lunes, 15 de septiembre de 2014

REVOLUCIÓN Революція



El camarada Volodimir Svidzinsky casi no pudo contener su alegría cuando le informaron de que su edificio, del que él era el vigilante responsable, había sido seleccionado con el enorme privilegio de albergar en su fachada un busto del camarada jefe Iósif Stalin, padre de todos los rusos. Y eso que las maneras por las que fue informado fueron más que bruscas. La mañana del 5 de diciembre de 1932 una pareja de policías políticos del NKVD aporrearon su puerta con gran alboroto e impaciencia. En ese momento, Volodimir, aunque comunista ejemplar, se temió lo peor. Las purgas en aquella época eran ya más que frecuentes, la desaparición de personas sin motivo aparente no suponían ya ninguna sorpresa y la extradición a los gulags de Siberia se había convertido en el castigo más habitual  para todos aquellos que se oponían, aunque fuese tibiamente, a las órdenes que llegaban de Moscú.  Aunque en Ucrania, en pleno invierno del “Holodomor”, o “Gran Hambre”, tan tremendo castigo casi había pasado a ser una bendición. Al menos, en aquellos campos de concentración los rumores aseguraban que la gente tenía un mendrugo de pan congelado para llevárse a la boca. Pero Volodimir, ajeno a críticas y habladurías, se había apresurado hace meses, con las primeras oleadas de la hambruna a pedir al comité central en Maianiv, su pueblo natal, la instalación de un busto de Stalin en su destartalado bloque de casas. Hacía tiempo que no funcionaba nada en ese bloque, no había luz eléctrica desde la primavera, las cañerías habían reventado nada más caer las primeras heladas, unos y otros vecinos, iban desmantelando todo el mobiliario de sus viviendas para tener al menos algo con qué calentarse. Conseguir comida, eso era aún más difícil. En contra de la voluntad de todos los residentes del bloque, esa había sido su petición, preferible el busto de Stalin a unos arreglos de urgencia. El camarada jefe, el padre de todos los obreros del mundo, no podía enterarse de que el poder de la gloriosa Unión Soviética no había llegado todavía a unas modestas casas de campesinos, y que estas se estaban viniendo abajo porque no había recursos para evitarlo. En realidad todo Mainaniv se estaba viniendo abajo sin que nadie pudiese detener ese derrumbe generalizado. Volodomir intentó ser hábil. “El camarada Stalin merece toda nuestra admiración y agradecimiento. Qué mejor manera de honrarle que colocando su busto en el hogar que ha tenido el detalle de construir casi con sus propias manos para todos nosotros, humildes campesinos ucranianos.” Eso les había dicho a los del comité, pensando únicamente que así se ganaría algún favor. En realidad la estatua y por supuesto el maldito Stalin le traían ya sin cuidado. El sólo quería algo de comida con la que pasar el invierno.  Pero nadie en el bloque, por mucho que quiso explicarlo, pareció comprender ni apoyar su estrategia. “Ya está el fanático de Volodomir. Puto comunista. Su obsesión nos va a matar a todos de hambre. Acaso nos podremos comer la cabeza del camarada Stalin. Mucho mejor nos hubiese venido un saco de nabos congelados, imbécil.”

Así, cuando los sicarios del NKVD se presentaron ante la puerta del asustado Volodimir, nadie acudió a ver qué ocurría. Todos prefirieron permanecer acurrucados bajos sus raídas mantas. “Allá se las apañe él, pelota de mierda”. Volodimir sí acudió rápido a abrir la puerta y al principio no pudo entender qué le estaban diciendo. “¿Es usted el camarada Volodimir Svidzinsky, jefe de la vigilancia del bloque 13, departamento 9 de la localidad de Mainaniv?“Sí soy yo” respondió aturdido. “¿Qué ocurre?”.Abajo en el portal, está el regalo del camarada jefe Stalin que pidió al comité. Debe encargarse de que luzca en un sitio bien visible mañana, 6 de diciembre, fecha del nacimiento de nuestro líder. ¿Entendido?”.Si claro. Será un gran honor para todo el vecindario”. “Firme aquí, camarada” Le entregaron un papel sellado y se fueron ajustándose los cuellos de sus enormes abrigos grises.  Y sí, mientras escuchaba el eco de los pasos perderse escalera abajo, el camarada Volodimir no pudo evitar sonreír. El miedo dio paso al estupor pero este enseguida fue sustituido por algo parecido a la satisfacción.  Su plan empezaba a tomar forma. Cuando el sonido de los pasos se hubo disipado y estuvo seguro de que los policías ya habían abandonado el edificio, fue él quién bajó corriendo las escaleras. “Qué extraño” pensaba, “¿por qué no habrán subido ellos mismos el busto de Stalin? Panda de vagos, sólo saben asustar a la gente con sus voces serias y sus relucientes abrigos. Hijos de puta, no vayan a herniarse subiendo un par de plantas cargando un poco de peso”. Cuando llegó al rellano del edificio el enorme bulto que encontró allí fue el que respondió a sus callados reproches. Apoyado junto a la puerta de entrada, envuelto en algo parecido a una lona negra, había un enorme paquete, mucho más algo y ancho que el propio Volodimir. “¡Pero que hijos de puta! ¿Esto que coño es?”. Apartando la lona, pudo comprobarlo. No era el busto de Stalin lo que le habían traído, era su estatua entera, con los brazos en jarra apoyados en la cintura, con pose de iniciar una arenga, toda hecho de un metal bastante sólido, y maldita sea, el conjunto tenía toda la pinta de ser muy pesado. El pobre no podía entender nada. “¿Y ahora dónde cojones coloco yo este monstruo? Inútiles del comité, no se enteran de nada”.

¿Colocar eso en la fachada del edificio? Si casi estaba seguro que el bloque se vendría abajo si lograba subirlo una sola planta. Pasó un buen rao sentado en un escalón, con las manos en la cabeza  y maldiciendo su mala suerte. Pero debía ponerse manos a la obra. Sólo faltaba que no cumpliese el encargo. Seguro que de esta lo mandaban a Siberia. Fue subiendo a todas las plantas, llamando a todos las casas, pidiendo ayuda. “Camaradas, necesito vuestra ayuda. Tenemos que colocar al padre Stalin en un buen sitio. Entre todos acabaremos pronto. Después seguro que somos recompensados”. Pero de la mayoría de las habitaciones no le llegaba ninguna respuesta. De unas pocas solo gruñidos y algún que otro insulto. “¡Bastardo, ahora te apañas tu sólo. ¿De quién fue la idea de traer la puta cabeza de Stalin a este edificio? ¡Con el hambre que tenemos! Avísanos cuando traigan sacos de patatas, entonces claro que te ayudaremos!”  Estaba claro de que esa caterva de ingratos no iba a lograr nada. Debería hacer el trabajo él solo. Ya se reiría de ellos cuando fuese premiado por los del comité. Aunque un poco imbéciles, seguro que ya habían tomado buena nota de ese gesto, de lo buen comunista que era.

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