, llegaban al rato, gritos de mujeres, estruendo de tiros y risotadas. Así fueron las primeras semanas del joven soldado Vania.

Dada su juventud, los soldados de su regimiento, le cogieron cariño, casi se podría decir que le trataban con cierto mimo. Intuían cuál era su procedencia, el trauma que debió suponerle el ser arrancado de forma tan drástica de su familia. Todos trataban a Vania con afecto, le daban parte de sus raciones, le hacían partícipe de sus fiestas nocturnas. Incluso en más de una ocasión, algún soldado de rostro encendido por el alcohol le invitaba a acompañarle en sus correrías por el pueblo. Pero siempre sacudía Vania la cabeza diciendo que no, se limitaba a permanecer en silencio, a dejarse llevar por unos y otros en sus jaranas alrededor de la hoguera, aunque sin alejarse mucho del corrillo.


Y así llegaron a Berlín. Casi sin darse cuenta, sin disparar un solo tiro, viendo de la guerra nada más que sus restos, llegando a los sitios sólo para certificar su rastro de calamidad y desolación. Esa noche, al igual que las anteriores, acamparon en uno de los barrios derruidos y pronto asomaron de los bolsillos de los abrigos y de los pliegues de las mantas las botellas de vodka. En esas horas, las canciones que sonaron más fuerte que nunca, había cierta euforia desatada que Vania no alcanzaba a comprender. Se mencionaba constantemente la palabra victoria. De todo ese barullo, Vania sólo entresacó que quizás muy pronto volvería a casa.

Por la mañana, poco a poco los soldados fueron surgiendo de sus petates: figuras torcidas, tambaleantes y quejumbrosas. Se fueron desperdigando por entre los montones de escombros, para orinar, vomitar o simplemente desperezarse. Alguien levantó a Vania de su camastro y le ordenó explorar un pequeño refugio que asomaba entre los restos de un edificio. Cuando se asomó a la puerta, se topó Vania con decenas de caras que se giraron hacía él y adquirieron un gesto expectante. Les empezó a gritar que saliesen de allí, que se dirigiesen hacía donde estaban acampados sus compañeros. Uno a uno, fueron saliendo por la puerta, en silencio, sumisos  y atentos a lo que Vania les indicaba. “¡¡Vaya, mirad lo que nuestro muchacho ha encontrado!!”. “Qué buena cacería has hecho, camarada”. “Por esto te van a dar una medalla, chico”. Bromeaban unos y otros al ver flanquear al muchacho esa imprevista comitiva de grises fantasmas.

El caos que se desató después, no sabría Vania muy bien cómo explicarlo. Cómo en breves segundos, los que habían sido durante semanas sus guías y compañeros de peregrinación, trasmutaron de soldados aturdidos en lobos sedientos de sangre. Se abalanzaron como fieras sobre las mujeres, recrearon nuevamente, sin saberlo, un miserable rapto de sabinas. Las agarraban por los hombros y las arrojaban al suelo, algunos las cogían en brazos o las arrastraban por los pelos tras los muros que había junto al refugio. Vania, en medio de ese repentino alud humano, simplemente se dejó llevar, empujado tanto por las carreras de sus camaradas, como por las mujeres que huían de ellos. Tardó unos segundos en salir de su aturdimiento inicial. Siendo un chiquillo como todavía era, no acababa de entender los motivos por los que se había desatado tan rápidamente ese histerismo. Echó a correr sin rumbo, buscando únicamente una salida entre el gentío. Pero en su carrera tropezó con alguien. Era una de las mujeres alemanas que huía. Cayó sobre ella, y esta le miró con ojos asustados. Vania no sabía que hacer, en un primer gesto, intentó enderezarse, desprenderse de la mujer, pedirle incluso perdón por su torpeza. Alguien, entonces, le palmeó la espalda y le gritó. “¡¡Venga Vania, demuestra a esa zorra que ya eres un hombre!!”. La mujer seguía mirando al chico con miedo, seguía agitándose bajo el cuerpo del muchacho pero poco a poco fue cediendo en su resistencia… Casi sin saber cómo, empujado por una inercia ancestral Vania se notó dentro de ella. Todo a su alrededor se difuminó en una espiral de voces y estallidos de luz. Aún así, entre tanta demencia, Vania pudo escuchar las voces de la mujer que le increpaban…"¡¡¡товарищ!!! ¿Qué estás haciendo? ¿Es esta la revolución que me traes?¿Eres tú quién ha venido a liberarme?". Durante unos segundos Vania surgió de entre la locura, pero volvió a dejarse caer, a ceder a las voces de su compañero que jaleaba sus embestidas, a entrar en esa mujer que se agitaba levemente debajo de él. No, Vania no sabía nada. No sabía lo que era la guerra, tampoco sabía lo que eran la libertad, y por supuesto, Vania, no sabía lo que era revolución…

Dedicado a todos los que leen este blog...

lunes, 21 de septiembre de 2009

Die Oktoberrevolution -- Великая Октябрьская социалистическая

Llegó la revolución casi sin darnos cuenta. Sin saber en qué momento exacto se apoderó de nuestra ciudad. A nuestro improvisado refugio sólo llegaba el cañoneo lejano, casi inofensivo, como los truenos de una tormenta lejana. Día a día el número de los refugiados que estábamos apiñados, apretados nuestros cuerpos contra los polvorientos muros de hormigón, iba en aumento. La mayoría de estos nuevos inquilinos eran soldados de nuestro ejército que se habían desposeído de sus armas y arrancado sus galones para intentar pasar desapercibidos. Pese al desmoronamiento general del frente, la traición aún se castigaba con la pena de muerte. Llegaban como sombras y se sentaban en los pocos sitios que aun quedaban libres. Por ellos sabíamos que el enemigo estaba muy cerca. Los rumores eran numerosos pero muy confusos. Unos hablaban de una pronta caída de la ciudad, otros sin embargo hablaban de una contraofensiva milagrosa que daría un vuelco a esta guerra. No había miedo entre nosotros. La sensación principal, que aplastaba nuestro espíritu como una losa, era la de hastío, la de agotamiento, la de desidia. Llevábamos semanas, quizás meses, hacinados en ese refugio, durmiendo unos sobre otros, alimentándonos únicamente de galletas y pan duro. Salíamos únicamente al exterior, y no todos se atrevían, para hacer nuestras necesidades. Algunos nunca regresaban.

Todos estábamos cansados de esta guerra tan larga, y se puede decir que la mayoría aguardaba con cierta esperanza la llegada del ejército invasor. Otros rumores hablaban de la benevolencia de los soldados del ejército enemigo. Además, y esto era quizás, lo que más excitaba nuestro ánimo, traían comida. Ingentes cantidades de latas de carne o verduras en conserva, que en nuestra imaginación desatada se tornaban en suculentos manjares. Aparte, esos mismos soldados nos traerían los milagros de su revolución. Venían de un país en el que era el pueblo quién mandaba. Venían de un paraíso terrenal en el que todo abundaba y todo era de todos. Ellos enterrarían el fascismo y nos cogerían de la mano para llevarnos a un mundo mejor, un mundo que ellos habían creado. Habían tardado casi treinta años pero por fin estaban aquí, a las puertas de nuestra ciudad.

