Mostrando entradas con la etiqueta Génesis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Génesis. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de mayo de 2010

GÉNESIS (última parte)

No sé que me sorprende más, si esa repentina intromisión, o que ella sepa mi nombre. No recuerdo haberme presentado en ningún momento de la conversación.

- Espero que hayas disfrutado con el espectáculo, jefe.- le digo al viejo

- Los he visto mejores.

- Y seguro que más largos...¿Qué es lo qué quieres? - Eva responde tranquila.

- Lo sabes de sobra.

- ¿Y para pedirme eso has tenido que traer a este?

- Sentía curiosidad porque volvieseis a veros.

- ¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Qué cojones es todo esto? – pregunto, aún con los pantalones por los tobillos.

- Quiero que me devuelvas lo que me robaste. Sólo eso. Después no os molestaré más.

Ninguno de los dos parece percatarse ya de mi presencia. Me visto como puedo y me gustaría escabullirme de esta escena que cada vez me resulta más absurda e incomprensible. Eva se levanta, pasea su cuerpo desnudo por la habitación y se dirige a un pequeño mueble que está medio escondido entre un montón de ropa. Lo abre y saca algo de su interior. Entonces se dirige hacía el viejo. En la mano, ahora puedo verlo con claridad, lleva una manzana. Una jodida y simple manzana

- Toma, pero no quiero volver a verte. Y a este pingajo tampoco. – esto último, por supuesto, lo dice señalándome a mí.

- ¿Me dirás alguna vez porqué lo hiciste? Te lo di todo, os lo di todo. Sólo te pedí que nunca cogieses esa manzana de mi jardín. Acaso era algo tan difícil de cumplir.

- Vete a saber porqué lo hice. Eso ya no importa. Ahora márchate, por favor.

Por primera vez en todos estos encuentros veo al viejo ponerse nervioso. Parece dudar si coger la manzana o dar media vuelta y salir corriendo. Al final acerca su mano a la de Eva, que desde hace unos segundos la ha tenido alzada frente a su cara y se apodera de la fruta. Su mirada esta cargada creo que de pena, quizás también de ira y algo de desprecio. Me mira también a mí pero yo ya no sé que pensar. Por fin, gira sobre sus talones y se aleja a lo largo del pasillo. Eva se vuelve entonces hacía mí, el gesto serio, los ojos encendidos.

- Y tu qué, gilipollas, ¿sigues sin enterarte absolutamente de nada?

Pues sí, realmente no me he pillado de la misa ni la mitad, sólo caigo en la cuenta de que al largarse el viejo se esfuman también todos esos sobres cargados de pasta: tendré que volver sudar, retomar el pateo de las calles, para costearme le papeo diario. Jodía Eva ¿Todo este follón por guindar una puta manzana?


FIN DE
"GÉNESIS"
(gracias a todos que habéis llegado hasta aquí)

martes, 18 de mayo de 2010

GÉNESIS (Penúltima parte)

- ¿Has venido a traerme flores?

- No, sólo a invitarte a una copa. – entro por fin y suelto uno de los vasos en el tocador, frente a ella.

- No bebo, cariño, pero gracias por el detalle. Otros van más al grano. No se andan con disimulo.

- Tranquila, no soy de esos. Sólo quiero charlar un rato.

- ¿Tranquila? No soy yo a quien le tiemblan las manos. Pareces buen chico.

- Afuera hace un poco de frío. No tengo ninguna culebra con la que abrigarme – por cierto, me pregunto dónde habrá dejado al bicho. Casi prefiero no saberlo.

- Además eres gracioso. A lo mejor acabo tomándome un trago contigo. Pero no podré quedarme mucho tiempo.

- Sé buena, dale un poco de cháchara a este nuevo admirador.

- Creo que por hoy ya has tenido suficiente ¿no? ¿Por qué no te sentaste más cerca? ¿Acaso me tienes miedo?

- ¿Quieres que te diga la verdad?

- Sorpréndeme…

- No es miedo, rubia, tu cuerpo, produce vértigo.

- Vaya, que tierno, el niño se me marea si se levanta de la silla.

- Y podría resbalar entre tanta baba.

- Atajo de perdedores. – esto último suena como una lejana letanía.

