jueves, 3 de noviembre de 2016

A TRAVÉS DE LA VENTANA

       Tras unos días de visita voy camino de la estación.  Mirando a través de la ventana, sentado en mi asiento del autobús, intento hacer balance de los últimos días vividos. Sin lugar a dudas, en esta ciudad he pasado los mejores años de mi vida pero por mucho que me empeñe, por muy a menudo que regrese a ella nunca podré volver a repetirlos. Yo soy una persona diferente y esta ciudad ya no es la misma. He paseado por sus calles y he conversado con sus rincones genuinos, pero ambos, la ciudad y yo, una vez más nos hemos comportado con torpeza, como dos personas que se cruzan por la calle, se reconocen tibiamente e intentan mantener una charla educada aunque pronto se dan cuentan de que son dos desconocidos, de que no tienen nada que decirse. En los mutuos recuerdos  ya no hay lugares en los que puedan coincidir. Es inútil forzarlos. Termino este viaje así, acurrucado en mi asiento, con una sensación agridulce latiendo en mi estómago.
 

          Pero me da igual sentir crecer dentro de mí esta nueva derrota. Sé que volveré pronto a intentarlo otra vez. A transitar por sus calles y a preguntarle desde sus plazas si sabe quién soy. Si aún recuerda quién empecé a ser. Me da igual donde esté viviendo o que el trabajo me tenga muy ocupado, puede incluso que ande enamorisqueado de alguna mujer o incluso que empiece a sentirme cómodo en la ciudad que habito. Al menos una vez al año intento volver a visitar la ciudad tan cargada de recuerdos únicos de los años vividos allí. Sí, sin duda, los mejores años de mi vida, repito sin dudar a todo aquel que me pregunta porque vuelvo tan a menudo a esa ciudad. No, no me canso de visitarla. Siempre tengo la sensación de que la ciudad se inventa para mí cada vez nuevas calles con las que sorprenderme. Somos como una pareja venida a menos realizando una última pirueta con la que hacer renacer el deseo. Se engalana, se pone guapa para mí, florece como nunca en primavera o se cubre con las mejores hojas secas en otoño, pero sólo logra inquietarme aún más. Tras tanto abalorio la reconozco cada vez menos. Sentado en la terraza de una tetería, apoyado en la pared de alguna casa del Albaycín, de pie, desde lo alto del mirador de San Nicolás o dando vueltas por la huerta alrededor de la casa del poeta, hablo con la ciudad y el eco que recibo de ella siempre suena a nuevo, no es el eco que quiero desenterrar.

           Otra cosa que repito a menudo es que si esta ciudad fuera mujer sería fácil enamorarme de ella. Aunque no estoy seguro de que fuera correspondido. No estoy seguro que fuese correspondido cuando era estudiante y todas las tardes recorría sus calles, pensando que eran sólo mías. Ahora la ciudad me trata como un turista más. En mis nuevos paseos descubro continuamente a mi alrededor personajes que como yo, hablan con la ciudad, la quieren de un modo peculiar y creen que esa ciudad es sólo suya. Cargada de historias,  cargada de duende, cargada de días grises y paredes rojas, cargada de aromas de arroyo y ansias de mar. Ciudad de anchas caderas sobre las que galopar durante toda una vida y aún así, ser incapaz de domeñarla. Ciudad que ríe desde sus puertas y es hermosa,  que llora por sus acequias y es una diosa.

          Lo que veo a través del cristal son como ridículas migajas que la ciudad me da con desprecio, como sabiendo que serán insuficientes para llenar la avidez que tengo de ella. Todo esto voy pensando mientras me empapo con ansia de las ultimas imágenes de este viaje. El autobús urbano hace otra parada y hay un intercambio de pasajeros, unos se bajan, otros suben y ocupan los asientos libres. Frente a mí se sienta una muchacha joven.     
 