El cañoneo se fue haciendo más próximo. Además, a este, se unieron los ruidos de las ráfagas de ametralladora, el tiroteo intermitente de los fusiles, los gritos de los que iban cayendo, el zumbido de los aviones. Estábamos atrapados en el ojo de un huracán. Apenas sin noticias, intentando adivinar los movimientos de las tropas simplemente por el ronroneo de sus vehículos. Y un buen día, de repente, cesaron todos los ruidos. Cuando este repentino silencio se fue haciendo hueco entre nosotros empezamos a mirarnos unos a otros estupefactos. Un ligero brillo fue surgiendo del fondo de nuestras pupilas. ¿Era ese silencio la primera señal del fin de la guerra?

Un cuerpo surgió entonces por el marco de la puerta. Era apenas un chiquillo, embutido en un enorme uniforme mugriento. Empezó a gritarnos algo en un idioma extraño, aunque por los gestos dedujimos que quería que saliésemos fuera del refugio. Ansiosos como estábamos por volver a ver la luz del sol obedecimos rápidamente sus órdenes. Nos colocaron en fila junto a la puerta, formábamos una curiosa caterva de fantasmas desaliñados, pero algunas nos permitimos esbozar una ligera sonrisa de agradecimiento. Frente a nosotros, un hatajo caótico de soldados nos miraba con una curiosidad idéntica a la nuestra. Nos colocaron frente a algo que no tenía nada que ver con el glorioso ejército rojo que esperábamos liberaría a Alemania del yugo nazi. Frente a nosotros, una masa de seres desarrapados, mugrientos, vestidos con uniformes raídos y portando viejos fusiles. Seres agotados, de hombros caídos, con la mirada encendida por el odio, la lascivia y la sed de venganza. Volvieron a gritarnos en ese idioma del que nada entendíamos. Nos separaron en grupos; a las mujeres nos dejaron frente a la puerta del refugio, formaron otro grupo con los hombres, y aun un tercero con los chiquillos y los ancianos. La mayor parte de los soldados empezaron a agruparse en torno nuestro. Y poco a poco el cerco se fue estrechando, comenzaron a tirarnos de los brazos, a intentar separarnos del corrillo de mujeres apiñadas y asustadas que formábamos. Al final estalló un caos enorme. Me di cuenta entonces de que esos soldados no nos traían nada parecido a la libertad. Aquello se parecía más a una cacería, y como otras mujeres empecé a correr. Pero no llegué muy lejos. Un par de hombres se me echaron encima, me arrastraron hasta una de las esquinas del refugio, me apoyaron contra la pared y empezaron a manosearme. Noté sus manos frenéticas tanteando todo mi cuerpo, desgarrando mis ropas, apretando mis pechos, arañando mi vientre, abriendo mis muslos. Escuchaba su risa nerviosa, cargada de odio y lujuria. Me tiraron al suelo. Cerré los ojos y le escupí a la cara al soldado que ya tenía sobre mí: ¡¡¡товарищ!!! ¿Qué estás haciendo? ¿Es esta la revolución que me traes?¿Eres tú quién ha venido a liberarme?. Durante unos segundos ambos atacantes se quedaron quietos, creo que sorprendidos por haber escuchado alguna palabra en su idioma, pero inmediatamente retomaron su embestida. Fui violada allí mismo, delante de las personas que durante semanas, habían esperado conmigo la llegada de estas tropas. El fin de la guerra, el principio de la revolución.

Dedicado a José Antonio Pérez Martín

viernes, 18 de septiembre de 2009

SI LO SÉ NO VENGO


San Petersburgo, 3 de noviembre de 1917




Mi querida Pepa,



Si lo sé no vengo. Hace un frío que te hiela hasta el pensamiento. La compañía está deseando actuar para quitarse este frío que nunca se te va aunque estés envuelto en mil abrigos.



Tengo el presentimiento desde que llegamos a este país que las cosas no van como debieran. Entiendo que el frío que reina aquí debe afectar al comportamiento de la gente y que decir tiene de una cultura que dista unos cuantos miles de kilómetros de la soleada Trebujena. A pesar del frío, hay mucha gente en las calles vociferando y enarbolando banderas rojas, será una manera de mantenerse caliente. Sea de día o de noche, puedes ver inmensas colas para comprar pan, según parece artículo de lujo por estas tierras, con el frío que hace no sé de donde sacan el trigo.

La palabra es FRÍO. No puedo pensar en otra cosa, frío. ¿Cómo pueden vivir aquí?

Aunque no te engañe mis palabras, a pesar del ambiente helado son gente jaranera y juerguista, anoche se llevaron tirando cohetes y gritando calle arriba, calle abajo. Al día siguiente la nieve estaba toda roja, se debieron hartar de vino tinto.



Llevamos varios días sin saber nada del traductor, y en el hotel no hacen más que entrar y salir gente con fusiles, creo que se está al caer la temporada de caza. No entiendo nada de lo que dicen pero cualquier cosa que dicen lo hacen gritando, quizás las bajas temperaturas los deje un poco sordo.



No podemos ensayar en el teatro que está tomado por los cazadores, supongo que será costumbre reunirse en un teatro antes de ir de caza.





(MAÑANA LA SEGUNDA HOJA DE LA CARTA)

lunes, 14 de septiembre de 2009

Good Bye


“La vida da tantas oportunidades como amaneceres, sin embargo cada una tiene que ser aprovechada como si fuera la última.



El camino sólo tiene una dirección, hacia delante.

Hoy empiezas a construirte, cimientos, paredes, tejado… hazlo con esmero y sin prisas.

Y recuerda que estás sólo en esta empresa…”



Así habló el anciano Zelic al joven Broz que, con una sonrisa forzada, le despidió desde la plataforma del tren en marcha.

La Revolución y Yo



Visto lo visto… os propondría un tema libre pero eso es hacer trampa. Así, a pesar de que el tiempo es escaso y a ciertas edades muy valioso, el tema de este duelo será: La Revolución y Yo. Narrad en primera persona la experiencia de vivir una revolución sin previo aviso. Si no tenéis ideas, os recomiendo la película Reds con Warren Beatty y Diane Keaton.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Stupidity seriously harms you and others around you (4ª parte)


El cuatro ha sido desde tiempos inmemoriales un número sin personalidad. Sin embargo diremos a su favor que, al cuarto día Javier se pudo levantar sin necesidad del líquido elemento, el espíritu del Camino había hecho mella en él y en su estómago…

Tras 112 km de caminos de cabras y andurriales, Elena no se le agotaba la cuerda peregrina por muy cansada que estuviese y las historias fantásticas eran enlazadas unas a otras por el mismo hilo conducto… el interminable camino. Fuera por la mala vida que llevaba o por la comida en los bares del recorrido, Javier sentía unos retortijones en la barriga que eran resueltos tras la primera mata de rastrojos más alta que un hombre en cuclillas. Ese día, su cara cambiaba de color pasando del verde limón al blanco nuclear dependiendo del retortijón, si era de salida inmediata o salida anticipada. Ante tal estado, uno de los gentiles peregrinos se apiadó de él dándole unas pastillas para cortar aquella cloaca andante, y con un “buen camino” se despidió sin volver la vista a atrás. Entonces, Javier empezó a pensar que el camino era el lugar ideal para un psicópata ,que haciéndose pasar por peregrino ,fuera repartiendo pastillas para cargarse a cagones como él... pero sus dilema se esfumó cuando un retortijón le hizo elegir morir por el psicópata o por sus cagaleras… Otra duda le asaltó, si lo último que recordaba era una timba, ¿dónde había conocido a Elena?...y ¿porqué la gente es tan amable aquí’? ¿cuándo desaparece la amabilidad cuando regresan a casa?...