- ¿Qué hace una mujer como tú…

- … en un sitio cómo este? Creo qué tú deberías saberlo mejor que nadie.

Eva, Eva, Eva. ¿Quién cojones eres? Casi sin darme cuenta me sitúo detrás de ella. Tiro mi vaso a un rincón. Deslizo una mano por su espalda. Con la otra le agarro uno de los pechos. Comienzo a besarle el cuello. Ella se deja hacer. Echa su cabeza hacia atrás para acomodar mejor mis labios. Mis manos se enredan ahora en su larga melena. Creo que suspira. Se gira y busca ansiosa mi boca. Nuestras lenguas se enredan. Me desnuda con rapidez. Ella sólo lleva puestas unas medias. Se sienta sobre el tocador y rodea mi cintura con sus piernas. Su coño es un agujero dorado que me absorbe. La follo con fuerza, su cuerpo se agita con cada uno de mis empujes. De repente me envuelven una serie de sensaciones familiares. El sabor de su saliva, el tacto rígido de sus pezones, el cimbreo de sus pechos, el calor de su piel, la fragancia de su pelo, todo son aromas y sabores que ya he probado antes. Su sexo, una oscuridad en la que ya me he perdido otras veces. Me tumba rápido el placer. Apenas media docena de envites y me vacío dentro de ella. Joder, no siempre puede uno agenciarse mujeres como esta y qué poco me ha durado.

- Uff, lo siento, no suelo ser tan rápido. – de repente todo resulta vulgar y yo soy puro fracaso.

- ¿No has sido capaz de venir solo? No te imaginaba tan retorcido.

No entiendo muy bien sus palabras, hasta que adivino detrás de mi hombro la silueta del viejo. Está recostado sobre el marco de la puerta que hace unos instantes tanto me costó atravesar.

- Tenemos visita, Adam.
(Fin de la penúltima parte)
Dedicada a Goran Zelic

martes, 11 de mayo de 2010

GÉNESIS (6ª parte)

Dentro de poco empezará el espectáculo. Poco a poco los clientes van remoloneando a sentarse en los sillones que rodean el escenario. Yo prefiero quedarme donde estoy, acodado en mi barra, simulando cierta solvencia y escrutinio del panorama. El camarero me trae otra copa... Y lo que viene a continuación no sé muy bien como describirlo. Sale ella, completamente desnuda. Normalmente en este tipo de actuaciones las chicas empiezan algo más recatadas, calentando motores. Vestidas con algún estúpido uniforme y con cara de no haber roto nunca un plato. Todo resulta así artificial, plastificado, cuasipatético. Pero Eva va directamente al grano, nos fustiga a todos con sus primeras zancadas. A modo de chal, lleva la serpiente. Sus contoneos son brutales, salvajes. Sus caderas se transforman en un torbellino, sus piernas en dos látigos que enreda una y otra vez alrededor de la barra. Gatea cerca de algunas mesas con gestos felinos, sinuosos, oscilantes. La serpiente sigue una especie de danza propia recorriendo todo su cuerpo, sin desprenderse nunca de ella. Parece adherida a su piel. Sorprende la lentitud de su desplazamiento entre tanto vaivén frenético. Forman un solo cuerpo cuyos rincones uno no puede dejar de mirar. Observo como algunos borrachos hacen amago de abalanzarse sobre ella, pero, a la vez están sobrecogidos, clavados en sus asientos por tan misteriosa danza. Juegan con las miradas una partida de póker en la que ellos sólo llevan morralla. Van de farol. Los ases durante esos minutos son propiedad de Eva. Todo transcurre muy deprisa, como un polvo feroz. Los corazones laten a mil por hora, las manos agarran fuerte los vasos, los culos bien apretados al pellejo de los sofás, y las pollas como bengalas queriendo escapar de los pantalones. Pero todo alrededor de Eva huele a conato de derrota, sobre ella planean gemidos de impotencia y silencio. Y de repente todo ha terminado. Un par de piruetas finales y meneos, un último culatazo de su melena dorada y la vemos desaparecer fugaz detrás de las cortinas. Se escuchan algunos suspiros, algunos silbidos y abundan las miradas escépticas cómo de no saber muy bien que es lo que ha pasado por delante de todos nosotros. Pienso que a ese huracán tendré que enfrentarme dentro de unos minutos y me flojean las piernas. Quizás no resulte tan sencillo el nuevo trabajo que me mandó el viejo. Le pido tres copas más al camarero. Una me la tomo de un trago.


