viernes, 18 de julio de 2014

REFLEJOS



Cuando Tomás le preguntó a su madre que qué eran los charcos en el suelo, ésta le respondió que eran ventanas a otros mundos paralelos y que cada persona tenía el suyo propio, resultó que era cierto. Niño inquieto como era, a la primera ocasión que tuvo, Tomás salto dentro del primer charco que vio e inmediatamente apareció en un lugar que sin ser extraordinario, estaba claro que no era el mismo que había abandonado de un brinco hace sólo unos segundos.  No sabía expresarlo de un modo adecuado pero había algo en el ambiente que le resultó extraño, diferente y por supuesto, sumamente intrigante. Decidió darse un pequeño paseo para ver si era capaz de resolver el misterio. Las calles por las que fue transitando, los rincones en los que se escondió, los parques por los que correteó y los bancos en los que se sentó a descansar eran los mismos que en su ciudad natal. Para tener la certeza de que no estaba soñando este extraño viaje, con un cortaúñas hizo unas muescas en el tronco de un árbol en una callejuela familiar. Siguió paseando y pasadas unas horas, se percató que lo enigmático del lugar no eran sus espacios sino las personas con las que se iba cruzando. Algunas le resultaban conocidas, como el frutero del barrio o la madre de Miguel, el monaguillo que se sentaba dos pupitres más atrás en clase de lengua, aunque todas se mostraban siempre en actitud embelesada y distante, como si no le conociesen, es más, como si ni siquiera pudiesen verle. Probó a hacer todo tipo de muecas y malabarismos para llamar la atención, pero no obtuvo ninguna respuesta. Como si de un fantasma se tratase, la gente continuaba su camino sin notar su presencia. Y esto a Tomás, en vez de asustarle, le fascinó. Acababa de descubrir que en ese mundo paralelo, cualquier cosa que hiciese, no tendría consecuencias. Extasiado por su propio razonamiento quiso pasar allí muchas más horas, pero ya estaba anocheciendo. Comenzó a correr en busca del charco por el que había entrado pero no logró encontrarlo. Empezó a ponerse nervioso y entonces pensó que quizás podría retornar a su mundo por cualquier otra “puerta”. Saltó de nuevo en el primer charco que se encontró y efectivamente, volvió a aparecer en su ciudad original, de hecho,  no estaba muy lejos de su casa. Corrió frenético a contarle a su madre su descubrimiento pero a los pocos metros se paró en seco. Para qué tanta prisa si su madre ya sabría lo que ocurriría en esos mundos paralelos. Llegó a su casa exhausto pero radiante, se sentó a la mesa respirando sonoramente pero nadie pareció darse cuenta de su agitación. Su padre y su madre hablaron de los mismos temas de siempre y le preguntaron las mismas cosas  sobre el colegio. 

No hay que decir que Tomás esa noche durmió poco y mal. Los sueños que tubo tampoco estuvieron a la altura del mundo que había descubierto esa tarde. Al día siguiente volvió a saltar y a pasar horas y horas correteando por la nueva ciudad que había estado escondida al otro lado del charco sin que él lo supiera. Y así tarde tras tarde, esos paseos se convirtieron en el mejor de sus entretenimientos. E hiciese lo que hiciese, estuviese el tiempo que estuviese, a su regreso nadie parecía darse cuenta de lo que había estado haciendo o le echaba en falta, si acudía tarde a la cena. Pensó que la pasividad de sus padres o sus amigos se debería a que quizás ellos también pasarían muchas horas recorriendo sus lugares paralelos. Descubrió Tomás que incluso al traspasar el charco no sólo se diluía el tiempo o la atención de los mayores. Todo, absolutamente todo, perdía su vigencia una vez regresaba del mundo recíproco. Cuando era castigado o cuando rompía algún objeto de la casa corría a sumergirse en algún charco y al volver, el objeto se había reconstruido milagrosamente y sus padres habían olvidado la reprimenda. Una vez acudió al árbol que dejó marcado en su primer paseo. Buscó las marcas que le había hecho con el cortaúñas pero no las encontró. La alegría de Tomás se tornó infinita. ¿Qué chiquillo no  estaría igual de alegre en similares circunstancias?

