jueves, 9 de octubre de 2014

LA OTRA ORILLA (tercera parte)



III
     
 Parpadeaba y con su parpadeo creaba huracanes. El viento desatado arrasaba en pocos segundos todo lo que los hombres habían ido creando empujados por su curiosidad enfermiza. Durante unos días, daban lástima las ruinas en las que se convertían las riberas de sus ojos. Las torres que pretendía ser atalayas yacían hechas pedazos, se encontraban sus restos por todas partes, enredados en los tallos de sus pestañas, ocultos en el nacimiento de sus párpados, párpados que con un leve aleteo se habían transformado de destinos en verdugos. Las noticias de otra catástrofe se extendían pronto, los pocos supervivientes las llevaban consigo allí dónde huían. Pero por contra de lo que se pudiera pensar, esas crónicas funestas hacían que creciese la leyenda de esos ojos como lagos, que iban aumentando con cada desolación en la boca de  trovadores y fanáticos, hasta ser quizás océanos. Derrumbe tras derrumbe, la leyenda de lo insondable de esa mirada atraía a nuevos aventureros. Adictos a la tragedia, rasero de sus hombrías, nuevos fondeadores del misterio acudieron hechizados por el canto de sirena que suponía la otra orilla.  De los lagos entonces se desprendían algunas lágrimas. Los lagos lloraban, dejando limpia de destrucción la ribera de esos ojos, donde los hombres se iban asentando. Surgían límpidas nuevas ensenadas desde las que cabotar otros sueños.                                                        
Continuará...

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