- Bonito baile, rubia. – digo esto casi en un susurro, mirando al suelo y sin atreverme a traspasar del todo la puerta de su camerino. Eva está sentada en un taburete, retocándose el maquillaje, ajustándose las medias. Me siento por unos segundos como un adolescente que entrara por primera vez a un puticlub.

Fin sexta parte
Dedicada a Yolanda, que tanto me anima a escribir

lunes, 10 de mayo de 2010

GÉNESIS (5ª parte)

El local es bastante amplio. Una enorme barra serpentea pegada a la pared. Lujosas estanterías de cristal y mármol bien surtidas con toda clase de licores. Espejos, demasiados espejos, que le dan al bar una dimensión casi infinita, pero que deshacen en pedazos el ansia de clandestinidad que muchos vienen a buscar en estos antros. Con todo, es un rincón con mucha clase, demasiada para el barrio en el que está. Un negocio arriesgado, un fragmento de paraíso inalcanzable para la mayoría de las almas en pena que pululan por estas calles. ¿Cómo no había dado con él antes? De camino hacía aquí he hecho una serie de indagaciones en los garitos de alrededor y no he podido sacar gran cosa. Nadie sabe quién es el dueño. Los camareros son extranjeros, imposible hacerles encadenar dos palabras seguidas que no sean marcas de ron o ginebra.

- Vinieron un día, tiraron la vieja bolera y montaron todo eso en un par de meses.

-Y nadie vio nada sospechoso. Alguna cara conocida entre tanto movimiento.

- Joder, todo fue muy rápido. Sea quién sea el dueño tiene bien untado a los de urbanismo. Aunque todo parece muy legal, Adam. Ya lo verás, un sitio con mucho estilo.

- Nada como tu bar.

- Bah, esto ya no es lo que era. Los días que tú no vienes me cuesta hacer caja. ¿Te pongo otra?

- No, deja. Tengo un trabajillo pendiente. Me paso más tarde para darle un buen tiento a la nómina.

- Vas muy sobrado últimamente, quemando billetes como si te los regalasen.

- Casi, casi. Me van a dar un buen pellizco por darle un poco de coba a una de las fulanas del nuevo local.

- Qué suerte tienes cabrón. No veas el ganado que se mueve por allí. Unas tías impresionantes, nada que ver con los vejestorios que rondan por aquí. Todo lujo y glamour. Creo que ni vendiendo el bar podría darme un revolcón con una de esas.

- Eh, para el carro, a mí tampoco me dejan acercarme a ellas. Sólo algo de palique y poco más. Un cliente quiere meter baza a una de las chicas para que le devuelva algo que le robó. Nada más.

- Pues dale al menos un pellizquito de mi parte.

- Esta es la chica a la que busco. ¿Te suena de algo? – le enseño la foto y el flyer con publicidad. Ambos arrugados, desgastados de tanto manosearlos y mirarlos intentando recordar porqué esa cara y ese cuerpo me resultan tan trillados.

- Ah, buen tino, cabrón. Es una de las chicas, sí. Una de las últimas en entrar a currar. Una señorita muy reservada. Nunca la he visto con nadie, Adam.

- ¿Seguro? Una jaca así fijo que está en el punto de mira de más de uno.

- Sí, seguro. Pero ya te digo, una tía muy rara: llega, hace sus bailecitos, deja babeando al personal y se vuelve por donde ha venido. Creo que tiene un número increíble con una serpiente. A lo mejor ese es el único rabo que la hace feliz, ¡ja!

jueves, 6 de mayo de 2010

GÉNESIS (4ª parte)

Conforme hablaba sacó otro sobre de su abrigo y lo colocó sobre la mesa. Repitió el gesto de cuando estuvo en mi despacho y lo acercó hacía mí. Yo procuré no mostrarme muy impaciente. Hay que mantener la compostura y parecer siempre un profesional, aunque muy pocas veces lo sea. Abrí el sobre con cierta parsimonia. Y lo que había dentro no era lo que esperaba. Nada de billetes, solo una hoja que parecía publicidad de algún bar o local de alterne.