Gracias a la lluvia, Elena calló durante un rato y Javier pudo reflexionar sin interferencias…pensó que quizás no le vendría mal estar haciendo el camino, quizás podría poner en orden su vida y quizás había algo de verdad en todo aquello… quizás…


Final del cuarto día: Llegada a Ponferrada. Vino del Bierzo con unos garbanzos y un buen filete de ternera. Javier deja oficialmente de quejarse, hará el Camino por voluntad propia, Elena está algo más calmada… Eso es¡ me ganó por un full de reyes y ases… que cabrona…

lunes, 24 de agosto de 2009

LOS MUNDOS DE ALICIA

Siempre fue Alicia una niña inquieta. Una niña de ojos grandes, oscuros y profundos con los que intentaba atrapar todo lo que le rodeaba. Una niña a la que muy pronto se le quedaba pequeño todo lo que le rodeaba: las paredes de su habitación, el patio del colegio, la ciudad gris en la que vivía…Así, en ese estado de constante curiosidad, siempre esperaba con ansia la llegada del verano, con sus inevitables visitas al pueblo de los abuelos. Durante el invierno, la ciudad en la que vivía le resultaba oscura, flemática, sin alicientes. Apenas tenía amigos la pequeña Alicia. Una vez de vuelta a casa, corría siempre que podía a refugiarse en su cuarto. Allí pasaba largas horas leyendo cuentos, tumbada en el suelo, a la luz de una vela, para darle a la habitación un aire más místico o siniestro, según lo requiriese su imaginación. Leía, releía y memorizaba con avidez todas las historias fabulosas que pasaban por sus manos. Se fijaba con mucha atención en las descripciones de los aposentos de los castillos, palacios o conventos que habitaban las heroínas desamparadas de esos cuentos. También quería aprender de memoria cómo eran los caminos que atravesaban, las islas desiertas a las que arribaban los príncipes, los príncipes, los caballeros y demás galanes aventureros que iban en busca de las mujeres que amaban. Era de especial importancia para ella no perderse ningún detalle, recordar todos los matices de los escenarios que iba descubriendo, sus colores, sus olores, los seres que los habitaban. Quería recrearlos con total fidelidad allá en los campos que rodeaban el pueblo de sus abuelos, en el cual no se topaba con las fronteras que existían en la ciudad.

El primer día de verano, se veía una risueña Alicia sentada en el umbral de su casa, sus ojos aún más abiertos, como queriendo escapar de los contornos de su rostro, atenta al nervioso trajín de sus padre y su madre cargando bártulos en el coche. Y aún no se había detenido este frente a la puerta de la casa de sus abuelos, y ya estaba Alicia saltando y corriendo veloz a abrazarse a las enaguas de la yaya Dolores. Era quizás ese su único y primario gesto cariñoso con ella, pues el resto de las semanas, al igual que en la ciudad, se tornaba Alicia una niña intranquila, huidiza y solitaria. Desde muy temprano se la veía corretear por los caminos y sembrados de los alrededores de la casa, mirando fijamente árboles, cerros, peñascos, adjudicándoles a unos y otros el rango de castillos, islas misteriosas o países imposibles. Se prestaba rápida a crear su mundo maravilloso, a acotarlo y a mantenerlo apartado de las mentes adultas.

Pero de todos los rincones que encontraba en la enorme casona de sus abuelos, o por las cercanías del pueblo, de entre todos esos andurriales que tan rápidamente se tornaban sobrenaturales, prefería Alicia ir a recorrer la acequia, que estaba en el rincón más apartado de la parcela, bordeando el huerto. Tenía que atravesar, para llegar a ella, un precario puente de maderas carcomidas, en el que, por supuesto, siempre se demoraba imaginándose emboscadas o carreras de cuadrigas, cualquier cosa… Un puente en el que también se pasaba largas horas sentada, los pies sumergidos en la corriente de agua, arrojando palillos y viendo como eran arrastrados canal abajo. Le gustaba, a la vivaracha Alicia, imaginarse un gigante, capaz de recorrer mundos con sólo dar un par de zancadas. Transmutaba la acequia de leve caudal a océano infinito, y se entretenía entonces dando saltos de uno lado al otro. Brinco a brinco, mundo a mundo, recorría varios centenares de metros, hasta que se agotaban sus piernecillas y emprendía el regreso al puente de madera. Fue en uno de esos viajes que resbaló y fue a dar Alicia, con su juego, al fondo de la acequia. No era esta muy grande, de hecho tenía la anchura exacta de su cuerpo, por lo que al caer, quedó encajada cual larga era entre los muretes de cemento. Pero no se asustó al verse atrapada de ese modo sino todo lo contrario, tras la sorpresa, abrió los ojos. Y lo que descubrió le pareció asombroso…

Tantas horas, tantos días, tantos veranos se había pasado la pequeña Alicia pendiente de sus juegos, siempre con la cabeza inclinada sobre sus libros, o vuelta sobre sí misma, ajena a casi todo, que nunca se había fijado en la enorme cúpula azul que se desplegaba ahora infinita sobre ella. Nunca había imaginado que el cielo gris de la ciudad, fuese el mismo que esa repentina e inmensa carpa azulada. Nunca pensó que el cielo pudiese ser un escenario propicio para sus cientos de juegos inventados. Sin embargo ahora estaba extasiada, ajena incluso al peligro que corría, pues poco a poco el caudal empezaba cubrirla, se iba desbordando, empapando sus ropas y cubriéndole la cara. Pronto le costaría respirar. Pero ninguna amenaza podía despertar a Alicia de su descubrimiento. Tumbada y aprisionada como estaba, solo podía girar cabeza. Miraba con avidez a un lado y otro intentando atrapar cuanto detalle se desplegaba ante sus ojos. Entre el desmedido azul descubrió Alicia nubes formando antojadizas formas cambiantes, que el viento poco a poco iba deshilachando, descubrió también las caligrafías nerviosas y fugaces que trazaban las golondrinas.

Pero se quebró ese instante asombroso por un grito, una llamada que desmoronó el cielo y le hizo volver repentinamente a la realidad. Por el estupor, le entró agua en al boca y se atragantó, tosió, y empezó a asustarse. A la vez, escuchaba las voces de su tía Amelia, que preocupada por la ausencia de la chiquilla empezó a llamarla. Las voces se escuchaban cada vez más cerca, hasta que vio Alicia aparecer la cabeza de Amelia por uno de los bordes de la acequia. Le sonrió la niña. Pero la tía no vio ese gesto, sólo vio a su sobrina atrapada en el fondo del canal, cada vez más cubierta de agua. Saltó rápida, se situó detrás de sus hombros, se inclinó y no sin cierto esfuerzo, logró desencajarla. La levantó por fin, la apretó en un fuerte abrazo contra su pecho. Alicia, mientras tanto, se dejaba hacer, y no entendía el porque de los lamentos ni el lagrimeo de su tía. Alicia, abrazada al cuello de su tía Amelia, miraba de reojo al cielo y sonreía recordando el paraíso que había descubierto de esa manera tan rocambolesca. Pensaba también en la rapidez con que dicho descubrimiento se había quebrado, rasgado por las voces de alarma. Se propuso entonces, aflojando un poco el abrazo a su tía, que desde ese mismo día se mantendría aún más alejada de los adultos, que seguiría evitándolos en todo lo posible, pues esa tarde de verano había confirmado la rapidez con que se esfuman los sueños, las fantasías, conforme ellos se acercan.

