lunes, 1 de diciembre de 2014

LA OTRA ORILLA (Fin)



VI

Llega ya el final de esta historia. Imagino que muchos estarán especulando sobre quién pudo ser el afortunado, el valiente o el intrépido que logró al fin llegar a la otra orilla de esos ojos como lagos. O simplemente si hubo alguien que logró al fin realizar ese viaje ya que la empresa parecía resultar cada vez más imposible. De hecho, no hubo uno sino varios, los que lograron la proeza. Sentado en la cima de una de las mejillas, pude al fin descubrir el misterio que escondía el horizonte de esos ojos. Sólo yo, desde la altura, ajeno a todo intento, volcado únicamente en encontrar las mejores palabras para relatar esta historia, pude darme cuenta de lo que estaba realmente ocurriendo. Muchos fueron los que habían partido en busca de la otra orilla, y cierto es que ninguno regresó para contar si lo había logrado. Todos dimos por hecho que ninguno lo había conseguido, aunque no era así. Lo que se creía un fracaso de los intentos precedentes, servía para azuzar el ánimo de los nuevos pretendientes.  La falta de noticias alimentaba los sueños de los que esperaban su oportunidad. Yo veía partir y partir a grandes expediciones o a navegantes solitarios. Los seguía con la vista hasta perderse en la bruma de la mirada. También al principio daba por hecho que todos habían acabado naufragando. Los destellos que ocasionalmente veía a los lejos creía que eran incendios, o el reflejos de la luz de las estrellas. Y lo cierto es que ese brillo era la señal del éxito, aunque tardé mucho en comprenderlo. Era la manera que tenía el propio lago de agradecer que alguien hubiese sido capaz de horadarlo. En realidad esos ojos nunca habían sido esquivos. Nunca fue consciente el lago de que cada uno de sus parpadeos había ocasionado alguna catástrofe. Si los hombres estaban ansiosos por circunvalarlos, esos ojos estaban igualmente impacientes de ser navegados. Y no hay mayor premio para unos ojos, que el de que un hombre logre llegar hasta el fondo de su mirada. De ahí, el nacimiento de esos destellos. Con cada nuevo guiño de luz,  el lago y su mirada, se hacían aún más profundos y el secreto y el premio que se escondía en ellos, se hacía aún más inalcanzable, pero más hermoso. Los últimos destellos que pude observar surgiendo de más allá de la línea del horizonte de esos ojos, más parecían soles que estrellas. Sobre mi cabeza se había creado ya todo un firmamento.   Había estado asistiendo durante todo este tiempo, sin darme cuenta, a la transformación de unos ojos en lagos, y esos lagos, en el reflejo de todo un firmamento.  


                                                                                  Epílogo


Así, sentí la tentación de correr mejilla abajo para anunciar a la ciudad, que ya se había formado al resguardo de un párpado, mi gran descubrimiento. Pero detuve mi carrera. Me di cuenta de que desvelando el misterio quizás cesase la búsqueda que sin saber estaba originando tanta belleza. Decidí entonces callarme, guardar el secreto. Construí, eso sí, una pequeña granja en lo más alto de una de las mejillas. Y ahora paso la mayor parte del tiempo cultivando pecas, sonrojos y algún que otro lunar. Adquirí hace tiempo cierta fama de loco solitario, siendo el único hombre que no ha intentado nunca el viaje a la otra orilla, pero consciente de mi descubrimiento, no me importa.  Al atardecer me siento en una hamaca, enciendo un cigarro y espero que surja en el horizonte de esa mirada, un nuevo destello.


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