- ¿Qué significa esto?
- Ahí es dónde está la mujer que busco.

Miré la hoja con más atención. No parecía tener nada de particular. Anunciaba danzas exóticas, desnudos y copas en un ambiente tranquilo y reservado. Algunas fotos de las bailarinas y… Un momento, una de esas chicas era la mujer que buscaba. La foto no tenía mucha luz pero se apreciaba su rostro claramente. Aparecía abrazada con gesto lascivo, pero indiferente, a una barra metálica, de esas que usan los bomberos para bajar con rapidez y las bailarinas para untarla con el aceite y sudor de sus pieles. Apenas llevaba ropa, y su cuerpo, como había presentido y deseado la primera vez era un cuerpo extraordinario. Largas y sinuosas piernas, delicadas caderas, vientre liso y tetas firmes y turgentes que aplastaba contra la barra. Casi no me percaté de la serpiente que tenía enroscada alrededor del cuello, mareado como estaba de ver tanta curva peligrosa.

- Si ya la ha encontrado ¿para qué me necesita?
- Debe ser usted quien hable con ella. Si me viese a mí saldría huyendo.
- Todo esto me parece muy raro. ¿Y qué quiere que le diga?
- Simplemente entreténgala. Llévela a tomar unas copas, sáquela a bailar. Lo que se le ocurra, eso lo dejo a su elección. Yo apareceré cuando lo crea oportuno.
- ¿Cómo ha sido capaz de dar con ella tan pronto? Yo he pasado toda…
- Si le digo la verdad, me resultó más complicado dar con usted.
- No entiendo eso, yo no me escondo de nadie.
- ¿Usted cree?
- Mi trabajo ya sabe que es todo lo contrario, encontrar a gente que no quiere que la encuentren.

Mientras hablaba no dejaba de estudiar la hoja que tenía entre manos. Me sentía algo humillado al haber fracasado de manera tan estrepitosa en mis averiguaciones. No entendía cómo podría haber pasado por alto una cosa así. El nombre del local no me sonaba “El Edén”, aunque la calle en el que estaba la recorría todos los días varias veces, casi podía decir que tenía allí mi cuartel general. Además, era extraño, nadie de la zona me había comentado nada de ese nuevo antro.

- Un trabajo que esta vez no ha hecho muy bien.
- Gajes del oficio. De todos modos la rubia ya está localizada.
- Ya, pero no por usted. Espero que ahora sepa hacer lo que le pido.
- Tranquilo amigo, esta vez no le fallaré. La retendré todo el tiempo que haga falta, hasta que usted llegue. Aunque para eso necesitaré…
- ¿Otro adelanto?
- Hombre, ya sabe, los vicios resultan caros, y por los barrios que frecuento abundan. Además, debo tratar con mucha gente, gente ansiosa y que no hablan mucho si tienen la garganta reseca.
- Creí que tendría suficiente con lo que le di la primera vez.
- Ya le he dicho que…
- Mire en el sobre. Espero que le baste con eso.
- ¿El sobre? En el sobre sólo estaba la foto.
- ¿Usted cree?

Volví a coger el dichoso sobre. Aparte de la foto, me encontré esta vez otro grueso fajo de billetes. No sé cómo lo había hecho. El sobre había estado en todo momento sobre la mesa, no lo perdí de vista un solo segundo. Sin embargo, el viejo había vuelto a ser más rápido que yo.

- ¿Qué es usted, una especie de mago?
- Digamos que tengo mis trucos.
- Entiendo, por eso ha dado con la rubia antes que yo.

Empezaba a sentirme incómodo. Aunque era él quién pagaba y me decía lo que debía hacer, me gustaba siempre tener cierto margen de control en todas las situaciones. Estaba claro, no obstante, que en esta charla, con truco de magia incluido, era el viejo quién llevaba la voz cantante. Nada que reprocharle al cabrón, tan sereno y seguro en todo momento. Yo no había tenido opción siquiera de justificar mi incompetencia. Allí estaba mi menda, con las manos vacías, y él, sin embargo, me mostraba la foto de la chica y el local dónde trabajaba. Todo rapidez y eficiencia. Esto no tenía mucho sentido, la verdad. Pero el viejo seguía soltando billetes como si fuese una fuente. Chitón, a coger raudo la pasta, agachar la cabeza y a hacer lo que me mandaban. Sin cometer más errores, claro está.