Dedicado a Alicia , que ahora es una gran mujer, empeñada todavía en soñar y mantener vivos esos sueños. (Y a Bad..., su ciudad gris)

Stupidity seriously harms you and others around you (3ª parte)


En la tradición cristiana al tercer día resucitó… pero en el caso de Javier, la chica necesitó esparcir un gran vaso de agua en la cara para volverlo a la vida… no podía levantarse de la litera.

Le dolía todos los huesos y al mirar el reloj varias veces, llegó a la conclusión que jamás había visto las manecillas en aquella posición, eran las seis de la mañana. Con movimientos torpes se vistió y cargó con la mochila menguante (iba tirando poco a poco cualquier cosa que pesara más de lo necesario). Tras un café de pucherete y una magdalena dura ablandada ahogándola en el brebaje blanquinegro, partió con Elena que era como se llamaba la chica a la que acompañaba, información obtenida tras escuchar como se lo decía al hospitalero de Roncesvalles.
La primera hora de camino no se suele hablar demasiado, la gente aún está medio dormida, pero una vez pasado ese trance empezó con la mística del camino y los templarios y los druidas…creo que se salvaron los extraterrestres de haber recorrido el itinerario de Santiago.

Otro elemento a considerar cuando se anda mucho son los pies. El callo del dedo gordo le daba de vez en cuando calambrazos para alumbrar tres relámpagos y las rozaduras ensangrentadas te invitaban a salir de aquel martirio a escape.

Pueblo tras pueblo, la venta de souvenir y carteles luminosos de bares y hostales improvisados, daban un aire a la versión terruñera de La Vegas, donde todo se vendía, donde todo se compraba…la mística del Camino tan sólo quedaba en las palabras de Elena…

Final del tercer día : Como Jumanji, la estampida de la mañana se reconocía en los atestados albergues públicos de la tarde que te colgaban el cartel de "Full"…curiosa palabra para un jugador de poker como Javier, aunque hubiera preferido "Lleno" para no ofender al turismo nacional, porque de eso se trataba… de turismo y divisas ¿No?

sábado, 22 de agosto de 2009

Stupidity seriously harms you and others around you (2ª parte)


La cabeza actúa como una campana cuando se tiene resaca. Cualquier sonido por muy pequeño que sea acaba multiplicado por mil, y la realidad se convierte en un concierto de AC/DC escuchado en primera línea junto al bafle principal. De la luz del día, ni hablo…

La cabeza le daba vueltas y aquella chica no paraba de hablar y de andar como si la persiguieran. Llegaron a un albergue de peregrinos para obtener la acreditación, no sabía que para andar se necesitase papeles como si fueras una moto. Es curioso pero el encargado de los albergues se le llama Hospitalero, sin la cerveza preceptiva, Javier dio por sentado que se debía a algo relacionado con la hospitalidad pero conforme pasaron los días entendió que su sentido estaba más cerca de la palabra Hospital. Rebaños de peregrinos colapsaban los albergues con los pies llenos de ampollas, tobillos hinchados y el aspecto de haber sido apaleados por una banda de hooligans . Además, el camino se convertía cada mañana en una carrera por ver quién salía antes y pillaba sitio en el siguiente, y la espiritualidad quedaba en manos de unos pocos…

Ante aquella perspectiva, Javier pensó largamente la posibilidad de abandonar en el primer recodo de un andurrial a esta chica tan simpática, que con tanto ímpetu recorría kilómetros y kilómetros sin perder la sonrisa. Sin embargo, estar sobrio lo volvió cobarde y sensible, no sé a que proporción pero que no se decidió a dejarla sola.
Final del primer día : Le dolía hasta pensar, había andado tanto como en toda su vida junta y el albergue sólo tenía agua fría para ducharse…unas literas de la segunda guerra mundial y todo un elenco de personajes alucinados impregnados del espíritu del Pablo Coelho.

Javier intentaba recordar que paso en aquella timba de poker…

jueves, 20 de agosto de 2009

Stupidity seriously harms you and others around you




Miraba la hoja del calendario sin dar crédito a lo que veía. Habían pasado diez años desde aquel Camino de Santiago, recorrido con una bronquitis y una piedra en su riñón que no se decidía a salir. Diez años y no era capaz de recordar que le había sucedido en todo ese tiempo. Amnesia decían los profesionales, estupidez sostenía él.

Todo sucedió como la vida misma, en una timba de poker con alcohol y una apuesta estúpida. Era 1999 el mundo estaba a punto de acabarse ( como siempre) y Javier por prescripción médica tenía que tomarse un vaso de vino por eso de la tensión…baja…o era alta?… sea como fuere el médico dijo algo sobre el alcohol y su tensión. Por falta de inteligencia o concentración, Javier resolvió que sus males serían curados con cualquier líquido alcohólico y en su destrozada mente se imaginó a su médico invitándole a unas copitas…” Javier, como médico tuyo te recomiendo mucho alcohol, salidas nocturnas y nada de esfuerzos mentales, tu salud está por encima de matrículas de honor…” Así, la Universidad se convirtió en su segunda casa, bueno la cafetería cuando aún se podía fumar y beber algo más fuerte que una coca cola. Amanecía en sofás desconocidos en casas que no eran la suya. Por la calle le saludaban de forma amistosa gente que no conocía pero que le felicitaban por la juerga de la noche anterior y le invitaban a unirse a la siguiente. De fiesta en fiesta, Javier obtuvo la Cátedra en Noctambulismo y Artes Golfas.
Una mañana se despertó en un autobús, miró a su alrededor y no reconocía el paisaje, bosques, ríos… Miró el asiento de al lado y una chica desconocida le sonrió : “Uh ¡ Javier, pensaba que no te ibas a despertar nunca. Estamos a punto de llegar a Roncesvalles, ah¡ gracias por acompañarme a hacer el camino de santiago, eres un sol...”.

Se miró e iba ataviado como uno de esos que de verdad hacen cosas como andar y subir montañas por gusto, y lo peor era que no recordaba quién la había vestido así.

- Un momento ¡ ¿ Y el minero donde encaja en esta historia?.

Eso digo yo.

P.D. : Pido disculpas por la improvisación del relato, pero si queréis puede tener continuidad…to be continued…

miércoles, 19 de agosto de 2009

RENOVADOS CÁNONES INQUISITORIALES DE ESTE BLOG LITERARIO.

