viernes, 16 de marzo de 2012

LAS INTERMITENCIAS DE LA REALIDAD (1ª parte)

Al día siguiente no murió nadie.
José Saramago, “Las intermitencias de la muerte”.

En el mismo país en el que un buen día la muerte decidió dejar de ejercer sus tareas diarias, la realidad, del mismo modo, empezó a comportarse de una manera errática. Al principio la gente pareció no darse cuenta, y si percibían alguna anomalía, no le daba mucha importancia. Los pequeños desajustes que se fueron produciendo en el día a día no dejaron de ser reseñas curiosas en los periódicos y noticieros sensacionalistas. Además, estos desvaríos espontáneos a veces suponían una buena noticia. Por ejemplo, una mañana, todos los trenes del país empezaron a llegar a su hora. Aún con el mismo número de empleados, con similar número de vagones, locomotoras y sin haber hecho ningún arreglo en las vías, de repente, todo empezó a funcionar con una sincronización perfecta. De nada sirvieron los sabotajes ejecutados por algunos funcionarios perezosos, sorprendidos o resentidos por este repentino buen funcionamiento del servicio ferroviario. Del mismo modo, a una hora determinada y a lo largo de todo el país, todos los suicidas que habían decidido en ese momento arrojarse desde algún edifico elevado, en vez de estrellarse contra el suelo, acabaron flotando por el aire, cual globos de colores y convertidos en algo parecido a atracciones de feria. Resultaba realmente curioso caminar por las calles observando a tal o cuál extraño personaje levitar torpemente. Era incluso cómico verlos algunas veces chocar entre ellos. Para colmo y como noticia aún más extraña, esa época de locura empezó con el tremendo notición de que un equipo compuesto por chavalines de doce años, se había hecho con el título de campeón de la Liga Nacional de Fútbol. Resultó bastante gracioso también ver a esos seres imberbes intentando levantar ante las cámaras la enorme copa que les acreditaba como vencedores. Pero la gente tampoco se alarmó en ese momento. Todos repetían a modo de retaila irrefutable, “qué le vamos a hacer, el fútbol es así”.

Hasta que un buen día, el caos, dubitativo e intermitente al principio, se desató totalmente. Ese día ya no hubo manera de ocultar las rarezas que iban ocurriendo a cada instante. Resultó abrumador el comprobar como las leyes de la física dejaron de ejercer su poder dentro de las fronteras del país; cómo todo se tornó inestable, imprevisible y anárquico. En un primer momento, se le preguntó a la muerte si ella tenía algo que ver con esta situación, si era una broma macabra de su parte. A ella, la muerte, que años antes se había mostrado de un modo tan temperamental. Pero ella lo negó todo, incluso se quejó de que también estaba resultando afectada, pues no podía ejercer su profesión como se le había encomendando, citando como ejemplo, el extraño caso de los suicidas volátiles. Así que inmediatamente, todos los científicos del país, se pusieron a estudiar qué es lo que estaba ocurriendo, porque de repente y de un modo tan incompresible, la Ley de la elasticidad de Hooke, el Principio de Hamilton modificado o incluso el Teorema de Euler sobre las funciones homogéneas, por citar sólo unos ejemplos, habían dejado de tener vigencia. De un plumazo, no sólo las leyes físicas, químicas o matemáticas, sino también los comportamientos animales o las normas sociales dejaron de seguir unas pautas razonables. Desde todos los rincones del país empezaron a llegar noticias tales como el nombramiento de un caballo percherón como Ministro de Fomento o el considerable aumento de bodas entre banqueros y librepensadores. Dejaron de imprimirse los periódicos o emitirse noticieros dado que ya nadie podía asegurar que realmente llegaran al público. Además bastaba con salir a la calle, o incluso sin salir de casa, para enterarte inevitablemente de lo que estaba ocurriendo. Mirabas a tu alrededor y todo se desmoronaba o transmutaba a las formas más extrañas y dispares. Uno mismo, sufría en su organismo mutaciones frenéticas, curiosas e indoloras.

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