- Si no le importa, voy a tomarme la última. Para celebrar este nuevo contrato.

Dije esto último con cierta sorna, dejando perderse las palabras entre el humo del bar, como arrepentido de haberlas dejado escapar de mi boquita. Mi huida hacía la barra fue algo así como el pataleo de un niño pequeño que no sabe como llamar la atención. Me tenía cogido por los huevos ese extraño personaje. Parecía, de repente, que ese viejo supiese más cosas de mí que yo mismo. Se adelantaba a mis pasos, a mis gestos y a mis palabras. Hacía renacer con su presencia antiguos fantasmas cargados de derrota. Era mirarle a la cara y comenzaba a recordar cientos de noches pasadas en barras de bar, destrozando mi cuerpo y mi voluntad con alcohol y tabaco, durmiendo al fin entre las bolsas de basura de un rincón perdido en cualquier callejón. Me despertaba horas después sin recordar muy bien quién era y que había hecho antes de caer inconsciente. Rehacía mis días gracias a las bromas y pullas que me lanzaban los mendigos que me cruzaba por la calle, renqueante, de regreso a mi casa. Ahora tenía mi trabajo, por llamar de alguna manera a esto de olisquear en los culos ajenos. A veces, se dejaba caer por mi despacho algún tipo insólito que empezaba a soltar peculio, casi con ansia, por encontrarle a la mujer huida, o a la amante despechada, o al socio que se largó con todas las ganancias sacadas de alguna estafa. Había salido del charco, aunque tenía cierta tendencia suicida a seguir bordeándolo, siempre con algún borracho o alguna puta tirando de las perneras de mi pantalón. El viejo no parecía uno de esos fracasos humanos, sin embargo, al enseñarme la foto de la rubia había hecho renacer en mí cierto vértigo, me había empujado de vuelta a lo más oscuro de la ciudad y de mí mismo, me obligaba con esta búsqueda a ciegas a traspasar ciertas puertas que hacían renacer viejas arcadas de mi alma. Cuando volví a la mesa el viejo ya no estaba. Casi le agradecí ese detalle. Mañana iría al local que aparecía en el folleto publicitario. Ahora únicamente deseaba beber solo. Intentar detener el agujero negro que se había abierto en mi memoria y que como una úlcera amenazaba con devorarme. Todo había sido muy rápido, y había llegado casi sin darme cuenta. Se había ido perfilando dentro de mí cada vez que sacaba la foto con la rubia para mostrársela a alguien. Sí, mañana iría a por esa mujer. Quizás ella, y no el viejo, tuviese las respuestas a esta desazón que no dejaba de crecer dentro de mi estómago desde hacía unos minutos.

Fin de la cuarta parte

viernes, 30 de abril de 2010

GÉNESIS (3ª parte)

Estuve así durante un par de semanas. Amplié mi círculo de pesquisas. Fui a otros bares, donde no tenía tan untados a los camareros y clientes, pregunté a soplones y chivatos callejeros. Hablé también con las prostitutas, chulos y chaperos. Y de todos ellos me llegaba la misma respuesta ambigua. Todos creían reconocer a la mujer de la foto aunque nadie lograba darme datos concretos sobre ella. Un trabajo que en principio creí sencillo estaba empezando a torcerse poco a poco. Mi paciencia se agotaba al mismo ritmo que flaqueaba el grosor del fajo de billetes dentro del sobre. Todas las noches acababa doblado sobre la barra del mismo bar, tomándome un par de cubatas y recapacitando sobre qué cojones estaba haciendo mal. Nunca había tardado tanto en encontrar a alguien. Seguía el procedimiento habitual; la verdad es que no había otro procedimiento. Si nadie de los que había interrogado hasta ahora, había visto a esa rubia, empezaba a dudar de que realmente ella viviese en esta ciudad. No son gente que suela equivocarse ni olviden fácilmente una cara. Aunque por otro lado, el viejo, parecía bastante seguro de lo contrario, incluso se había permitido acotar la zona y los barrios en los que debía buscar. Pensándolo bien esto podría tratarse de una broma, aunque una broma bastante extraña, además de resultar un poco cara. Nadie paga tanto simplemente por reírse de mí. De hecho, resulta bastante fácil hacerlo gratis.