Hola queridos lectores:

Poco a poco, los tres escribanos integrantes de este blog, cuyo número esperamos ir ampliando, queremos retomar nuestros juegos literarios para intentar amenizar y entretenerles, en todo lo posible. Han de saber, que por ahora, nuestra gracia con la pluma es escasa, e irrisorio el número de visitas que las musas han tenido el privilegio de otorgarnos, por eso, valoramos de sobremanera cualquier comentario o cualquier crítica, por gongoresca que sea. Sabiendo vuesas mercedes de nuestra escasa inspiración, nuestro gusto desmedido por la absenta y nuestros constantes tropiezos en los procelosos mares de las buenas letras, por favor, postrados les rogamos que sean dadivosos con sus comentarios y que de no dejen de criticar sobre cuanto cuento o vivencia narrada aquí lean. También les animamos a aportar nuevas ideas, o unir sus plumas a las nuestras en todos los duelos literarios semanales en los que prometemos batirnos.

Han de saber también que las normas con las que surgió este blog, normas pocas y establecidas todas en beneficio del divertimento, y la lujuria narrativa, siguen vigentes y no habemos encontrado motivo para cambiarlas o rectificarlas en lo más mínimo. Dichas normas para participar en los duelos literarios de este rincón son las siguientes:

A saber:

- Los cuentos no deben sobrepasar nunca la extensión de un folio, en A4, letra times new roman, a 12.
- Los temas sobre los que versarán serán elegidos alternativamente por los componentes de este selecto grupo de escribientes. Dichos temas pueden ser muy variados, desde una palabra, una frase a una imagen. Lo que al retador en ese momento buenamente le plazca.
- La fecha de entrega de los cuentos propuestos no debe nunca sobrepasar la semana cristiana de siete días.
- Pueden participar en dichos duelos a cuántas personas le plazca, siempre que se atengan a estas tres sencillas reglas.
- En caso de no cumplir dichas reglas, contamos con el beneplácito inquisitorial para ejercer el castigo que creamos conveniente.



Por ahora, han de saber que los integrantes de este nefasto grupo de trovadores somos: la casquivana damisela cristiana, natural de la ciudad de Albacete, señorita Carneiro, el ilustre judío sefardí Xavier, que lustra con sus bigotes la muy no tan noble villa sevillana de Utrera, y el muy venido a menos, musulmán converso, rapiñero de las letras, Ibn Quzmán, huido de la hermosa ciudad de Granada.









Los componentes del blog en plena velada literaria.


Como ya ha quedado dicho, esperamos que pronto, demuestres tu osadía, oh venerado lector, por escasa, y decidas aunar hombros con este grupejo de villanos literarios.

Un cordial saludo, en el año del señor MMIX.

martes, 18 de agosto de 2009

SAN JUAN, BOLIVIA, 1967

"Tengo que salir de aquí” – piensa Edmundo. Afuera, mientras tanto continúa la balacera. Varias decenas de uniformados se han apostado en lo alto de las lomas del cerro de San Miguel y desde allí disparan indiscriminadamente contra los barracones o contra las sombras que corretean entre las fogatas. Nadie sabe porqué. Llegaron montados en recuas de mulas, emboscados por la oscuridad, por los caminos de La Salvadora , de Río Seco, y de Canañiri, y están poniendo todo su empeño en transformar la noche en una lluvia de fuego.
Pero Edmundo, acodado en la barra de una improvisada taberna, y con un vaso de chicha frente a los labios, permanece absorto a sus pensamientos. “Pero cómo abandonar este basurero, si no tengo dinero ni para pagarme la botella que me estoy bebiendo”. Piensa, mientras, a su alrededor, las tablas de la cantina no dejan de saltar en astillas allí donde son atravesadas por alguna bala. Algunos impactos dan sobre la barra, cerca de donde se halla sentado Edmundo. Estallan botellas con estruendo, se desmoronan un par de sillas, pero nada de esto hace mella en la concentración de Edmundo. Detrás de la barra o bajo las mesas, algunos de sus compañeros han improvisado parapetos en los que intentan guarecerse del aguacero de plomo que cae sobre ellos. "Edmundo, compadre, agáchate que te van a quebrar los milicos". Pero él continúa con su trajín metafísico, particular, sintiendo como la chicha enardece sus recuerdos y su resentimiento. “Esto es una mierda, nunca debía salir del pueblo para venirme a trabajar a la mina, ¿qué carajo hago aquí?”.

Edmundo, patizambo de piel tostada, bajo un poncho raído, su mono de minero comido por el polvo, prendas ambas que apenas le protegen del frío, lleva horas torcido sobre la barra. La chicha que engulle a tragos largos tampoco logra calentarle esta noche las entrañas, y alejarle de paso los malos barruntos. Tuerce el vaso y deja caer parte de su contenido amarillento sobre el suelo. Es su tributo a la pachamama, la madre tierra que lleva años horadando con sus manos. “Toma guarrona, ojalá revientes de una vez, ojalá te atragantes con las riquezas que nos niegas”. Junto a él, junto a miles de bolivianos, llegaron a las minas cientos de rusos, de yugoslavos, de judíos, de alemanes, todos atraídos por las promesas de unas ganancias rápidas, de unas riquezas que han resultado estar mucho más profundas de lo que el hombre puede alcanzar. Son esos compañeros engañados, soliviantados por el trabajo duro y los sueldos de hambre, los que ahora están siendo abatidos por los rifles del ejército, fusilados en la plaza del poblado, abatidos por la sorpresa en forma de bala en sus propias camas, o abrazados a una botella, acurrucados alrededor de las hogueras.

Pero de ese infierno desatado sobre el poblado sigue sin darse cuenta Edmundo, tal es el tamaño de la amargura que le abruma. Sigue arqueado sobre su taburete, aferrado una de las manos a la botella de chicha, la otra al vaso. Un vaso que no deja de llenar y llevarse a la boca. Sólo cuando se acaba la botella y busca con la mirada al cantinero para pedirle otra, empieza a notar que algo raro está ocurriendo. "¿Dónde diablos te has metido? Quiero otra botella. Hoy toca refriega dura con el alma". Se da cuenta entonces de que en su vaso vacío algo está girando, parece una canica, o quizás un trozo de hielo oscuro. Pero no, es una bala de plomo, un trozo deformado que ha salido rebotado y ha ido a caer en su vaso. Piensa que es una señal, una hoja caída que anuncia la llegada del otoño, la hora de tomar el camino de vuelta a su casa… “Sí, debo irme de este maldito lugar”… Es entonces cuando le vencen los vapores etílicos de la bebida y Edmundo se deja caer sobre la barra.
Será por la mañana, cuando Edmundo despierte y se tope con su resaca y con los restos de la matanza, cuando se entere de todo lo ocurrido, y también, cuando le abata la certeza de que nunca podrá abandonar esa mina, que está encerrado en ella para siempre, y que como otros muchos, se pudrirán sus huesos en las profundidades de esos cerros…
---------------------------------------------------------------------------------
[...] René Barrientos Ortuño, además de la masacre minera, fue el responsable directo del asesinato, encarcelamiento, tortura y desaparición de varios opositores a su gobierno, hasta el día en que murió calcinado en el mismo helicóptero que le obsequiaron sus aliados del norte. No obstante, a pesar de los múltiples testimonios de esta sombría historia, todavía hay quienes exaltan su “patriotismo” y le llaman “el general del pueblo”; cuando en realidad no era más que un simple general golpista, un aviador entrenado en Estados Unidos y un servil lacayo del imperialismo, que supo aprovechar su mandato presidencial para saquear los recursos naturales en medio de un país que se desangraba en la miseria y lloraba a sus muertos bajo la bota militar. (Víctor Montoya, "La masacre de San Juan". Publicado en BolPress, el periódico online de La Paz (Bolivia), el 19 de junio de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 53 el 20 de junio de 2007. )



martes, 11 de agosto de 2009

رفض (Un cuento sin usar la letra “o”).