La vida de Tomás se transformó en un paraíso continuo. En un lado, pasaba siempre completamente desapercibido, y en el otro, sus faltas nunca eran tenidas en cuenta. Además, un buen día, Tomás volvió a preguntarle a su madre que si aparte de los charcos, existían otras “ventanas” para poder acceder a los mundos paralelos.  Su madre, igual de despreocupada que la primera vez, le respondió que sí, que bastaba con abalanzarse sobre cualquier superficie que reflejase la luz. Servían por igual espejos, cristales ahumados o pantallas de televisión. Sólo debía ser espacios lo suficientemente anchos para dejar pasar su cuerpo. ¡Estupendo! Pensó Tomás, así no dependería sólo de los días de lluvia para poder realizar sus viajes. Desde entonces, sus escapadas fueron diarias y a las horas más intempestivas, sin esperar por ejemplo a terminar las clases. Que estaba duchándose por la mañana, le daba igual, saltaba a través del espejo del armario y se daba un largo paseo, total, al volver al cuarto de baño seguiría siendo la misma hora y nadie le había echado en falta.

Pero casi sin darse cuenta y sin saber porqué, esa facilidad para trasladarse de un lado a otro, esa absoluta anomalía en las obligaciones, ese moverse de un lado a otro con total impunidad física y temporal poco a poco empezó a desvanecerse.

Un buen día, las personas con la que se cruzó por las calles de su mundo paralelo empezaron a mirarlo y a perseguirlo allá por dónde iba. Esto a Tomás le puso nervioso y acabó huyendo, saltando a través de la ventana de una panadería. Justo en el momento en el que cruzaba al otro lado, alguien le gritaba a sus espaldas, “¡Eh, Tomás, no te vayas tan pronto!” ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué de repente el mundo alternativo dejaba de ser tan inocuo para él? Esta situación se repitió durante las siguientes visitas que realizó, sin importar el lugar por dónde entrara o saliese. Además se dio cuenta de que a su regreso, las cosas en el mundo real, sí habían cambiado, o mejor dicho, continuaban estando como él las había dejado, lo cuál resultaba todo un incordio. Sus padres ahora le preguntaban siempre porqué llegaba tan tarde o porqué tenía la ropa empapada. Los jarrones rotos, los ejercicios de la escuela sin hacer, ¡todo seguía igual a su vuelta! Lo que antes había supuesto una fácil huída, ahora se convertía en un problema, pues hacía que sus responsabilidades se acumulasen una tras otra, mientras el tiempo que tenía para cumplirlas se había reducido. Las muescas que hacía a los árboles aparecían también en el mundo real… Además, por esas heridas en el tronco, el árbol empezaba a derramar gotas de sabia. Esto a Tomás lo intranquilizó enormemente.

Y así de un día para otro, del mismo modo que habían empezado sus aventuras, Tomás dejó de saltar sobre los charcos o atravesar los espejos que encontraba a su paso. Ya no era divertido y a su vuelta los problemas no sólo no había desaparecido sino que se habían multiplicado durante su ausencia.

Hoy Tomás es ya un hombre. Está apoyado en el borde de una piscina. Observa los charcos que se han formado muy cerca de él, con el agua que unos y otros han ido salpicando, y recuerda sus aventuras de cuando era un niño. Se pregunta ahora si tras ese reflejo seguirán estando esos mundos mágicos en los que todo parecía ser posible. Decide volver a zambullirse, nadar unos minutos más y ver qué es capaz de descubrir bajo el agua cada vez que sumerje la cabeza. Pero al abrir los ojos, estos le pican por el cloro y tiene que volver a cerrarlos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué pena hacerse mayor...
Precioso
M.

diana moreno dijo...

Muy bonito relato. La infancia, cuento más se aleja, más dentro la tenemos.

Te invito a ojear mi nuevo blog (el anterior lo tengo algo abandonado): artículos de investigación en primera persona, con estilo literario.

plumaentrometida.blogspot.com.es

¡Abrazos!

Anónimo dijo...

En breve te haremos una visita, Diana, seguro que merece la pena.