lunes, 24 de noviembre de 2014

LA OTRA ORILLA (penúltima parte)



V

¿Había nacido el hombre que lograse atravesar esos ojos
como lagos? ¿Estaba ese hombre ya entre nosotros? Después de la época de los aventureros y navegantes, llegó la época de los sabios. Las iniciativas más descabelladas habían fracasado: los intrépidos a lomos de su propia temeridad, los bellos cabalgando sus egos, el baron Münchhausen tirando de su propia melena. Ni los locos a horcajadas sobre sus propios sueños habían logrado llegar muy lejos. Unos y otros acabaron pereciendo en la profundidad insondable de esa mirada. Ahora eran los ingenieros, los arquitecos, las mentes frías de corazón pusilánime los que se creían con el derecho a retomar el abordaje. De despojos construyeron puentes y con migajas de desprecio levantaron sus pilares. De la materia obscura que conlleva el rechazo era la argamasa en la que se forjaron todos sus ingenios. La memoria de tantos y tantos fracasos sería la catapulta de su intento definitivo. La historia tenía por fin su función en ese relato. Recopilando errores, desechándolos, el hombre científico no volvería a estrellarse en su impotencia. Una babel de máquinas empezó a crecer al borde de unos ojos que ya empezaban a impacientarse. Una orgía de artificios kamikazes a la orilla de lo inabarcable. Definitivamente, el hombre, en su búsqueda de lo hermoso, de lo inescrutable, creyéndose juicioso, creyéndose cuerdo, se había vuelto definitivamente loco. Nadie parecía darse cuenta del error mayúsculo que suponía esta nueva esperanza. ¿Cuándo había logrado el frío metal el premio siquiera de un  beso? ¿Cuándo una marabunta de poleas, engranajes y tuercas podría doblegar el imperecedero destello de una mirada? Sin ser yo el más sabio de los que allí se encontraba, responderé: ¡Nunca, nunca, nunca! Así ha sido siempre y así continuará siendo escrito. No quise ser testigo de esta nueva ruina. En esta ocasión, la derrota, no sería hermosa, no sería cantada a través de los tiempos. Con esa derrota moriría la época de la épica y los poemas. Así que decido cobijarme a la sombra de una mejilla, a la espera de que sea el propio lago, el que me revele cómo puedo sondearlo. Sólo en sus entrañas está la respuesta a su circunvalación.


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