Aba Abd ar-Rahman Azzam Ali ibn Nusayr ibn Abd ar-Rahman Zayd al-Lajmi, a la cual llamaré, (desde este instante y hasta el final de esta fábula para más ventaja y deleite de leyentes y escuchantes), simplemente Azzam Ali. Azzam Ali, más niña que mujer, suspicaz de su pareja, de sus parientes y de su suegra, aunque también fémina cava, casquivana, ligera y huidiza de Alá, une a sus matutinas ansiedades esta madrugada, la de las turbas que empiezan a inundar calles y mezquitas, hammanes y bazares. Granada, musulmana desde hace setenta décadas, y ayer aún sarracena, amanece sin su media luna, caída ésta, increpada y derribada; en su lugar una cruz rumí se levanta: que será Granada desde este día y para siempre, recuperada, hispana y cristiana.


¡¡Qué Alá se apiade de sus creyentes!!. ¡¡Atraviesan las puertas, asaltan las murallas huestes bautizadas. Ceden las atalayas ante el empuje de la desgracia !! La advertencia inunda, cual riada de lágrimas, las calles de la ciudad. Acurrucada, huérfana a las faldas de su Alhambra, que era hasta hace unas lunas, alcazaba altanera y fiada. Desde el Genil sube hasta el Albaycín bruma y andanada de injurias, sacudida de cancelas, quiebra de ventanas, retintines firmes de celadas y armaduras. Cabalgaduras y catervas de militares infieles dejan tras de sí tupidas hileras de islamitas que se ahuyentan de sus casas, de sus viviendas agarenas.

Azzam Ali, perdida, asustada, atrapada, se sabe incapaz esta mañana de llegar entre tan repentina algarabía a su carmen. Deja pues que la muchedumbre la arrastre, desea que entre tanta gente, Alá, esa deidad de la que a veces descree, haga transmutar su materia de gallarda puta a vara de mimbre. Aire anhela ser Azzam, tal vez ser el agua de una acequia que la lleve rápida a las afueras de Granada. Su fragilidad, su ligereza de caña, su mirada extraviada en nada pueden enfrentarse a tan multitudinaria huída, y decide virar su peregrinaje hasta la casa de su padre, palacete que se ubica en el arrabal: sus paredes y ventanas más alejadas de este inevitable desfile de penas y penitencias.

Su padre ya está en la puerta. Intuía la llegada de su hija, y sale a esperarla fuera. Caída entre las callejuelas su piel de ramera, la figura que aparece ante Yussuf vuelve a tener talante y maneras de niña y de hija, también de fruta y esperanza. Que Azzam es para Yussuf cada mañana, la primera de sus alegrías, de esas mismas mañanas que al padre le traen nuevas albas, y a la hija, nuevas idas y venidas entre la negrura de estancias y pasajes.

Se abrazan sin decirse nada, empapan de lágrimas sus mejillas y espaldas y funden sus túnicas en un ir y venir de muecas, en una rueda de ademanes, en un descubrir y desmigar las almas entre las esquinas y curvas de sus vestimentas.

- ¿Qué demencia flagela la ciudad, padre? ¿Cuál es la causa de tanta tristeza?


- Apenas sé que decirte, querida niña.- gime el padre.


- ¿Y qué le pasará a nuestra casa?


- La mula es muy pequeña, hija mía. Sus talegas estrechas para guardar en ellas nuestras paredes y sus filigranas de arcilla. Nuestra casa debe quedarse aquí, hija del alma..

- Y dime padre, y que Alá te tenga entre sus palmas. ¿Restablecerá Granada algún día su fe musulmana?

La respuesta, ya se sabe: رفض. Fue siempre la misma respuesta esa mañana y será siempre la misma pasadas las centurias, hasta llegar a mis días. Fue la misma a cada suplica de la hija: رفض. Para acabar esta quimera diré que tendrán las últimas plegarias de Azzam silueta de arena, y regará su estirpe las arenas del Sáhara. Su padre Yussuf, tendrá más suerte: fallecerá antes en la ciudad ya bautizada cristianamente Almuñecar.


Advertencia: Has de saber, si ya estás en el final de esta fábula, que esta leyenda está escrita sin usar en ninguna de sus partes, ni en sus palabras ni en sus frases, esa letra, que es cuarta, situada después de la i y antes de la u. Aunque admite Julián María Guzmán Tapia, pequeña trampa y licencia, pues رفض en árabe significa no, y ahí, esa letra, es inevitable.

