sábado, 12 de septiembre de 2015

PASEOS EN TAXI POR ETULÁ



Tardé en darme cuenta, pero la mejor manera de
conocer la ciudad de Etulá es moverse por ella en taxi. No es que sea una ciudad realmente grande, de hecho se puede recorrer fácilmente andando, al menos su barrio más significativo, ese que rodea el puerto, un puñado de calles ordenaditas que a trechos aún conservan cierto aire colonial, con sus edificios de fachadas amarillentas desconchadas y sus puertas y ventanas de madera marrón obscuro. Aunque en realidad, creo que la verdadera ciudad no son esas calles alineadas y bulliciosas. La ciudad que realmente te sorprenderá, esa que te recordará con un puñetazo en el estómago que estás viajando, que eres un extranjero, son las calles que han ido surgiendo de manera espontánea y desordenada, como mala hierba, adentrándose, venciendo a la selva que rodea y amenaza todo. Tras el barrio original de casas de ladrillo y calles asfaltadas, pronto te topas con otros barrios cuyas casas son ya de madera, uralita o incluso adobe y las calles son sólo retorcidos caminos de tierra apelmazada, a ratos asfixiados por las propias construcciones, a ratos ridículos senderos asediados por la vegetación. Algunos de estos barrios, los recorrí andando, volviendo del trabajo. Improvisaba algunos días nuevas rutas y daba  un paseo diferente. Muy pocas veces me paraba a hablar con alguien, si acaso lo justo para comprar algún refresco en una pequeña tienda, o abacería, como les llaman por aquí. Así recorrí por ejemplo, los barrios de Sampaka o Campo Yaundé, auténticos arrabales de chabolas apretadas, callejuelas estrechas, gentío, olores fuertes y siempre el destello de enormes televisores tras cada ventanuco, relucientes todoterrenos aparcados de cualquier manera y templos religiosos de las creencias más dispares en cada esquina.

Pero repito, la mejor manera de conocer esta ciudad y sus habitantes es recorrerla montado en un taxi. Es rápido, más seguro y con toda probabilidad acabarás teniendo las conversaciones más dispares. Los hay a cientos, miles, pululando por toda ciudad: coches pintados de rojo y puertas blancas que constantemente están llamando tu atención con un penetrante pitido de claxon. En Etulá, el peatón transita y vive a un ritmo tranquilo, pausado, ocioso hasta casi resultar desesperante. Se anda despacio por las calles, aplastados por el bochorno y por las muchedumbres que se apelotonan frente a los pequeños comercios. Pero al montarte en un taxi, no sabes cómo ni porqué, todo  de repente se trastorna y se acelera. Lo desesperante ahora es la velocidad innecesaria que se ha desatado. Y se desata de un modo totalmente imprevisible. Te montas en el coche, le comentas al taxista dónde quieres ir y automáticamente sale disparado en la dirección opuesta. Lo primero que pensé, al comprobar estas maniobras evasivas era que me estaban timando, claro, mi piel blanca y mi cara de bobo destacan, y hay que exprimir al extranjero, eso es una premisa básica en muchos rincones del planeta. Pero pronto descubres, bastan un par de carreras para darte cuenta, que el taxi en el que te has montado no está sólo, nunca lo está, hay en él otros viajeros que van a otros puntos de la ciudad, y claro, como estaban antes que tú, hay que dejarlos primero a ellos. Da igual que tu dirección esté más cerca, incluso que pases por al lado, primero dejará a esos viajeros y luego retornará a dejarte donde tú le dijiste. Esto, para nuestras estrechas mentes europeas puede resultar desesperante, irracional, y al principio, te surge un amago de irritación, pero piensas que estás en una ciudad diferente, en un país diferente, en un continente diferente, incluso, si cierras los ojos, puedes imaginar que viajas por un planeta diferente. Nada de lo que te rodea te resulta familiar, ni los olores, ni las decenas de tonos verdes de las plantas exóticas, enormes, apabullantes, ni las marcas de los coches, que en realidad casi todos son Toyotas pero de modelos que no conoces, y aunque los conocieses, apenas podrías distinguirlos de tan golpeados y deformados como están. En fin, una mañana te montas en uno de estos taxis y descubres que en el salpicadero, o donde debería estar el salpicadero, frente a ti hay un enorme agujero por el que puedes ver las entrañas del motor y del que emanan mortales efluvios. Te das cuenta de que en ese boquete estaba el volante del vehículo original, pero su dueño, mañoso con unos conocimientos dignos de un ingeniero espacial, lo ha cambiado de sitio, para adaptarlo a la circulación del país. Como no soporto los vapores que surgen de esa genial chapuza, ya que por cada bocanada de aire que me trago desciende un año mi esperanza de vida, abro la ventanilla, por supuesto con una manivela de las de hace unos años que ya casi has olvidado como se usa, y saco la cabeza para dar la sensación, no de que me estoy ahogando, sino de que quiero disfrutar de ese paseo que estoy dando y de la ciudad que se desplaza a mi alrededor. Pasaré bastantes minutos en ese taxi, así que voy a dejarme llevar y voy a ver que barrios transito y descubro en esta viaje.

 
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