miércoles, 6 de febrero de 2013

LAS TRES MUJERES DE GASTÓN (1ª parte)



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Gastón permanecía más atento a lo que le iba susurrando su compañero de al lado que a lo que gritaba el oficial alemán desde la tribuna. No tenía ni idea de alemán, así que por mucho que vocease el oficial, no iba a entenderle mejor. Pero debía ser algo importante porque sino no hubiesen reunido con tanta prisa a todos los presos en el patio. Conforme les iban increpando, Antoine, su amigo, improvisaba una rápida traducción y Gastón y el resto de presos que había a su alrededor intentaban escuchar lo que les iba aclarando. Sí, el asunto era realmente importante. Lo que les estaba comunicando ese oficial  de forma tan temperamental, era el anuncio de su libertad, la libertad de todos los presos del centro de reclusión número 17.  Al parecer, los alemanes habían comenzado la invasión de Rusia hacía apenas una semana,“jodios boches, ¿realmente iban quedarse con toda Europa?”. Gastón supuso al momento que les harían falta todas las tropas disponibles, por eso anunciaban el desmantelamiento de esa improvisada prisión, para movilizar así la guarnición que la vigilaba y enviarla al frente del Este.



Se les hizo jurar a todos los prisioneros, allí mismo y a voz en grito, que no volverían a coger las armas contra un soldado alemán, so pena de ser ejecutados inmediatamente. Eran muy ingenuos estos cabezas cuadradas si confiaban de ese modo en la palabra de un francés. En ese momento no tenía muy claro que haría Gastón con su libertad, pero estaba seguro de que si volviese a tener una oportunidad, se llevarían a unos cuantos boches por delante. Absorto estaba en estos pensamientos, saboreando el imprevisto anuncio de libertad cuando de repente el oficial alemán, rojo por el esfuerzo, dejo de vocear y se retiró con prisa de su plataforma. Los rostros sombríos de los jóvenes soldados que montaban guardia, muy tiesos junto a los muros, contrastaban con la alegría contenida que iba apoderándose del harapiento grupo de presos.  ¡Sí, eran libres! ¡Gracias a Dios, o a quién quisiera que hubiese intercedido por ellos!



Lo primero que había lamentado Gastón cuando lo capturaron fue que ya no podría pasar el siguiente fin de semana (que le habían dado de permiso y para el que sólo quedaban un par de días) retozando con su querida modista. No sintió vergüenza por ser capturado prisionero cuando aún no había disparado un solo tiro, tampoco le importaron las noticias catastróficas que llegaban desde otros puntos de la línea del frente, que presagiaban un hundimiento total del ejército francés. Para su madre y para  Lucile, su esposa, tampoco hubo muchos pensamientos: el pueblo dónde vivían estaba lejos de la línea del frente, seguro que sabían apañárselas solas. Así que ahora, en quién primero pensó volvió a ser en su fogosa modistilla, y en cómo recuperar ese par de días de desenfreno perdido por culpa de la dichosa guerra. Para Gastón, inculto provinciano venido a más gracias a unas compras afortunadas de tierras, la vida se reducía a disfrutar de la misma con buenas comidas y entre las faldas de Gertrude.  No creía en otra cosa que no fuese su placer propio y era para lo único para lo que demostraba cierta picaresca e iniciativa. No era Gastón uno de los  patriotas que había cogido un fusil y había salido corriendo en busca de los soldados alemanes. Aún recordaba el enfado con que recibió a los oficiales que venían a anunciarle su reclutamiento forzoso. Uno de los peores días de su vida. Aunque no era un cobarde, simplemente no creía en cosas tan ambiguas y grandilocuentes como la patria o el honor. Su patria era su sobria casa de campo y las tierras que la rodeaban. Los meses de prisión le habían privado de casi todo, pero ahora se recuperaría con creces. Gertrude aún lo estaría esperando, soltaría sus utensilios de costura nada más verle aparecer y sabría como apaciguar todo el deseo y la lascivia que había ido acumulando encerrado entre estos muros.

Continuará...