          Despertado de mi ensimismamiento esa muchacha acapara inmediatamente toda mi
atención. Empezaba a no poder capear el abordaje de mis reflexiones y ella ha llegado como una bocanada de aire fresco. Como yo, se coloca con la cabeza inclinada y la frente pegada al cristal y su cuerpo se sacude al ritmo de los arreones del autobús. Parece una copia de mí, con su gesto como doblado por pensamientos que bien pueden ser los míos y la miraba atenta a la calle. Sin embargo la muchacha no mira hacia ningún sitio porque es ciega. Veo el blanco reflejo de sus ojos vidriosos y me sorprende aún más lo atento de su mirada. Es una muchacha muy hermosa. Su aire ausente, casi melancólico, la hace aún más bella. De esa belleza que un día encontré en esta ciudad y que he estado buscando otra vez estos días. Para que me voy a engañar, vine a esta ciudad buscando la belleza y ahora, en el momento más inoportuno, a las puertas de una nueva despedida  la tengo frente a mí. Me siento como recorriendo una larga travesía por el desierto intentando atrapar un puñado de espejismos.
      

          Me entran unas ganas tremendas de preguntar a la chica que en qué está pensando. Saber de ella, empezar a conocerla. Me derrito al pensar que ella pueda estar en estos momentos perdida en las mismas fantasías que yo y necesito desvelar esa duda que de repente ha ocupado toda mi atención. La nostalgia por la ciudad se ha esfumado y todo lo ocupa la presencia de esta muchacha. Desde hace unos minutos no puedo apartar la vista de su rostro, sabiendo que ella no puede notar el creciente interés con que la espío. Mirarla es como asomarse a un barranco. Caigo en la cuenta de que no quedan muchas paradas para que el autobús llegue a la estación. Necesito hablar con ella. Haciendo acopio de valor, le rozo ligeramente una rodilla, para despertar su atención, mientras le pregunto:


 Perdona ¿Eres de aquí? ¿conoces la ciudad?- lo digo con una voz extraña que no es la mía, forzando mucho mi acento y sujetando mis palabras para que no se despeñen por el precipicio.

          El corazón me late con fuerza y temo asustar a la chica. Se sorprende y pega un pequeño respingo en el asiento. Su ensimismamiento se rompe como cuando se pisa un espejo. Vuelve de donde estuviera y se gira hacía mí.

  Sí, claro, llevo toda la vida viviendo aquí.- Podría decir que nuestras miradas se cruzan, pero no es así. Nuestros ojos están a la misma altura y enfocan unos a los otros, pero sé que ella no puede ver nada  y yo siento que me asomo a un pozo sin fondo. Me imagino mis próximas palabras como las cuerdas con garfios que lanzan los piratas a los barcos que intentan abordar. Me gustaría agarrarme a sus párpados, esas orillas de un mar muerto, y atraerla hacía mí.

  Que suerte tienes. Creo que es un privilegio poder disfrutar de esta ciudad todos los días.

Ella alza los hombros, con un ligero gesto de resignación. Sonríe.

  Imagino que sí, aunque yo no pueda disfrutarla tanto como quisiera.

          Me siento estúpido y un poco egoísta. Desde el fondo del pozo me han llegado algunos destellos pero no logro comprenderlos. La conversación será pronto como atravesar el acantilado sobre una delgada cuerda y yo no soy muy hábil en estas conversaciones funambulistas. Debo ser rápido y preciso pero me tiemblan las piernas.  Mientras busco cómo seguir la conversación pienso que es trágico ser tan hermosa y no poder verlo. No entiendo esa malsana  broma de la naturaleza. De algún modo me gustaría decirle a la chica lo guapa que es y la sorpresa que ha supuesto el descubrirla frente a mí. Como, su presencia ha borrado de un plumazo todo lo que arrastro de este último viaje, todo lo que venía buscando. Ya no me importa nada, sólo seguir frente a ella.

