jueves, 25 de septiembre de 2014

LA OTRA ORILLA

I

Sus ojos eran enormes. Un poeta los describió una vez como pozos sin fondo, pero en realidad, sería más correcto referirse a ellos como lagos. Muchos hombres se sentaban en el borde de esos ojos y desde allí, aún poniéndose de pie o encaramándose  unos sobre otros, nunca alcanzaban a ver la otra orilla. Lo sé porque yo fui uno de esos hombres. Pasé largas horas sentado sobre sus párpados, mojando a veces mis pies en sus lágrimas. Pero nunca me atreví a darme un baño en su mirada, arrojarme a la profundidad de su pupila y bucear hasta alcanzar el punto donde se hunden todos los rayos de luz, aguantar la respiración sintiendo el vértigo y el ahogo oprimir mi pecho, pero surgir al fin, exhausto al borde del desmayo. Agarrarme para sobrevivir a alguna mota de polvo que flotase en la superficie y dejarme arrastrar por la corriente hasta esa otra lejana orilla...

Continuará...

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