lunes, 5 de mayo de 2014

EL ÚLTIMO VIAJE DE CHIHIRO


Después de su viaje, Chihiro ya no volvió a ser la misma. De vuelta al coche intentó preguntar a sus padres que había pasado, pero ellos parecieron no entenderla. Tampoco la creyeron cuando llegaron a su futura casa, su hermosa casa de madera en el campo y descubrieron el revuelo que había en el vencindario. Ellos, la familia Ogino eran la causa de ese alboroto. “¿Dónde habían estado?” “¿Por qué habían tardado tanto en llegar a casa?” le pregunto el corro de vecinos que les rodearon nada más bajarse del coche “¿Tanto?, pero si apenas hemos llegado con un par de horas de retraso. Nos perdimos por el camino, sólo eso”. Unos y otros se miraron extrañados sin entenderse muy bien. Los vecinos les dijeron que en realidad llegaban a la casa con una semana de retraso. Y los padres de Chihiro no entendieron porque decían eso. Pensaron que era una broma, algo típico de la zona, y no le dieron mucha importancia. Frente a su nueva casa estaban apilados todos sus muebles y pertenencias de la mudanza. La empresa que se encargaba de ella también se había cansado de esperar y siendo imposible contactar con ellos había decidido dejarlo todo allí. Los vecinos, aún algo aturdidos pero más aliviados ayudaron con la carga, en apenas un par de horas todo estuvo recogido. “Qué vecinos tan raros” Pensó Akio, el padre de Chihiro, pero mientas abrazaba a su mujer las dudas se le fueron despejando. Ésta llegada tan extraña pronto fue olvidada por unos y otros. Con la rutina del día a día pronto pareció que todo había sido un malentendido, una extraña anécdota que muy de vez en cuando se contaba en el bar del pueblo. Sólo la pequeña Chihiro  parecía molesta por la incomprensión que recibía cada vez que intentaba recordar la historia. Insistía a sus padres, les decía que en realidad camino del pueblo habían parado a recorrer un parque temático en ruinas. Ella no había querido pero a su padre y su padre les pareció un lugar muy peculiar y quisieron echar un vistazo. No sabían que el lugar estaba encantado. Se pararon a comer en uno de los puestos del parque, que extrañamente seguía abierto y allí habían sido transformados en unas bestias desagradables. Chihiro también se había quedado atrapada en el lugar y tuvo que trabajar en unas termas para dioses para conseguir la libertad de ella y sus padres. “Pero que imaginación tiene esta chiquilla. ¿De dónde sacará esas historias?” Se preguntaba Yuko, la madre de Chihiro. “Es normal” respondía el marido “se pasa todo el día leyendo historias extrañas, alguna se le habrá colado en la mollera”. Chihiro devoraba los libros queriendo saber qué había pasado. Buscaba historias similares, alguna referencia sobre qué era ese insólito lugar encantado del que sólo ella parecía conservar el recuerdo. Se escapó incluso varias veces de su casa y volvió a corretear por todos los rincones del parque temático. Se colaba por la puerta del edificio que simulaba una estación de tren, de rojas paredes desconchadas y asientos de madera cubiertos de polvo. El río que sorteaba la vía del tren siempre se lo encontró con el cauce seco. Nunca volvió a ver sortear su corriente al enorme barco de madera, con su gran panza cubierta de musgo y  cargado de faroles, llevando gente hasta los puestos del parque temático. Nunca volvió a ver repletas de clientes las termas donde Chihiro trabajó para los dioses, preparándoles baños de hierbas, curando sus heridas, charlando con ellos, recibiendo como recompensa montones de pepitas de oro que los dioses hacían brotar de sus manos. El bullicio de las tiendas, los extraños aromas de  los puestos de comida, las miradas recelosas de los espectros temerosos de los humanos nunca volvieron a rodearla. Mientras corría por las ruinosas callejuelas Chihiro llamaba a voces a Haku, su primer amor que tanto le ayudó cuando ella estaba tan asustada, a Kaonasho “sin cara”, a Lin, su compañera de trabajo, a Kamajii que con sus seis brazos y su aspecto de araña mantenía en funcionamiento las calderas, pero no volvió a recibir ninguna respuesta. Desde su sueños aplastados por la realidad siempre le llegaba la misma respuesta silenciosa de la ruina, la incomprensión y la desolación. Todas sus escapadas acabaron de la misma manera. Chihiro era encontrada por un par de agentes de la policía que la devolvía a su casa, sin preguntar nada. Su madre la esperaba en la puerta y la apretaba muy fuerte contra su pecho diciéndole que nunca más la dejaría sola. Chihiro sabía que sus padres la querían, pero seguían sin  comprenderla.