- ¿Cómo lo llevas Adam? ¿Te pongo otra?

- No muy bien. Hoy ya está todo el pescado vendido, será mejor que me vaya para casa.

- A esta estabas invitado…

- Hombre entonces sí me tomaré otro. No sueles tener muchos detalles con la parroquia. Ya iba siendo hora de que …

- Eh, eh, no he sido yo quién te paga el bebercio, es aquel hombre de allí.

Y me señaló una de las mesas del local, en uno de los rincones más apartados. Allí estaba el viejo, vistiendo la misma gabardina blanca, solo, con el gesto serio. Esperé a que me sirvieran y me dirigí hasta allí, con la copa en la mano. Medité que podría decirle, cómo ocultar mi absoluta falta de noticias sobre la mujer y me pregunté si me soltaría otro montón de pasta.

- Buenas noches, jefe, ¿cómo usted por aquí?

- Ya le dije que no tardaría en ponerme en contacto con usted. ¿Cómo lo llevas, Adam?

Era la segunda vez que me preguntaban eso en pocos minutos y la respuesta seguía siendo la misma, aunque ahora debía tener algo más de tacto.

- Voy haciendo progresos, estas cosas requieren su tiempo. La ciudad es grande y la mujer que busca…

- Me decepciona usted, señor Adam, creí que era bastante bueno en esto de dar con la gente. No tiene nada ¿verdad?

- Por ahora no, pero tengo a bastantes amigos pendientes de su rubia. En cuanto asome la cabeza saltaré sobre ella.

- Creo que no hará falta esperar mucho más...

martes, 20 de abril de 2010

GÉNESIS (2ª parte)

Comencé con el procedimiento habitual. Mucha gente me debe muchos favores y era hora de empezar a cobrarme algunos. Pregunté en recepciones de hoteles, en barras de bar, y mostradores de sex shop, incluso me dejé caer por alguna que otra comisaría de los barrios del extrarradio, por si la rubia que buscaba no era trigo tan limpio como me había comentado el abuelo. Un tipo extraño, ese viejo. Alto, enjuto, con una gran barba blanca y vistiendo un largo abrigo de color claro. Pese a lo avanzado de su edad, sus gestos fueron en todo momento rápidos y precisos. No mostró en ninguno de ellos síntomas de algún achaque físico. Al hablar movía las manos casi con gesto beatífico, y sus frases arrastraban un deje como de sentencia, o como de arenga que no admite reproche. Joder, ahora que lo pienso, quizás fuese un cura, o alguien relacionado con las altas estancias religiosas. Quizás por eso había recurrido a mí. Querría actuar con discreción, sin que a él se le relacionase en algún momento con la mujer que buscaba. No era muy habitual encontrarse a un obispo, o cardenal, vete a saber, picoteando por los tugurios menos recomendables de los peores barrios de la ciudad. Noté el grueso fajo de billetes que guardaba en uno de los bolsillos de mi pantalón, y me dije a mí mismo que quizás no debería especular tanto sobre la identidad de ese anciano. Quizás fuese mejor saber lo menos posible sobre él. Pagaba bien y con eso me bastaba. Pero, y ella ¿quién era ella? Llevaba también la foto en el sobre junto al dinero. La sacaba una y otra vez para contemplarla. Su gesto siempre me resultaba frío y distante. La mirada perdida hacía el infinito, su pelo rubio cayendo lacio, bordeando unas mejillas de piel extremadamente blanca. Y unos ojos verdes, que pese a su inexpresividad, a su ausencia de vida, por un momento parecían desprender cierto brillo atrayente, hipnótico, casi evocador. Un brillo, que al estudiarlo más detenidamente, creí haber visto antes. A todos los que preguntaba, parecía despertarles las mismas sensaciones. En todos los sitios en los que había indagado había recibido respuestas muy parecidas.

- Adam, rubias como esta conozco cientos en esta ciudad. Pero no creo que alguna de ellas sea la chica que estás buscando.

Algunos, al igual que yo, habían notado cierto culatazo del recuerdo al fijarse en sus ojos verdes: sin duda lo más seductor de la fotografía. Pero acababan torciendo el gesto y devolviéndome la estampita sin darme ninguna información clara.

