martes, 17 de septiembre de 2013

CATÓLICOS TRÓPICOS UTÓPICOS

 


 Siempre me han parecido excesivas las advertencias de mis amigos. Hasta ahora, allá donde he viajado no he sentido las amenazas que parece ser son frecuentes para  los turistas en algunas partes de este país, Bolivia. Aun así, durante los meses que llevo aquí, cuando he viajado solo, he procurado tomar siempre unas mínimas precauciones, más por no tener que dar muchas explicaciones a mi regreso que por pensar que fuese realmente necesario. Por ejemplo, nunca me desprendo de mi equipaje hasta que lo dejo en lugar seguro, por lo que suelo ir a todos lados cargado como un mulo, o procuro no hacer excesiva ostentación de los objetos de valor que llevo conmigo, que por otro lado no son muchos. La ropa que llevo puesta, la de batalla, camisas viejas, deshilachadas por el cuello y algo desteñidas, y unos pantalones de algodón grueso plagados de bolsillos que más parecen agujeros negros. La cartera, con poco dinero, no podría ser de otro modo, bien escondida en alguno de esos bolsillos tragamundos. El objeto que suele darme más problemas es la cámara de fotos, que por su tamaño tan abultado no sé muy bien dónde guardarla. Si la llevo en el macuto, corro el riesgo de darle algún golpe, aunque suelo envolverla en algún gorro o algo grueso a modo de improvisada funda. Al hacer una foto, la devuelvo con rapidez a su sitio. En algunas ocasiones,  para no dar muchos detalles, me muestro esquivo con los lugareños  que se ponen muy pesados con preguntas sobre los motivos de mi viaje, aunque esta actitud suele ser mas  por cansancio que por recelo. Allá  donde he ido en mis últimos paseos por el país,  siempre  he intuido que despierto  en la gente más sorpresa o curiosidad que la idea de que pueda suponer para ellos algún tipo de beneficio, lícito o ilícito. Aparte de  que siempre inflan los precios cuando compro en las tiendas o me monto en un taxi o de que siempre me dan indicaciones contrarias al indicarme algún camino, poco más puedo yo reprocharles o temer. Muy al contrario, tras la sorpresa inicial, las personas con las que me he ido cruzando estas semanas se han mostrado amables, atentas y curiosas , con ganas de dialogar, de entretenerse un rato haciéndome preguntas, y respondiendo  ellos a las mías. Suelen ser personas con alma de adobe, sencillas, de pueblos tranquilos donde no ha llegado la maldad, aunque sí sigue llegando puntual la necesidad.
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(otro cuento escrito con el móvil, San Rafael, Bolivia, septiembre del 2013)