martes, 12 de noviembre de 2013

EL ORIGEN



Hace unos trescientos años vivió en la India un kan, llamado Djel-el-Eddin-Mohamed, apodado Akbar, que significaba “El Grande”. El nombre de la región que gobernó fue olvidado hace mucho tiempo, los más ancianos ni siquiera pueden decir en qué parte del país estuvo ubicada o cuál fue su capital. No han quedado de esa comarca ni palacios, ni edificios administrativos, ni monumentos que certifiquen la existencia de ese reino, condado, sultanato o lo que fuese. Tampoco las crónicas dan muchas pistas, apenas se han encontrado referencias históricas. Es tanto el silencio que envuelve a Akbar y su gobierno que muchos incluso aseguran que no existió, que es sólo una leyenda. Nada material nos ha quedado de este misterioso kan, nunca se ha encontrado una estatua con su figura o una moneda con su efigie, aunque sí han llegado hasta nuestros días los inevitables ecos de su sabiduría. Fue Akbar un hombre modesto, completamente diferente al resto de reyezuelos y gobernantes que mal administraban antaño el país. Ajeno a luchas, a envidias, a juegos maquiavélicos propios del hastío de los soberanos, Akbar siempre mostró mucho más interés por la sabiduría y por gobernar de la mejor de las maneras a sus súbditos. De él, así nos quedan algunas canciones y un puñado de poemas que lo describen como una persona curiosa, meditabunda e inquieta por encontrar respuestas a mil y una dudas que se formulaba diariamente. De todas estas narraciones sin duda la más famosa, la que logró mantenerlo emplazado en la historia, fue la leyenda que narra  su búsqueda del origen de los idiomas. Una leyenda que da fe de su cordura y de su carácter inquebrantable cuando de encontrar la verdad se trataba. Por su corte pululaban mediocres y sabios farsantes venidos de muchos lugares, que buscaban la aceptación  y beneplácito de Akbar. Unos y otros se enzarzaban en estériles discusiones en las que ninguno usaban la razón para vencer a su oponente. Voceaban, se pavoneaban, golpeaban sus pechos con los puños encrespados pero no decían absolutamente nada que interesase a Akbar. Una de las eternas discusiones que le agotaban era la que intentaba discernir cuál era el idioma original del hombre. Apelando al orgullo más que al conocimiento, cada sabio vocinglero otorgaba ese privilegio al idioma que se hablaba en su país, y daba como prueba de ello, las sagradas escrituras de su religión, las cuales eran palabra de su dios siendo por lo tanto irrefutables.  Para acallar el griterío de esta eterna disputa Akbar decidió al fin realizar un sencillo experimento, pues estaba muy cansado de escuchar a los judíos que el hebreo era el idioma primero de toda la humanidad, en el que sin duda pronunció Adán sus primeras palabras, estaba cansado igualmente de escuchar a  los católicos decir que no, que era el latín, o a los japoneses el japonés y a los musulmanes el árabe.  A cada uno de esos sabios les pidió que le trajesen un recién nacido de su país. Y una vez que hubo reunido recién nacidos de todos los rincones más dispares de la tierra conocida, metió a estos en un palacio que había construido para tal efecto. Dicho palacio estaría atendido por sirvientes mudos y criadas igualmente carentes del don del habla. También prohibió la entrada a sus habitaciones bajo pena de muerte. El palacio estaba construido en un lugar apartado del reino, un lugar al que no llegarían las palabras de ningún idioma. Eran doce los niños y doce los años el tiempo que consideró necesario tener a esos niños aislados...
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