lunes, 10 de agosto de 2009

EL VIAJE MÁS EXTRAORDINARIO

Esto me ocurrió hace un par de días. Estaba limpiando la cocina cuando llamaron al timbre de casa. Al abrir la puerta me encontré frente a mí a una viejecita pequeña, encorvada, de rostro arrugado, vestida con hábitos de monja. Sin darme tiempo a preguntarle qué es lo que deseaba, fue ella la primera que habló. “Buenos días, joven. ¿podría pedirle un favor”. La estudié con rapidez, buscando en sus manos o entre los pliegues de su ropaje, algún libro o alguna otra cosa. Supuse que vendría a venderme una biblia o algo por el estilo. “Hola, ¿qué es lo que desea?”.Será sólo un momento. ¿Podría pasar a su salón?” No supe muy bien qué responderle. Su petición me resultó un tanto extraña, me desconcertó también su tono seguro y confiado. Ante una anciana así no sé muy bien cómo comportarme. Cuál es el gesto exacto que debo adquirir para no resultar maleducado o brusco. Frente a ese rostro ajado y esa mirada expectante se desvaneció rápido cualquier excusa. “Mire señora, ando mal de tiempo…” La vieja pareció intuir la causa de mi recelo e insistió. “Será solo un momento. No vengo a venderle nada ni soltarle ningún sermón. Sólo deseo asomarme un momento a su balcón”. Ante esa insistencia no supe muy bien que decirle. Así que abrí más la puerta al tiempo que me apartaba para dejarla pasar. “Gracias joven, será solo un momento” Murmuró sin mirarme, mientras se adentraba en la casa. Me coloqué detrás de ella, mirando por encima de sus hombros, intentando adivinar algún gesto que me hiciese comprender qué estaba pasando. “El salón está al final del pasillo”. Le dije, aunque no parecía hacerme mucho caso. Avanzó con el cuello rígido, la cabeza agachada, oculta bajo la capucha de su traje, con pasos pausados pero decididos. Alcé mi mano por encima de su cuerpo minúsculo y empujé la puerta del salón. Ella continuó su lento tránsito y yo me quedé parado, apoyado en el quicio, unos metros por detrás. Observé como llegó hasta el balcón y se quedó allí quieta, apoyándose en la barandilla. No hizo ningún gesto, simplemente torció un poco más su ya giboso cuerpecito y miró hacía la calle. “¿Quiere que le traiga una silla?”. Pero continuó ausente, torcida, mirando hacía el exterior en silencio. Permanecí unos minutos callado, observando la escena hasta que me aburrí y decidí retomar lo que estaba haciendo en la cocina. La anciana no parecía que fuese una amenaza, así que decidí dejarla sola. Volvía de vez en cuando, quedándome siempre en la entrada del salón, la anciana estaba siempre en la misma posición, con el mismo gesto petrificado, las manos apretadas a la barandilla y el rostro inclinado hacía fuera. Decidí por fin situarme a su lado, traía una cerveza del frigorífico, además había encendido un cigarro. Me di cuenta entonces que lo qué observaba con tanta atención era el convento que había justo frente a mi piso, al otro lado de la calle. Comprobé además, que la monja estaba llorando. Un llanto callado, casi imperceptible que se escurría por su rostro plagado de arrugas. “¿Le pasa a usted algo? ¿Se encuentra mal?” “No, no joven, estoy muy bien. Lloro, pero es de emoción.” Dijo esto sin volverse hacía mi, la mirada siempre clavada en el claustro del convento. Un edificio que yo mismo había estudiado muchas veces, siempre que salía al balcón a tomarme el café o echarme un cigarro. Es una construcción agradable, coqueta, añeja, que más de una vez me he planteado visitar. “¿Es bonito, verdad? Paso buenos ratos en este balcón echándole un vistazo” Adopté una postura idéntica a la de ella, apoyado en la barandilla metálica, con el rostro inclinado, dándole intermitentes caladas al cigarro o echando un trago a la lata de cerveza. “Yo vivo, ahí, ¿sabe?”. Esta confidencia me pilló desprevenido. No sabía que el convento fuese de clausura. De hecho nunca me había parecido ver a nadie andando por el patio del claustro. Creía incluso que el edificio estaba abandonado, o en desuso. “Y esta es la primera vez que he salido de él”. “Vaya, ¿en serio? Me parece increíble”. “Llevo mucho tiempo viendo este balcón y siempre he querido subir hasta aquí para ver el convento desde fuera”. “Pues nada, puede venir a mi casa cuando lo desee. ¿De verdad nunca ha salido del convento. Ni siquiera para ir al médico o visitar a su familia?”. “Me dejaron en la puerta cuando era un bebé. Mi familia es desde entonces las hermanas que vivimos en el convento, siempre me han atendido muy bien. Y siempre he sido muy feliz” . Esa revelación precipitada hizo vibrar mis sentidos. Noté como me invadía cierta ternura, como se sobrecogía mi estómago y que empezaba a estudiar el convento con más detenimiento, como queriendo encontrar la confirmación a sus palabras en las columnas del patio o en los cipreses que bordeaban el edificio. “Ya va siendo hora de que regrese. No quiero que se preocupen por mí.” “No es molestia, puede estar aquí todo el tiempo que quiera. Yo no tengo nada que hacer”. “Gracias joven, ya he visto lo que deseaba. Estoy muy emocionada”. La viejecita se giró con lentitud y comenzó su lento peregrinaje hasta la salida. Yo, de nuevo detrás de ella, como en procesión, acoplé mi ritmo a sus cortos pasos, a su andar cansino. Otra vez en la puerta, volví a abrírsela para que pudiera salir. Vi cómo se marchaba, parsimoniosamente, casi sin levantar los pies del suelo, siempre con la espalda encorvada, oculta bajo la gruesa tela marrón. Sólo se volvió hacía mí cuando llegó a la puerta ascensor. “Todos deberíamos tener este privilegio antes de morir”. “No le entiendo, ¿qué privilegio?, ¿qué es lo que quiere decir?".Todos deberíamos poder echarle un último vistazo al mundo que hemos habitado antes de dejar esta vida. Hacer así balance de nuestros actos, de las obras que dejamos tras nosotros. No sabe usted lo feliz que me ha hecho dejándome asomar a su balcón.” Justo en ese momento llegó el ascensor a la planta. Y la monja desapareció ante mí, con la misma sorpresa con la que había venido.

viernes, 31 de julio de 2009

COMIENZA LA SEGUNDA TEMPORADA...


A nuestros excelentísimos lectores:
Tras diversas empresas y peregrinajes que nos han mantenido ocupados con desigual fortuna gran parte de estos últimos tiempos, regresamos para deleite de nuestros leyentes y escuchantes, prestas nuestras plumas y henchida nuestra verborrea con fántasticos y diabólicos vocablos traídos de allende esas tierras que han sido testigos de nuestros pasos.

Se hace saber también que los comentarios en este lugar con muy apreciados. No se alimenta el literato sólo de aire.

Para empezar, esta semana, el duelo versará sobre las cuatro palabras siguientes:

hoja, minero, camino y vaso.

Caballeros, ya saben las normas:

Licencia únicamente para siete días.

Una hoja (tasada en dos maravedíes).

Y toda la inventiva posible...



SUERTE Y HACED SANGRAD VUESTRAS PLUMAS.



miércoles, 29 de julio de 2009

AFTER THE STORM

“Para un mundo sin esperanza hasta el más inútil puede ser el Mesías” Goran Zelic


(Escena 1ª)
Jean Claude miraba la escena como un observador más pero sin la perplejidad de los viandantes. Aún se escuchaban los silbidos del vapor escapándose por las válvulas de aquella locomotora, retorcida y empotrada en el consistorio de Sarajevo. Al final de la avenida, un convoy de vagones huérfanos de tracción se acercaba lentamente con el dulce rumor del metal sobre los raíles.

Dufré sentado entre los escombros tenía una mirada cómplice pero denotaba un cansancio extremo. En la cara, aún ennegrecida por el carbón, brillaba una sonrisa de victoria. A lo lejos, un destartalado Renault 4 blindado con chapas de acero pintado con una rústica cruz roja, se acercaba a toda velocidad sorteando contenedores de basuras colocados a modo de improvisadas barricadas. Frenó, derrapando 180 grados. De aquel engendro de vehículo, salieron a su manera, Zoran y Popovic ayudados con sus respectivos bastones y quejidos reumáticos… lo habían conseguido.