Pasó el tiempo y Chihiro se convirtió en una muchacha silenciosa, esquiva, siempre distante y con la mirada perdida. Pasó tanto tiempo que se olvidó de lo que estaba buscando allá en el horizonte idéntico de cada tarde. Incluso para Chihiro, esa semana vivida entre los espíritus acabó siendo algo parecido a un ensueño. El reflejo de un relámpago que le mostró durante un segundo una vida irreal, imposible de ser vivida,  una vida imaginaria que las realidades que la fueron rodeando nunca pudieron igualarla. Imposible para ella recuperar el amor en los chicos que la acecharon en la universidad, que no podían competir con el cariño con que una vez Haku la protegió. Imposible también encontrar más sitio para la sorpresa, porque cuando se ha vivido entre dioses el mundo se torna mezquino y previsible. Imposible recuperar el sabor opresivo del miedo, imposible mostrar valor cuando son tan ridículas las quimeras de los hombres de la tierra. Una vez que Chihiro acabó la universidad, con unas notas más mediocres que aceptables se puso a buscar trabajo, como todos. Pero no mostraba ilusión por nada, le daban igual las oportunidades que le saliesen al paso, ella aceptaba lo primero que le surgiese, sin apenas estudiar otras posibilidades mejores.

Una de las pocas veces que pude charlar un rato a solas con ella, sentados en el banco de un parque, le pregunté porque era así. Realmente me parecía una persona muy inquietante. Llevaba el enigma escrito en cada unos de sus gestos y yo me veía con fuerzas para desvelarlo. A base de sinceridad y mostrarme atento con ella, de hacer las preguntas adecuadas, creía que sería capaz de ayudarla. Ella volvió a contarme esa extraña historia que ya había escuchado alguna vez por boca de otros, la historia de Chihiro “la loca”, cómo el parque abandonado cobró vida, cómo sus padres cayeron bajo un maleficio y cómo tuvo que superar las pruebas más extrañas para devolverles la vida normal y huir de allí. “Yo era sólo una niña. Y pasé mucho miedo. Pero
conocí a los seres más maravillosos. Haku me ayudó mucho. Haku podía transformarse en dragón y hacerme volar muy alto. Recuerdo que el mar era surcado por trenes y no por barcos. Los pájaros eran de papel. Los dioses venían a que les frotase la espalda, unas espaldas anchas y llenas de llagas de cargar el peso de la humanidad. Siempre se mostraban agradecidos por mi trabajo y escuchaban atentos mis consejos. Parecía sencillo gobernar a las personas cuándo ellos mostraban agotamiento” Le pregunté a Chihiro qué dónde se encontraba ese lugar tan maravilloso. “Es un viejo parque temático abandonado. Estaba muy cerca de la casa de mi infancia”. Conocía el lugar de oídas, unas ruinas de un negocio venido a menos. Nunca llegó a ser muy popular, aunque hubo un par de veranos que se llenó de restaurantes, de pequeños teatros y alguna que otra atracción para los niños. Yo fui una vez con mis padres y mis hermanos. Fue un buen día, aún guardo en algún rincón del desván la careta que me compraron allí y que llevé puesta todo el tiempo, una careta blanca con una sonrisa negra pintada. Si te ponías triste, la careta lo sentía y doblaba su sonrisa hacía abajo. Era una careta mágica, me decía mi madre. “Pero Chihiro, ese lugar cerró hace mucho tiempo. Allí ya no queda nada”. “Sí, sí que hay algo” me dijo Chihiro mientras derramaba sobre mí una mirada repleta de pena. “Allí se quedó la niña que yo era, y con ella, toda una vida que esperaba ser vivida. Si llego a saber cómo sería la realidad nunca hubiese peleado por salir de allí. Pero quería tanto a mis padres, y yo estaba tan asustada…” Chihiro empezó a llorar. Yo intenté abrazarla pero ella rechazó mis brazos. “Quita, ¡déjame en paz!. No sé para que te cuento esto” Y salió corriendo dejándome solo en el parque, sintiéndome algo ridículo y confundido. No volví a verla. Me hubiera gustado preguntarle más cosas sobre ese lugar tan extraordinario. Yo, cuando era un niño, también frecuenté algunos mundos extravagantes  que llevo escondidos muy dentro de mí. Quizás Chihiro haya vuelto al mundo que se oculta tras las ruinas del parque temático. Yo alguna vez he paseado por allí y siguen siendo sólo eso, ruinas. La he llamado mientras recorría las casetas y las construcciones abandonadas, he susurrado su nombre y le he pedido que me lleve con ella. 

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