   ¿Cuál es tu rincón favorito de esta ciudad? ¿Hay algún sitio que me puedas recomendar? Viví aquí hace muchos años, me gusta volver a menudo y creo que conozco esta ciudad bastante bien. Cuando era estudiante me encantaba pasear, descubriendola del único modo posible, que era como decía un poeta, perdiéndose siempre por sus calles. Aún así, siempre que vuelvo, tengo la sensación de que esta ciudad me es más esquiva. Poco a poco se vuelve caprichosa y un poco irreconocible. Tiene calles nuevas pero no estoy seguro de que las haya inventado únicamente para mí...

   Vaya, pues no sabría que responderte. Eso que dices es muy bonito, pero yo sólo la conozco  por lo que me cuentan de ella. Gente como tú que sí puede disfrutarla y le gusta contar lo que ve. Te podría hablar de cómo huelen cada uno de sus barrios cada mes, o el tacto rugoso de las paredes de la cerca de San Lorenzo, o lo fría que baja el agua del Darro todos los inviernos...La hermosura que yo descubro será siempre diferente a la que tu descubras. Mis sitios favoritos lo son por cosas que tú nunca podrás sentir.¿Y para ti, cuál es el rincón más hermoso de esta ciudad?

          Ahora sonrío yo con complicidad. Es absurdo esa señal o que mueva las manos mientras hablo, gestos que en estos momentos pierden función, pero que son inevitables y hacen que todo resulte más natural, más cómodo, al menos para mí. Después de tantos años viviendo aquí, después de tanto retornos frustrados y tantos paseos refrescando recuerdos  me doy cuenta de que jamás conoceré esta ciudad aunque acabo de encontrar lo que buscaba en ella.

   ¿Quieres saber cuál cuál es para mí el rincón más hermoso de Granada?

  Sí...
 
          Entonces me inclino sobre la chica, me zambullo dentro de sus ojos blancos, suavemente la cojo de la mano, ella da otro respingo pero se deja llevar, sorprendida y curiosa a la vez.  Alzo esa mano hasta  su cara y comienzo a deslizar sus dedos por su mejilla justo en el mismo instante en que el autobús llega a la última parada.


(Basado en un viaje por el paseo de La Bomba. Dedicado a Ana)

Z


Cada vez que escucho pronunciar Z me dan ganas de tararear la canción de Bola de Dragón Z... lo siento, mi nivel intelectual se ha acomodado a las exigencias del país. Hubiera estado bien haberme acordado de la película de Gavras y de Semprun pero insisto, mejor no mostrar signo de disidencia mental en estos momentos, es peligroso. Hemos vivido un momento Z ( sin canción de por medio, salvo la del Padrino) sin menos coroneles sudorosos de gafas negras pero con muchos más cabos chusqueros liderados por una “fofinsana” andaluza. DíaZ, SáncheZ, FernandeZ, GonzaleX ( excepción que cumple la regla anterior ) han protagonizado la versión del siglo XXI sin el glamour de Irene Papas, Jean-Louis Trintignant, Jacques Perrin, Yves Montand de esta educativa película necesaria si quieres aprobar “segundo de golpista”.
En realidad yo venía a hablar de Z, la última generación ( Nota a Hollywood : la tengo registrada, si quieren los derechos de la película hablen con mi representante). Define bien la última letra del alfabeto a esta generación de imitadores de Jomeini con gafas de pasta que pagan por una magdalena de toda la vida 3 € si se llama brownie, 40 € por un arreglo de barba, a lo viejo le llaman vintage y todos quieren vivir de una Startup. Su mundo es virtual, las cañerías se arreglan solas, las calles se barren solas y cualquier trabajo manual alejado de un teclado es cosa de los curris (aquellos seres de los Fraggel Rock que se encargaban de arreglar cosas pero con quienes no se interactuaba). En menos de quince años veremos como el universo Fraggel se derrumba, pasaran de lo virtual a lo real, y la realidad puede ser muy cruda... no se puede vivir eternamente sin reflexionar que tu brownie de 3 € supone la hora de trabajo de un curri. Mientras tanto miremos al futuro con EsperanzaZ, RajoyZ, DíaZ...