jueves, 9 de octubre de 2014

LA OTRA ORILLA (cuarta parte)


IV
 
      Esa playa serena otra vez al borde del infinito, vuelve a
llenarse pronto con la llegada de otros hombres que encienden hogueras cerca de la orilla. Vienen cargados de herramientas y nuevas ideas para el asalto de esa extensión que no deja de crecer con cada expedición fracasada.  Esperan ansiosos ser ellos los primeros triunfadores en esa peregrinación de apetitos milenarios. Todo alrededor de estos ojos como lagos va adquiriendo las dimensiones de una nueva epopeya, en un tiempo en el que sin embargo, ya nadie cree en los dioses. Yo, mientras tanto, continúo siendo un cobarde, incapaz de nadar púpilas interminables  he optado por convertirme en el cronista de esta historia. Entre los restos con los que tropiezo cuando paseo por la playa de estos ojos, me encuentro pedazos de folios, humedecidos por las lágrimas y quebrados por los vientos de sus párpados.  Sobre ellos escribo ahora. Algunas noches logro encaramarme sobre sus mejillas, a eso es a lo único a lo que mi valor alcanza. Permanezco sentado en su cima largas horas observando como las hogueras esparcidas por la playa se asemejan a pequeños firmamentos bordeando la negra profundidad de esa mirada.   Todo esta noche está tranquilo, calma serena en la que se masca el desasosiego por el anuncio  de un renovado abordaje de lo inescrutable.

Continuará...

LA OTRA ORILLA (tercera parte)



III
     
 Parpadeaba y con su parpadeo creaba huracanes. El viento desatado arrasaba en pocos segundos todo lo que los hombres habían ido creando empujados por su curiosidad enfermiza. Durante unos días, daban lástima las ruinas en las que se convertían las riberas de sus ojos. Las torres que pretendía ser atalayas yacían hechas pedazos, se encontraban sus restos por todas partes, enredados en los tallos de sus pestañas, ocultos en el nacimiento de sus párpados, párpados que con un leve aleteo se habían transformado de destinos en verdugos. Las noticias de otra catástrofe se extendían pronto, los pocos supervivientes las llevaban consigo allí dónde huían. Pero por contra de lo que se pudiera pensar, esas crónicas funestas hacían que creciese la leyenda de esos ojos como lagos, que iban aumentando con cada desolación en la boca de  trovadores y fanáticos, hasta ser quizás océanos. Derrumbe tras derrumbe, la leyenda de lo insondable de esa mirada atraía a nuevos aventureros. Adictos a la tragedia, rasero de sus hombrías, nuevos fondeadores del misterio acudieron hechizados por el canto de sirena que suponía la otra orilla.  De los lagos entonces se desprendían algunas lágrimas. Los lagos lloraban, dejando limpia de destrucción la ribera de esos ojos, donde los hombres se iban asentando. Surgían límpidas nuevas ensenadas desde las que cabotar otros sueños.                                                        
Continuará...