lunes, 20 de agosto de 2012

HISTORIA DE UN CUADRO.


    
             Eugène contemplaba parapetado detrás de su lienzo la escena que se estaba desarrollando al principio de la calle. A la vez, con un trozo de carboncillo, ejecutando  rápidos trazos intentaba plasmar todo lo que estaba ocurriendo. Estudiaba a una multitud que se iba congregando en torno a una mujer semidesnuda que les arengaba, memorizaba los diversos escorzos que iban ejecutando los cuerpos de los presentes conforme se iban apretando unos contra otros, intentaba atrapar los fluctuantes brillos que se iban desprendiendo de sus rostros mientras se empapaban de un discurso encendido. Cientos de personas iban circunvalando a esa mujer que, subida en lo alto de un parapeto, gritaba a unos y otros, y les incitaba ondeando sus pechos, a que tomasen las armas y la siguieran. Pero había cierta tensión en el ambiente, cierto miedo latente que pesaba sobre la muchedumbre e impedía que ésta se decidiese a pasar a la acción. La mujer parecía cada vez más desesperada, sus gritos eran cada vez más quebrados. “Había llegado el momento” les increpaba “era la hora de tomar las armas y luchar contra todo aquello que les oprimía”. “No había tiempo que perder”La solución a todos sus males se encontraba allí mismo”. Y curiosamente, mientras decía esto, señalaba hacía el mismo lugar en el que estaba apostado el afanado pintor. Eugène, desconcertado, miró hacía atrás, pero no descubrió el punto hacía el que la mujer señalaba y volvió a inclinarse sobre el lienzo para seguir dibujando. Él tampoco tenía mucho tiempo que perder. Así hasta que la mujer, en un último gesto exasperado se agachó y de sus pies, de entre los cuerpos inertes y los cascotes que formaban la barricada, recogió una bandera tricolor y un fusil. Saltó por fin hacia delante y ondeando el trozo de tela con furia empezó a correr calle arriba. Ese gesto fortuito, esa carrera precipitada, pareció ser la señal definitiva que encendió a la multitud. Todos a una, empezaron a correr en pos de la mujer, enarbolando igualmente guadañas, espadas, mosquetones y cualquier otra cosa que tuviesen en sus manos. El griterío era ensordecedor, la rabia por fin parecía haberse desbordado, y el mundo entero se transformó en una ola que se elevaba detrás de la mujer de los pechos al viento. Cuando la mujer se detuvo en la esquina al final de la calle, Eugène, que minutos antes había estado tomando notas y pintando, ya no se encontraba allí. La mujer estaba exhausta por su carrera y pensaba que su labor ya estaba concluida, que el pueblo una vez envalentonado y puesto en movimiento, ya sabría qué camino seguir. Sin embargo no fue así. Cuando las primeras personas llegaron a la altura donde la mujer se había detenido, ellos también frenaron su carrera. Rodearon a la mujer, que estaba encorvada intentando recuperar el aire,  y no sabiendo hacía donde dirigir ahora sus gritos y sus aspavientos, comenzaron a golpearla con las armas que momentos antes agitaban amenazantes. La mujer, sorprendida y superada por la masa, apenas opuso resistencia. A los pocos golpes se derrumbaba sobre los adoquines, su cuerpo cubierto de cortes y contusiones, su mirada, abatida. El linchamiento duró apenas un par de minutos.  Pronto, los presentes, ya sin ningún objetivo, hueros de ira, emprendieron el regreso calle abajo, sortearon la barricada y se fueron escabullendo bajo los oscuros portales de sus casas. 

Mientras tanto, Eugène, hacía tiempo que estaba ya en su estudio, dando los primeros brochazos de color al que sin duda sería su mejor cuadro, la obra maestra por la que el mundo entero recordaría el día en que se empezó a cambiar la historia. En París, en el año 1830. 

 (La Liberté guidant le peuple)