- Lo siento, Adam, estoy casi seguro de haber visto esos ojos en algún sitio, pero ahora mismo no recuerdo dónde. Cuando sepa algo te aviso, ¿de acuerdo?

- Tranquilo, no hay prisa, tómate tu tiempo. No quiero reventar todavía la gallina de los huevos de oro. Quien busca a esta mujer está dispuesto a pagar mucho dinero y pienso exprimirlo un poco.

- Estás hecho todo un profesional, cabronazo.

- Ya sabes, en mi oficio, rebuscando en la basura, muy pocas veces encuentras un tesoro.


Fin de la segunda parte.

martes, 13 de abril de 2010

GÉNESIS (1ª parte)

-  No se confíe. No es una mujer cualquiera. – larga de sopetón mientras me enseña una foto.

- Tranquilo, no le defraudaré. Llevo haciendo esto demasiado tiempo y nunca he dejado un asunto sin resolver.

- Eso espero, le repito que no estamos hablando de una mujer normal. Casi puedo asegurar que yo llevo buscándola una eternidad, y nunca he podido dar ella. Recibo soplos sobre dónde puede estar pero al llegar a esos sitios, ella parece haberse esfumado.

- ¿Y por qué piensa que yo puedo tener más éxito que usted?

- De usted no creo que se acuerde.

- Para recordarme primero debería haberme conocido ¿no?

- Nunca podemos estar seguro de a quiénes conocemos y a quiénes no.

- ¿Y no podría al menos decirme por qué la busca con tanto interés? ¿Qué es eso tan importante que ella le robó y que quiere recuperar con tanto ahínco?

- Ya le he dicho a quién tiene que buscar. También le he dejado claro que no haga muchas preguntas sobre el porqué de mi interés.

- Entiendo, pero quizás esos detalles supondrían una ayuda importante para mí, para aligerar las pesquisas.

- Limítese a hacer su trabajo y será muy bien recompensado. Tenga este pequeño adelanto y empiece lo antes posible a hacer lo que tenga que hacer.

Mientras decía esto, sacaba de un bolsillo interior de su abrigo un sobre que colocó sobre la mesa y empujó hacía mí. A primera vista parecía que estaba vacío, pensé incluso que estaba gastándome una broma, pero cuando lo abrí y escruté su contenido, pude comprobar que en su interior había un grueso fajo de billetes.

- ¿Cree qué será suficiente?

Intenté no parecer muy sorprendido, pero haciendo un cálculo rápido, en el sobre debía haber la guita equivalente a un año de curre.

- Fíuuuu. Sí, sí, creo que bastará para costear mis primeros pasos. ¿Cómo podré comunicarme con usted cuándo averigüe algo?

- Tranquilo, seré yo quién se ponga en contacto cuando lo crea oportuno. ¿Desea preguntarme alguna cosa más?

- No, me ha quedado todo muy claro. Si es verdad que vive en esta ciudad, con la foto me bastará para dar con ella.

Todo había resultado tan tópico, como sacado de una de esas antiguas películas en blanco y negro. Con mi despacho con puerta de cristal ahumado y el nombre escrito en ella: Adam Paradise, Detective Privado. La mesa desordenada, con una botella de whisky a modo de pisapapeles. La entrada repentina de ese hombre que se comportaba de manera tan enigmática. Sus reservas a la hora de darme algunos datos sobre la mujer que estaba buscando. Sólo tenía de ella, para empezar, su foto y su nombre, Eva. Una mujer hermosa, sin duda, aunque para no desentonar con el ambiente, de una belleza bastante común, con un rostro bien perfilado pero inexpresivo. Lástima que fuese una foto de carnet, y no pudiese comprobar cómo era el resto de su cuerpo, aunque casi podía adivinarlo. Aparte, el viejales me había dado algunas pistas sobre los barrios y ambientes por los que seguramente se movería. Repitió varias veces que era una mujer muy escurridiza, aunque para nada peligrosa. En fin, debía ponerme a trabajar inmediatamente. Viendo el contenido del adelanto que había en el sobre, este parecía un trabajo, que de hacerlo bien, podría reportarme sustanciales beneficios.