(Escena 2ª)

Zoran y Popovic, con movimientos reumáticos pero con la determinación de la honestidad, recogían cualquier cosa que pudiera ser quemada en la caldera. Jean-Claude ,que desolado los miraba con la impotencia de la derrota, se quitó el pañuelo del cuello y se tapó la cara en un gesto de rendición... mientras Dufré, con las manos cerradas miraba al cielo dándose pequeños golpes en la cabeza...
Un pequeño rumor fue tomando forma, de la abstracción sonora pasó a distinguirse notas musicales con cierta coherencia rítmica...y como todo milagro humano fueron trombones, trompetas, violines, acordeones quienes al son de una peculiar versión de la novena sinfonía de Beethoven, acompañaron a Baudelaire, Mark Twain, Miguel de Cervantes, Karl Marx, Camus, Kafka, Seneca, John Steinbeck, Aristoteles hasta La Benevolencija Express... Jamás en la Historia Universal, una biblioteca salvó tantas vidas con su combustión... ahora John Steinbeck sería recordado por los habitantes de Sarajevo por la insulina de Svetlana o Cervantes por la penicilina de Marko...
(Escena 3ª)
La guerra puede volver al cobarde en héroe, al inteligente en necio y así hasta el aburrimiento.
-Dijo el bibliotecario Goran Zelic : “Vosotros os escandalizáis de mi propuesta?... es demasiado tarde para eso... cuando vuestro nuevos líderes salieron con megáfonos a la calle con argumentos estúpidos, nadie de los presentes les replicó, cuando empezó la locura nadie se acordó de estos grandes autores, donde estaba vuestro conocimiento de los libros sagrados para consentir el odio y la muerte...Quién se acordó de Camus, cuando el ángel de la peste os contaminó. Ahora por cada libro que se queme en esa caldera, una vida será salvada, no con palabras ahogadas en tinta sino con el sentido humano de quienes las escribieron.
Si con la lectura de ellos no pudisteis oponeros a esta barbarie dejad que ellos lo hagan por vosotros. Silencio...
(Escena 4ª)
A sus setenta años, Popovic y Zoran jamás hubieran imaginado que la artritis y la diabetes fueran impedimentos para hacer el trabajo de sus vidas. Ferroviarios adscritos al sindicato desde sus orígenes, estos dos convencidos de los ideales de Tito estaban en una alcantarilla esperando saltar por los aires un cruce de vías. Talento aprendido en su época partisana, ahora luchaban por una causa algo más surrealista, introducir un tren cargado de medicamentos en pleno corazón de Sarajevo y de paso un poco de dignidad. Algunos piensan que quienes han sufrido la calamitosa experiencia de la guerra se encuentran mejor preparados para soportar otra y eso, créanme, no es cierto... el dolor no inmuniza contra la tragedia... La llamada para esta última acción les llegó como las cosas importante de la vida, de repente y sin preaviso
(Escena 5ª)

domingo, 19 de julio de 2009

GORAN ZELIC SOMOS TODOS



Miraba a través de la roñosa persiana sin dejarse ver. Contaba una y otra vez, perdiendo el número que le tranquilizara, pero era imposible. La plaza se había convertido en una marea humana de color verde, y hasta donde la vista alcanzaba el rumor esmeralda le producía un dolor cada vez más intenso en su pecho.

Al unísono, miles de voces proclamaban aquello de “Goran Zelic somos todos”… y el dolor fue bajando hacia el brazo izquierdo…

-NO ¡ , he dicho que NO¡. De aquí sólo podrá salir con los pies por delante- …“Goran Zelic somos todos”…

Los pasillos eran un trasiego de individuos con pánico, quemando papeles en improvisadas chimeneas con manos temblorosas. Mientras, en un rincón de la gran sala de reuniones, un hombre de mediana edad de barbas exuberante, negras como el carbón, miraba con la tranquilidad que sólo otorga la certeza de la muerte. Junto a él, un par de seres adiestrados en el viejo arte de la tortura y el asesinato, de cabezas afeitadas y chaquetas de cuero negro , temblaban como colegialas en días de exámenes… El barbudo los miraba sin gesto alguno, como quién observa una mata de tomates…Goran Zelic no era un gran orador, no tenía dotes diplomáticas, jamás se propuso generar todo aquello… ni siquiera se llamaba Goran Zelic…

SI OS INTERESA, PROSIGO.


El pánico se apoderó de él. Con una mano se agarraba al pecho, con la otra llamaba a uno de sus subordinados.
- Sacad a Zelic a balcón, que tranquilice a la masa, sino…
- Sino ¿qué, señor?
- No sé, asustarlo con cualquier cosa.
- Señor… es Goran Zelic, ¿Qué le voy a contar?
- ¡ Sacadlooo¡
A empujones, fue sacado al balcón cerrando las puertas y , a través del cristal, observaron la reacción de la gente congregada. De repente se hizo el silencio absoluto…

Zelic con la mirada perdida alzó la cabeza, cerró los ojos. Estaba cansado, por su mente pasaban miles de pensamientos…Abrió los ojos, dirigió su mirada a la miles de personas que guardaban en silencio… Levantó la mano abierta… el pueblo iba a romper a vitorearle cuando…cerró el puño, se giró y dio tal puñetazo en la puerta del balcón que el sonido de los cristales rotos sonó como el tañir de una campana. Inmediatamente un grito tribal de miles de voces ensordecedoras explotó en una avalancha hacia las puertas del edificio…el resto es historia…After the Storm


viernes, 17 de julio de 2009

COSMOS

Hace años existían dos teorías sobre el cosmos. Una sostenía que se expandía, la otra que se contraía. Después de eso dejé de leer y no sé como acabó todo…

Estos meses estuve pensando sobre el sentido de la vida, si la vida, la importante, la de cada uno… y me vino a la mente el Cosmos…

La existencia humana viene a ser como un planeta que se circunscribe dentro de un sistema de más planetas, orbita alrededor de un sol, mientras tanto el Cosmos se expande y te vas alejando poco a poco del resto.

Si tu Sol se enfría, tú te congelas. Si por el contrario brilla demasiado, te chamuscas.

Pero esto no va de Astronomía…

Pasan los años y pasan los planetas. Dejas de orbitar en la misma galaxia y todos tus viejos planetas dejan de ser compañeros de viaje a través del espacio… Al final acabas por girar sobre tu mismo eje, los demás cambiaron el suyo hace tiempo.

Al menos queda la esperanza… el Universo está lleno de estrellas por descubrir.

Pero esto no iba de Astronomía…

El viaje ha comenzado…

viernes, 10 de julio de 2009

LOS PUENTES DE CALATRAVA





No, los puentes de Calatrava no son los puentes de Madison. De hecho, son la beatificación de una pieza de ingeniería a figura celestial… Calatrava es una fábrica de hacer santos…visto uno, vistos todos…

Si vais por Sevilla te encuentras un “San Antonio” que se llama Puente del Alamillo. Cuando sales de la estación de autobuses de Jerusalem (tras 100.000 controles) te encuentras el mismo, algo torcido pero es otro “San Antonio”. Bueno, en fin, sea cual sea la ciudad que visitéis que tenga un “Santo” de Calatrava, jamás las asociareis con sus puentes, porque un martillo es siempre un martillo.

Aclarado esto sobre los puentes de Calatrava, viene el relato.

A penas contaba siete años y una tarde de verano se fue, no sin dolor que la vida se paga…aunque tengas siete años… Se hizo el silencio… tanto que incluso no hubo preguntas que hacerse… cada vez me gusta menos el verano…

Amanece, desde uno de los ventanales se divisa un Martillo de Calatrava, perfecto para no pensar en nada, el arpa no suena, está inmóvil mientras el sol anaranjado de la mañana lo maquilla, blanco como la nada, mudo como la eternidad.

Pienso en Perec, en Vian , en Tabarly… en todos aquellos que siguen conversando en esa eternidad que sólo debería acceder quienes ya vivieron los suficiente para tener algo que decir … toda una eternidad…

El sol ha salido completamente y sus rayos devoran el blanquecino martillo con cuerdas… ya no es un arpa, la luz desvela el engaño… es verano…

Miradas perdidas, pensamientos congelados.

Busco la botella de Ouzo, alzo la copa y celebro el maravilloso acto de la VIDA.