viernes, 28 de noviembre de 2014

LA SEMILLA



Los de siempre volvieron a adueñarse de todo. Bastaron unos años de bonanza, seguidos de la relajación que conlleva todo éxito para que la gente volviera a sentirse confiada y segura tras el frágil escudo de la razón. Pensaban que por fin la historia no volvería a repetirse. Esta vez, su victoria era absoluta. La historia dejaría de dar rodeos sobre sí misma, sobre los rincones obscuros del hombre y caminaría por fin recta hacía el futuro, hacia la luz de las grandes ideas. Pero no fue así, volvieron los de siempre, que en realidad nunca se habían ido, pues no hay rincones en el mundo para esconderlos a todos. Habían permanecido entre nosotros, los buenos, los confiados, fingiendo sus sonrisas y arrancando del pecho sus insignias.  Y un buen día, lamidas sus heridas, arrojadas al suelo sus máscaras de derrota, salieron de sus santuarios, bajaron de sus áticos, resurgieron de sus cenizas doradas,  con la cara descubierta y mostrando orgullosos sus bocas rebosantes de bilis y baba. Y de nuevo, su victoria fue rápida y precisa. Con patadas en la puerta y culatazos en el estómago volvieron a torcer la historia y modelarla a su antojo. En un hábil vaivén, con una rápida zozobra, con un hábil engatusamiento de los espíritus, se apoderaron de los hogares, se apoderaron de las fábricas, derribaron los museos para rehacerlos en cuarteles y lo que es más importante, se hicieron dueños de todas las escuelas, ese fue, en este nuevo abordaje, su primer objetivo. Mascando su rabia, agazapados tras el relámpago de un cañonazo habían corregido los errores de su pasado. Cauterizaron la memoria, redujeron la palabra a las catacumbas. Prohibieron el pensamiento y todo lo que pudiese engendrarlo. Se criminalizaron la tertulia, la caricia, el baile y el beso.



Amordazaron la palabra, al fin y al cabo, ella era la culpable de todo. Reunieron todos los diccionarios del mundo, formaron con ellos una gran pila y les prendieron fuego. ¡A todos! Que no quedase ninguno. Esta vez iban a ser certeros en su oficio de verdugos. Con todo, en un gesto de soberbia, de la condescendencia que gusta lucir el intocable, al que se cree invencible, rescataron una palabra, una sola palabra de una hoja arrancada de entre todos los diccionarios del mundo. Una palabra a modo de ejemplo, una palabra a modo de recuerdo, una palabra a modo de capitulación, una palabra a modo de juego y de exhibición. Una palabra como una moneda para que los pobres pudiesen comprar pan duro y los catedráticos se entretuviesen con ella. Así, esa sola palabra, tan insuficiente para un mundo poblado con tanta inquietud, con tanto llanto, con tantos sueños, pronto resultó insuficiente. Una palabra inútil y manida que daba pena pronunciar. La mascábamos en la boca y tras mucho morderla, seguía sin saber a nada, seguía sin decirnos nada. Una palabra exprimida, una palabra famélica, una palabra siempre agonizante. Una palabra anzuelo, una palabra asustada, una palabra vacía.



Pero ese fue el gran error de los de siempre. Fue ese minúsculo hueco de benevolencia por dónde se coló nuestra victoria. Porque una palabra, una sola palabra, por ridícula que sea lleva en sus entrañas un amago de germen. Una palabra es siempre un eco de lo dicho, pero un eco sobretodo de lo que queda por decir. Esa palabra exhausta fue creciendo en cada uno de nosotros, se transformó en noche agitada, en sueño, en brillo en los ojos, en viento, en ola, en risa y por fin, esa una única palabra, fue el clavo ardiendo de nuestra desesperación. Esa única palabra prestada fue la semilla de nuestro grito. Y gritamos, y los vencimos. Nuestra victoria no fue tan rápida como la de ellos, ni tan limpia, ni tan ordenada. Fue eso sí, la victoria definitiva. O eso creíamos hasta que ellos, los de siempre, volvieron a salir de sus templos, bajaron de sus áticos y transformaron en lodo sus cenizas doradas. El ruego del último de nosotros, aquel que fue el último en rendirse, fue sencillo, ingenuo, modesto. “Me rindo sí, a vosotros me someto, reconozco vuestra fuerza y a ella me encadeno, pero dadme al menos una palabra, no para mí, una sola palabra como una pequeña naranja, con la que pueda entretener a mis hijos”.

lunes, 24 de noviembre de 2014

LA OTRA ORILLA (penúltima parte)



V

¿Había nacido el hombre que lograse atravesar esos ojos
como lagos? ¿Estaba ese hombre ya entre nosotros? Después de la época de los aventureros y navegantes, llegó la época de los sabios. Las iniciativas más descabelladas habían fracasado: los intrépidos a lomos de su propia temeridad, los bellos cabalgando sus egos, el baron Münchhausen tirando de su propia melena. Ni los locos a horcajadas sobre sus propios sueños habían logrado llegar muy lejos. Unos y otros acabaron pereciendo en la profundidad insondable de esa mirada. Ahora eran los ingenieros, los arquitecos, las mentes frías de corazón pusilánime los que se creían con el derecho a retomar el abordaje. De despojos construyeron puentes y con migajas de desprecio levantaron sus pilares. De la materia obscura que conlleva el rechazo era la argamasa en la que se forjaron todos sus ingenios. La memoria de tantos y tantos fracasos sería la catapulta de su intento definitivo. La historia tenía por fin su función en ese relato. Recopilando errores, desechándolos, el hombre científico no volvería a estrellarse en su impotencia. Una babel de máquinas empezó a crecer al borde de unos ojos que ya empezaban a impacientarse. Una orgía de artificios kamikazes a la orilla de lo inabarcable. Definitivamente, el hombre, en su búsqueda de lo hermoso, de lo inescrutable, creyéndose juicioso, creyéndose cuerdo, se había vuelto definitivamente loco. Nadie parecía darse cuenta del error mayúsculo que suponía esta nueva esperanza. ¿Cuándo había logrado el frío metal el premio siquiera de un  beso? ¿Cuándo una marabunta de poleas, engranajes y tuercas podría doblegar el imperecedero destello de una mirada? Sin ser yo el más sabio de los que allí se encontraba, responderé: ¡Nunca, nunca, nunca! Así ha sido siempre y así continuará siendo escrito. No quise ser testigo de esta nueva ruina. En esta ocasión, la derrota, no sería hermosa, no sería cantada a través de los tiempos. Con esa derrota moriría la época de la épica y los poemas. Así que decido cobijarme a la sombra de una mejilla, a la espera de que sea el propio lago, el que me revele cómo puedo sondearlo. Sólo en sus entrañas está la respuesta a su circunvalación.